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Opinión | Cotidianidades

Badajoz

Marzo

La primera vez que publiqué en un periódico fue una carta al director escrita en una hoja de libreta de cuadritos con bolígrafo Bic y que envié en un sobre con un sello, la deposité en uno de estos buzones y esperé durante días hasta su publicación

Una buganvilla ya florecida, en marzo.

Una buganvilla ya florecida, en marzo. / Diego Algaba Mansilla

Ha empezado el mes de marzo en festivo. Un domingo soleado con señales de que se aproxima la primavera. Un día que despierta nuestro cuerpo más callejero animándonos a salir de casa para pasear por los alrededores de la ciudad, caminar por una de las numerosas rutas que tiene Badajoz. Cuando asoma el sol, aunque sea tímidamente, después de días de lluvia, la gente sale en tromba.

Este primer domingo de marzo, cuando salí, no fui en dirección al campo como hago siempre en festivo. Ese día mis pasos se dirigieron hacía el centro de la ciudad, una ciudad desconocida a la que veía como si estuviera encima de un escenario que no le correspondía, un escenario raro por la ausencia de gente, una ciudad vacía, sin el murmullo de personas en la calle, ni siquiera las palomas volaban por la avenida depositando sus excrementos en el suelo, ni en las cabezas de las estatuas. Caminé hacía El Corte Inglés, estaba abierto, entré para acortar el camino, no había clientes, solo vendedores, el guardia de seguridad me miraba como diciendo, qué hace este tío aquí, si no hay nadie.

Me sentía como un intruso, como un sospechoso, como si hubiera cogido algo y en cualquier momento el de seguridad se dirigiría a mí para pararme y registrarme. Me sentía culpable por ser el único ajeno a la plantilla que había en el establecimiento en ese momento, incluso palpé mis bolsillos como si llevará en ellos algo que no era mío, como aquella vez que cogí unos calcetines negros en un Carrefour de Zaragoza cuando estaba haciendo la mili, cuando salí a la calle no paré de correr hasta llegar al cuartel junto con otros dos soldados, nunca antes había hecho aquello y nunca después lo volví hacer. Era la confusión de los 20 años, ¿qué hubiéramos hecho?, ¿cuál hubiera sido nuestra reacción en aquel periodo confuso de nuestras vidas con un cetme en la mano y un Trump iniciando guerras tras guerras?, menos mal que por entonces no estaba presidiendo el mundo el aspirante a conseguir el Premio Nobel de la Paz.

Decían que la mili nos serviría para hacernos hombres, ayudados por la férrea disciplina militar.

Este episodio del robo de los calcetines no sé si es verdad o lo he inventado, el caso es que lo he contado como verdadero en numerosas ocasiones, ya sabemos que una mentira repetida se convierte en verdad, aunque no sé para qué querría unos calcetines negros si solo me podía poner los verdes que me dieron en el cuartel el primer día junto con una cuchara, un tenedor y un cuchillo, que aunque parezca el inicio de una canción infantil eran los primeros instrumentos que recibimos para pasar de adolescentes a hombres.

El domingo pasado atravesaba El Corte Inglés sin intenciones de comprar, solo lo utilizaba como camino de paso para salir a la calle Enrique Segura Otaño, entré por una puerta y salí por otra. Una vez en la calle seguí andando por la avenida de Huelva, una pareja de adolescentes tonteaba sentados en un banco totalmente ajenos al clima, a estos dos les daba igual que hiciera frío, calor, que hubiera gente o que no. Estaban los dos viviendo un amor de adolescentes que en ese momento creían que era para siempre, aunque luego solo durase una semana. La estatua de Menacho dibujaba una sombra en el suelo como la que se produce en los días calurosos de verano formando un singular dibujo, como una sombra chinesca.

No había nadie por la calle. La mayoría de la gente estaba en el campo tomando el sol, haciendo la fotosíntesis como las plantas. Cogiendo color después de días encerrados en casa por los temporales de lluvia y viento.

