Opinión | En la frontera
La petición
La familia llamaba para asegurarse de que estabas bien. Los amigos mandaban mensajes con "abrígate y no salgas". Y me decían que en las noticias españolas salía la ciudad blanca

Rosalía deja huella en la nieva. / LA CRÓNICA DE BADAJOZ
En los anticuarios de Nueva Inglaterra es fácil encontrar 'Flower frog'. Parecen pisapapeles redondos y panzudos de cristal con agujeritos para que los tallos mas frágiles permanezcan erguidos o para que las ramitas de tomillo o espliego de los caminos echen raíces. Sonríen, como arrancadas de un Matisse, margaritas amarillas y blancas y azules, las delicadas campanillas del muscari. Dicen hola desde la ventana delante del fregadero de la cocina, cada vez que vas a por un vaso de agua. A su lado, un cuenco en forma de col de Bórdalo Pinheiro con limones del árbol de mi madre, una bandeja de matas de tomateras que mi hijo cuida como oro en paño, esperando que llegue el momento de la siembra, una garrafita de aceite de Heredade de Esporao, un salero que no tiene sal, sino algas del Mar de Maine para aderezar con un poquito de gracia y de saudade mis recetas inventadas, y una jarra para el agua que encontré un día de mucho, mucho frío, en el mercado de Chelsea, decorada con amapolas, lilium y ranúnculos, como si fuera un acto de fe.
Veo, también desde aquí, mientras escribo, parte del jardín, tan descuidado, y antes de poder pedirle perdón, me hace un guiño sin rencor, con un narciso y un tulipán rizado, y el esplendor, que acalla cualquier promesa, de una mata de iris, violetas y morados. Así que parece lejana la semana pasada cuando la directora de este periódico me pidió que hablara de la nevada en Nueva York. Crucé con ella algunos mensajes a deshora mientras tomaba el café y la nieve caía sobre la nieve del día anterior, y esta sobre la de la semana anterior y esta sobre un febrero que solo conseguida estirarse de tanto arrebujo sobre sí mismo, las mañanas en que el termómetro subía a menos tres grados y la nieve se convertía en su único abrigo. Fue noticia una familia extremeña que se había quedado en la ciudad porque sus vuelos de vuelta se cancelaron por el temporal.
La familia llamaba para asegurarse de que estabas bien. Los amigos mandaban mensajes con "abrígate y no salgas". Y me decían que en las noticias españolas salía la ciudad blanca. El frío ártico, la sensación térmica de menos veintisiete grados de los termómetros de la calle, tan superlativo que daba risa contarlo, parecía haber pasado. Se anunció la gran tormenta. A las diez empezaría a nevar con fuerza. Salimos a comer algo caliente con la idea de volver al supermercado para una última compra. A las dos, sin embargo, cayeron los primeros copos, constantes, sin revoloteo, como otras veces, pesados, y contundentes.
Los estantes de Trader Joe’s estaban vacíos. Un perfume a pandemia flotaba en los pasillos sobre unos pocos clientes, perdidos, sin más que un par de sopas de lata o una coliflor pocha que nadie había querido. La gobernadora, en las noticias, advertía para que se extremaran las precauciones, que sería un desafío histórico, pero que estaban preparados. Más tarde, una alerta en los móviles resonó en el edificio. Cientos de teléfonos, miles, millones, en la ciudad al unísono. Tan alta, aguda y larga que no parecía posible que saliera de algo tan pequeño.
Un mensaje del alcalde Mandani para declarar el estado de alerta, el cierre de los colegios, la restricción de movimiento salvo para vehículos de emergencias, y la indicación de una página de información y un teléfono de emergencias. El sonido de las máquinas quitanieves raspaba la noche y el día siguiente. Y el siguiente. El amanecer apenas se entreveía, el viento racheaba con furia los copos, a bandazos chocaban entre sí, contra las fachadas, con bofetadas sonoras, arrancando las esquirlas de hielo de los canalones y las cornisas. Aullaba tanto que los macetones con cipreses del vecino se volcaron de miedo. Las caras chatas contra el cristal empanado, con el corazón empanado, pensaban en los que no tenían casa. Solo transitaban ambulancias del Mount Sinai y algunos taxis.
