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Opinión | Disidencias

Periodista

Emilios

Las personas, en Fundación CB, son lo primero. Las personas que necesitan su ayuda, pero, también, las personas que han de evaluar los proyectos y proporcionarles las herramientas y recursos para que salgan adelante

Uno de mis solaces 'Terroríficos cuentos de verano' comienza así: "En La Fundacion había una ventana donde todo el que se asomaba veía el mar…En La Fundación había un balcón que se abría los días veintiocho de cada mes y solo podían asomarse tres personas enfermas que esperaban al atardecer a que pasara Caladrius, un ave mitológica de color blanco y bella como la nieve en lo más alto que, mirándolos, los sanaba”. El resto del relato, entre humilde surrealismo mágico y descripción de maravillas que, a veces, se nos escapan a la razón, es un homenaje en toda regla a la Fundación CB y todo el bien que distribuye por nuestra tierra, tanto en el ámbito social como cultural, haciendo gala a su lema: 'La Fundación de la gente'.

Porque la gente y sus necesidades o sueños o proyectos son beneficiarios únicos de todos sus esfuerzos económicos, institucionales y personales. Las personas, en Fundación CB, son lo primero. Las personas que necesitan su ayuda, pero, también, las personas que han de evaluar los proyectos y proporcionarles las herramientas y recursos para que salgan adelante. “En La Fundación los niños podían montar a Pegaso y volar sobre Badajoz sin miedo alguno y criar unicornios que tenían la capacidad de hacerles reír mientras estuvieran a su lado”. ¿He mencionado personas? Ahí quería llegar.

Una entidad de estas características, heredera del Monte de Piedad y Caja General de Ahorros de Badajoz y fundada en 1889 por la Real Sociedad Económica de Amigos del País, ambas destacadas a lo largo de su historia por su cercanía a la gente y su preocupación por su desarrollo en todos los órdenes, estaba obligada, como así hizo, a recoger y mantener ese legado de promoción de la cultura y de protección de los más débiles. La Fundación CB asumió la responsabilidad de trabajar por y para la gente, pero no desde la frialdad institucional, muchas veces presente de manera distante y grosera en diferentes entidades, sino desde la empatía, la proximidad, la confianza, el respeto y, sobre todo, el cariño. Quienes trabajan con la gente tienen el deber moral de saber tratar a la gente, de saber conectar con la gente, de saber tomarles de la mano, darles un abrazo y ofrecerles una sonrisa y una esperanza, aunque, en ocasiones, haya que decir que no o que ahora no es posible.

Para la gente que trabaja con gente la conexión emocional es fundamental. Y aquí aparece todo el personal de la Fundación CB que ha ido llegando detrás de dos personas singulares, apreciadas, diligentes y especialmente preparadas para la tarea que se les encomendó. Cariñosamente, los conocemos como los Emilios, pero quienes somos sus amigos, hemos trabajado con ellos, hemos compartido mesa y mantel, eventos y alguna frustración que otra (pocas, porque con gente así los problemas siempre tienen solución u otros caminos por explorar) sabemos que Emilio Vázquez y Emilio Jiménez, con formación, trayectorias, experiencias y maneras de entender la vida diferentes, supieron encajar a la perfección entre ellos y en el objetivo común de dirigir, el primero como presidente y, el segundo, como director general, una de las entidades más importantes que tiene Extremadura y que a más gente llega con sus recursos. Y, por tanto, a más gente hace feliz.

Ellos y su forma de ser y trabajar supieron contagiar esas virtudes en quienes trabajaron y colaboraron a su lado y, de ahí, que el equipo humano formado haya sido, primeramente, eso, humano y, después, preparado y, finalmente, organizado. Ellos, los Emilios, han dejado, recientemente, sus responsabilidades en la Fundación CB, pero nunca vamos a olvidar su impronta, su carácter, su permanente disposición a seguir creciendo. Ha sido muy útil su más que contrastada competencia en la gestión, su indudable sensibilidad social, su amor a la cultura, su talento para dirigir una organización de estas características y su compromiso como ciudadanos con Extremadura y, especialmente, con Badajoz. Emilio V. y Emilio J. han dado más de lo que se les pidió o exigió, tanto en lo personal como en tiempo y entusiasmo.

Su ejemplo, como personas, como líderes, como gestores, nos servirá a todos, incluidos los que se quedan en la Fundación CB trabajando como los que seguirán siendo beneficiarios de sus ayudas así como los que disfrutarán de sus actividades e, incluso, otras entidades e instituciones que recordarán en el Presidente y el Director General dos eficaces profesionales al servicio de la comunidad. Me alegro, porque se van a descansar, pero no sería sincero si no dejara por escrito que me apena su marcha porque uno siempre desea que las personas queridas y válidas se queden a nuestro lado, esencialmente, porque aún teníamos, tenemos mucho que aprender de ellos. De uno, de cine, por ejemplo y, de otro, por ejemplo, de jazz, dos de sus grandes pasiones entre muchas. Odio los adioses, los hasta siempre y los hasta nunca, así que, queridos Emilios, nos vemos en las calles, en los bares, en los conciertos, en las pelis, en las exposiciones, en las presentaciones o donde quiera que sea, pero que nos veamos, para sentir que seguimos siendo amigos, para sentir que seguís a nuestro lado. “En La Fundación me la encontré a ella y no necesitaba biquini de cuerdas ni bañador para comprender que, juntos, quería mirar al mar por aquella ventana el resto de mis días, que no deseaba asomarme jamás a ese balcón y que ojalá pusieran, que sé yo, El hombre tranquilo o Isla bonita para quedarnos a vivir en esa película”.

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