Opinión | En confianza
El arte de discutir
Aprendamos el arte de discutir. Protestemos. Manifestémonos. No seamos idiotas. Porque discutir no rompe una sociedad. La rompe el silencio
Discutir tiene muy mala fama, pero la verdad es que no sé muy bien por qué. O sí lo sé, pero prefiero no meterme en berenjenales. Que luego me dicen que soy un radical.
Quizá lo que pasa es que no estamos acostumbrados a discutir. Y tampoco sabemos hacerlo bien. No hablo de las conversaciones con nuestro círculo cercano, que ahí sí, en confianza, nos explayamos, sobre todo cuando se trata de temas nimios. Hablo de discusiones de verdad: esas en las que, con un poco de suerte, se consigue cambiar algo o, al menos, plantar una pequeña semilla de duda.
Cuando discutimos, muchas veces lo hacemos fatal. Confundimos churras con merinas, llevamos la discusión al terreno personal, nos sentimos heridos y somos incapaces de controlar los sentimientos. A veces saltamos por peteneras con argumentos pobres que poco aportan al debate. Lo digo desde la experiencia: a mí también me pasa. Aún estoy aprendiendo a discutir.
Y me resulta curioso, porque discutir es la base de nuestra civilización. O al menos debería serlo. Cuando se invocan los valores de la civilización occidental siempre aparece Grecia. Allí la discusión pública era el eje de la democracia. A quienes no participaban se les llamaba idiotas.
Ya sé que aquella democracia no era perfecta y que se sostenía sobre el trabajo esclavo. Pero si alguien quiere bajarme de la burra de que la discusión es el núcleo de la convivencia en una sociedad sana, lo va a tener que hacer con marionetas de calcetín.
A discutir se aprende, como casi todo en la vida, haciéndolo. Y creo que hay que entrar a discutir como se entra en una pachanga de fútbol con los colegas: con la indumentaria mínima, con ganas y con la intención de disfrutar. Luego llega la patada en las espinillas del cabrón de tu amigo de toda la vida, pero eso forma parte del juego.
Quizá en Badajoz nos falta un poco de eso. Tal vez por miedo, discutimos poco sobre las cosas de nuestra ciudad.
Vete a saber si el hecho de que en 1936 masacraran a una parte de la población de Badajoz tiene algo que ver. El miedo también se hereda y durante generaciones atrofia la capacidad de discutir.
Discutir debería servir para generar debates sobre lo que ocurre en nuestro entorno más cercano: en el barrio, en la ciudad. Pero también es verdad que, como decía Luis Alberto de Cuenca en uno de mis poemas favoritos: «La vida dura demasiado poco. No da tiempo a hacer nada».
Y algo de eso nos pasa. Apenas tenemos tiempo de llevar a los niños al colegio si no fuera por los abuelos. Nos hemos metido en una vorágine que no deja espacio para discutir nuestras cosas comunes. Así que los debates se cierran antes de empezar y aparecen los bandos. Cada uno con su equipo, siguiendo con el símil.
Eso sí, a veces nos dan ramalazos. Por ejemplo cuando llega el primer recibo del famoso basurazo. Entonces sí queremos juntarnos con los vecinos, discutir, protestar y dar nuestra opinión. Pero cuando nos da ese ramalazo el debate ya se cerró hace meses. Y acaba siendo flor de un día.
También hay honrosas excepciones. Momentos en los que el vaso se desborda y alguien dice lo que muchos piensan. La semana pasada presencié uno de esos momentos.
Fue durante la entrega de galardones de USO en Badajoz con motivo del 8M. Uno de los reconocimientos, a título póstumo, fue para María Belén Cortés, la trabajadora social asesinada hace ahora un año por tres menores a los que cuidaba en un piso de cumplimiento de medidas judiciales en nuestra ciudad.
Una compañera recogió el galardón y, a duras penas, pudo pronunciar unas palabras. «Belén era luz», dijo.
Cuando se sentó, aún con el auditorio estremecido, una mujer alzó la voz desde las butacas y, con calma pero con la rabia de quien conoce de cerca las condiciones de ese trabajo y ha discutido de ello, leyó la cartilla a los presentes. Todo sigue igual, vino a decir. Un año después seguimos con miedo. Las palabras son muy bonitas, pero pónganse las pilas y hagan algo para que esto cambie. Olé, señora. Usted sí me representa.
¿Qué discusión pública hemos tenido en Badajoz sobre este asunto? ¿Por qué abandonamos a quienes se encargan de llevar luz a los rincones donde muchos prefieren no mirar?
Aprendamos el arte de discutir. Protestemos. Manifestémonos. No seamos idiotas. Porque discutir no rompe una sociedad. La rompe el silencio. Y a lo mejor, si discutimos más, conseguimos parecernos un poco a Belén y ser también luz entre tanta oscuridad.
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