Los porteros no daban abasto con las palas limpiando las entradas. El sistema de turnos de aparcamientos en las calles llevaba tiempo suspendido y la silueta de los coches, varados, apenas se distinguía. En las farolas había carteles de hombres ofreciéndose a limpiarlos y sacarlos unas semanas después. A media mañana vi el primer valiente con un perro. Fue como si se hubieran comunicado con señales de humo o un walkie talkie oculto. Al poco llegó otro y otro más. Un collie se salió del sendero y su dueño tuvo que rescatarlo hundido hasta el cuello. Después de la hora de comer el viento dejó de sonar como si desfilara por un cañón estrecho, entre montañas. Se agotó. Y aunque la nieve caía y el cielo estaba emborronado, los newyorkers empezaron a salir y llenar el parque de puntos de color. La ropa roja, amarilla, naranja…, chisporroteando en la blancura absoluta. Una batalla de bolas se había improvisado en el Village. Y las redes se llenaron de fotos del botánico de Brooklyn convertido en postal de navidad.
Alrededor del lago en lugar de corredores había esquiadores. La mañana siguiente el sol venció y la nieve se duplicaba reflejándose en el cielo. El blanco lleno de luz y de alivio y de murallas hechas por los niños con su maestra en forma de fuerte. Y pasadizos excavados para jugar dentro. Y en cada curva un muñeco con zanahoria y botones por ojos. O ramitas para que pudieran tener brazos y decirte adiós al pasar. Solo un par de caminos limpios, las maquinas en vaivén constante. En un aérea de béisbol la explanada se había convertido en una sala de exposiciones. Un oso de nieve portaba un cartel con un QR. Haz tu propio muñeco de nieve y súbelo a la red. Enseñemos nuestra colección de osos a los que no puedan venir al parque. Una osa había sido esculpida para abrazar a su cachorro y este protegía entre sus garras una vela que la gente mantenía encendida. Un conejo con rabito de peluche, un perro con las orejas gachas y más y más muñecos. Un grupo de jóvenes habían fabricado asientos de nieve y fingían no tener el celo helado mientras posaban satisfechos de su proeza. Un señor mayor con sus esquíes iba tomando fotos de quien quisiera llevarse un recuerdo. Una chica con un abrigo rosa, un gorro verde y unos pantalones amarillos fue modelo de muchos sin saberlo. O sí. Las carcajadas y los uy y los oh largos como el descenso de las colinas empinadas se escuchaban por todos lados.
Junto a las papeleras se amontonaban trineos rotos y guantes desparejados. La estatua de Alicia estaba por primera vez sola. No había turistas ni niñas encaramadas para hablar con el sombrerero loco. Así que aproveché para decirle alguna cosa y distraerle de un día tan raro. Le mandé recuerdos de mis amigas, de mi hija, de mí de cuando era pequeña y de mí ahora. Y nos quedamos las dos mirando el estanque helado. Le dije que no tuviera pena que enseguida llega la primavera y se llena todo de ruido y de parloteo, y de músicos callejeros y de la vela blanca de los veleros teledirigidos y de niños que hacen pompas gigantes de jabón y de chicas asiáticas que visten como ella, con su vestidito azul y su canesú.
En la casa de botes, las sillas de hierro llevan fantasmas gordos encima, de nieve rebosada. Y las ardillas suben y bajan, y miran inmóviles los perros con abrigo, que inmóviles, las miran a ellas. Los gansos de Canadá levantaron el vuelo llenado el cielo de sus graznidos. El frío empezó a caer, como la tarde y el parque fue despoblándose. En la corteza de un árbol alguien había escrito con nieve I love NY. Y yo, sobre un banco, dibujé el 'I love badayork' como si así pudiera unir dos mundos, dos mitades tan distantes y diferentes que, sin embargo, encajan como dos piezas de un puzzle, en mí.
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