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Opinión | A mesa puesta

Badajoz

Los Alféreces: barra y cuchara diaria

En las paredes había una frase que resumía el carácter del lugar: «donde la calidad supera los precios». Más que un eslogan, una declaración de intenciones

La familia del Bar Los Alféreces-

La familia del Bar Los Alféreces- / P. G.

Hay bares que no envejecen: se asientan. En Badajoz, el Bar Los Alféreces es de esos lugares donde la rutina del barrio se vuelve costumbre compartida y la cocina tradicional no es una etiqueta, sino una manera de trabajar. Abrió sus puertas en la avenida de Colón de Badajoz en 1963, cuando Eduardo Rodríguez levantó la persiana por primera vez con una idea sencilla, y ambiciosa: dar de comer bien, a diario, sin adornos. Desde entonces, el local ha ido creciendo en lo único que de verdad importa en hostelería: confianza, continuidad y una clientela que vuelve porque aquí se come como se ha comido siempre.

El relevo llegó en 1992. Entonces tomaron las riendas Alejandro Alegría y su mujer, Marina Muñoz, gente de oficio, y lo hicieron con una decisión clara: continuar con el mismo tipo de cocina que se venía haciendo, respetar la barra de siempre y cuidar el comedor donde mandan la cuchara, el guiso y el punto. Los Alféreces se consolidó como negocio familiar, de esos que se reconocen porque el saludo tiene nombre propio y porque la casa se sostiene en equipo. Con Alejandro y Marina han estado -y están- sus hijos Ernesto, Fran y Lole; y también María José, esposa de Ernesto, sumándose al engranaje cotidiano que mantiene el bar vivo, con ese reparto de tareas que solo se aprende a base de años: uno en la barra, otro pendiente del pase, otro cuidando el comedor, y todos sosteniendo el mismo estilo.

La historia del local tiene un hito que el barrio recuerda con respeto: en 2017 falleció Alejandro Alegría, la figura que sostenía el oficio, trabajando todavía, ‘al pie del cañón’. Desde entonces, la continuidad no ha sido una foto, ha sido un compromiso. Los Alféreces siguió abriendo cada mañana, sirviendo desayunos con ese aire de casa abierta donde el café sabe a conversación y a periódico doblado y donde el primer cliente no es un número: es parte del paisaje. A primera hora el bar funciona como punto de encuentro: el que entra ‘a lo rápido’ antes de trabajar, el que se detiene cinco minutos más, el que pregunta por la familia. En esos detalles se ve el carácter del sitio: un bar que no va de modas, va de costumbre.

A mediodía la barra manda. Es el tramo en el que el bar se vuelve plaza y el aperitivo, un pequeño ritual. Aquí los ‘de siempre’ siguen teniendo sitio: oreja en su punto, rabitos de cerdo, callos que piden pan, arroces y ese ir y venir de cazuelas que sostienen la costumbre. Pero junto a ese mostrador de memoria, la carta de raciones sostiene otra liturgia: pavías de bacalao, bacalao con tomate, sus croquetas caseras y un solomillo de la casa que muchos señalan como ‘imprescindible’. Y, para quien pregunta y se deja sorprender, están también los platos fuera de carta: un cachopo de fundamento, ancas de rana que tienen su espacio y boquerones cuando están en temporada. Es el momento de las medias palabras, de pedir «ponme algo» y que el bar entienda, de la barra que funciona como termómetro del día. Cocina directa, de producto y paciencia; sin atajos. Lo que cambia, si acaso, es el ritmo de la ciudad: la esencia permanece.

Y luego está el comedor, ese refugio donde Los Alféreces defiende lo que muchos buscan y ya no encuentran con facilidad: la cocina de siempre. Aquí, cada día, hay cocina de cuchara y guisos, de los que se hacen a fuego lento y se rematan con pan en la mesa: caldos con fundamento, cazuelas que llegan humeantes, platos que reconcilian con lo cotidiano. No es algo «según el día» ni un reclamo de temporada: es norma de la casa, el pulso diario del comedor. Platos que no necesitan adjetivos porque llevan décadas hablándose en el mismo idioma. Aquí el cliente viene en familia, y no solo por parentesco: también por costumbre. Hay mesas que repiten generaciones, celebraciones sin estridencias, comidas de domingo, encuentros que se pactan con un «en Los Alféreces, como siempre». Y esa frase, repetida con naturalidad, es quizá la mejor crítica gastronómica: la de quien no necesita explorar porque ya ha encontrado su sitio.

En las paredes había una frase que resumía el carácter del lugar: «donde la calidad supera los precios». Más que un eslogan, una declaración de intenciones. Se notaba en la forma de servir, en la barra bien atendida y en la fidelidad de una clientela que sabe distinguir lo honesto. En Los Alféreces el plato se defiende solo, pero también se defiende el trato: el de mirar a la cara, el de responder con rapidez, el de saber que el bar no es solo cocina, es conversación, presencia y oficio.

También hay historias que retratan a un establecimiento sin necesidad de adornos. Durante once años dieron de comer a los presos de los calabozos de la comisaría de Badajoz y han atendido a los jurados populares del juzgado. Encargos discretos, de confianza, que hablan de una cocina puntual y fiable, capaz de sostenerse día tras día con el mismo nivel. No es cualquier cosa: significa organizarse, cumplir horarios, mantener regularidad y, sobre todo, cocinar con la misma seriedad para quien se sienta a una mesa por elección que para quien está donde está por obligación. En esa parte menos visible del oficio se entiende bien lo que es Los Alféreces: un bar que responde, que no falla, que lleva décadas funcionando como un reloj sin necesidad de presumir.

Ahí está el secreto: identidad y constancia. Nació en 1963 con Eduardo Rodríguez, se renovó sin romperse en 1992 con Alejandro Alegría y Marina Muñoz, y ha seguido adelante como familia ampliada con Ernesto, Fran, Lole y María José, con el recuerdo inevitable del mayor de la casa que se fue en 2017 trabajando. Por eso, más que un restaurante, es un lugar de pertenencia. Y en una ciudad, eso vale tanto como la mejor receta y por eso la ciudad lo siente como un hogar diario.

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