Una avenida solitaria donde, excepto la pareja de adolescentes, no me crucé con nadie. Siempre que camino por la avenida de Huelva miro hacia el Instituto Zurbarán, mi instituto, y miro la ventana donde estaba el anfiteatro y recuerdo con nostalgia las clases de literatura de Enrique Segura, también miro de reojo las oficinas de la Gerencia del SES, dos edificios importantes en mi vida y que tienen mucho que ver con quien soy hoy.

Pasé al lado del edificio de Correos, entre el colegio de General Navarro (no sé si se sigue llamando así) y los buzones en desuso donde se introducían las cartas. La primera vez que publiqué en un periódico fue una carta al director escrita en una hoja de libreta de cuadritos con bolígrafo Bic y que envié en un sobre con un sello, la deposité en uno de estos buzones y esperé durante días hasta su publicación.

Seguí caminando y de pronto el Badajoz fantasma de domingo soleado y silencioso se transformó en alboroto cuando pasé por uno de los bares de San Francisco. Había muchas personas sentadas en uno de los kioscos, no quedaba ninguna mesa libre, estaba hasta el alcalde o alguien que se le parecía con el pelo anaranjado, supongo que no habría por allí nadie del Circo Encantado, que hasta ahora solo lo hemos visto desde fuera. Bueno pero esto pertenece a otra historia.

Comenzó marzo en domingo, después de pasar sin pena ni gloria el primer día del mes llegó el segundo. El lunes, día laboral, según muchos, el peor día de la semana. Durante la mañana hacía calor, por la tarde cayó una tormenta.

El lunes por la mañana voy a trabajar. Salgo de casa a trompicones, adormilado, se me olvida la cartera, da igual, siempre voy a desayunar al mismo bar y puedo pagar al día siguiente. Es de noche, está a punto de amanecer. De pie, en la parada, está el joven que todos los días espera a que llegue el autobús. Siempre va vestido con un mono marrón que lleva el nombre y el logo de su empresa y que no distingo por culpa de la distancia, la oscuridad y los años. El joven lleva todos los días en la mano un bocadillo envuelto en papel albal y una de esas bebidas energéticas. Dicen que los fontaneros, albañiles, electricistas, carpinteros serán los nuevos ricos el día de mañana. De un portal sale una limpiadora con un cubo y una fregona, dice que lleva trabajando desde las 6 de la mañana, está contenta porque han subido unos euros el Salario Mínimo Interprofesional. Sigo andando con mi paso lento pero seguro de funcionario veterano, van muchos años realizando la misma rutina, el mismo oficio, luego algunos me preguntan por qué escribo, imagínate si no escribiera, si no le diera vuelo a la imaginación.

Paso por el taller de Electrónica Quintana, un cartel anuncia que arreglan Thermomix, otro día hablaré de mi olla y los guisos. Paso por Mercería Inés María, nunca he entrado aunque siempre me ha llamado la atención la estética de su escaparate con finos hilos, los ovillos de lana de todos los colores, botones, cintas, siempre tiene en el escaparate un cartel con temas religiosos. A continuación está mi tienda preferida, Juguetería Alegre. A la juguetería Alegre le escribí un artículo en esta página. Antonio es mi proveedor de La Crónica, antes lo había sido María José, mi peluquera de la calle Estadium. Antonio me guarda el periódico y luego voy a por él por la tarde.

Me gusta entrar en su tienda, una tienda singular, cada día me sorprende con algo nuevo, también me habla de los textos, no solo haciendo comentarios sino ampliándolos con datos nuevos sobre Badajoz y su gente. Es un entusiasta de Badajoz y del Casco Antiguo, donde conoce a mucha gente y muchas anécdotas. Me enseña unas postales con imágenes de Badajoz que tiene a la venta, postales de las que se escribían por la parte de atrás cuando viajabas a otra ciudad. Ayer lo que me gustó de su tienda fue un molinillo de café de madera de los que muelen a mano. Ahora que la mayoría toma café de cápsula yo voy a comprar un molinillo para hacer café de puchero como hacía mi padre. Cuando vi el molinillo en el escaparate vi a mi padre sentado en la cocina moliendo café.

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