Opinión | Cotidianidades
Entre flores

Un camino entre árboles en flor en Valdelacalzada. / LA CRÓNICA DE BADAJOZ
El domingo pasado me inscribí en una ruta senderista que se celebraba en el pueblo de Valdelacalzada. Lo anunciaban como un paseo entre árboles frutales, el cartel de presentación decía 'Caminando entre flores'.
Los árboles que se veían durante el recorrido eran tres: el ciruelo que da una flor blanca, el melocotonero y el árbol de la nectarina, estos de color rojo. El día de la ruta hacía una mañana soleada, lucía una luz de verano aunque la temperatura era suave, como de principio de primavera. No hacía calor, tampoco frío. Salió un día que parecía diseñado para andar y admirar el campo, para disfrutar de su olor, deleitarse con su paisaje y gozar con el bienestar que proporciona al cuerpo el ejercicio físico.
A las 8.45 salimos de Badajoz, fuimos en coche cuatro amigos, cuatro caminantes en un mismo auto vestidos con ropa de andar, pantalones de muchos bolsillos donde solo utilizamos uno para guardar la navaja y así sentirnos protegidos, como si en mitad del camino pudiera salir por sorpresa un oso, o un lobo y tuviéramos que enfrentarnos a ellos cuerpo a cuerpo, cuando para lo único que tiene utilidad la navaja es para pelar las naranjas y manzanas que dan en el avituallamiento. También llevamos el palo para apoyarnos como si fuera un bastón y que, en rutas sin dificultad como las que íbamos a recorrer el domingo, estorba más que ayuda. Lo más importante del vestuario de un senderista son las zapatillas. Unas zapatillas o botas que sean fuertes y a la vez flexibles para que no haga rozaduras, aunque las rozaduras ocurren en rutas más exigentes o en senderistas noveles.
Llegamos a Valdelacalzada, un precioso pueblo de colonización de unos 2.500 habitantes, creo que fue el primero que se construyó del Plan Badajoz. Aparcamos después de unas cuantas vueltas por las calles centrales, ese día el pueblo estaba lleno y no era fácil encontrar aparcamiento. La plaza, igual que el resto del pueblo, estaba adornada con flores de papel blancas y rojas. El blanco y rojo destacaba como una bandera que representaba los colores que luego veríamos en el campo.
Había mucha gente en la plaza, nos identificamos en el control de inscritos. Estábamos en el meollo del bollo, en el centro del ambiente. Una de las cosas importantes de la ruta es el desayuno. Nos dieron un café y un plato de migas, estaban buenas. Siempre pienso en estos casos en el cocinero o cocinera porque creo que es difícil preparar comida para muchas personas, tiene que ser complejo calcular las cantidades para que salga bien y que además esté rico. Antes de empezar nos hicimos fotos, hicimos fotos a otros que nos lo pidieron. Un joven con micrófono en mano dio una breve explicación sobre los árboles y su fruto, sobre la floración, también advirtió de que tuviéramos cuidado con las abejas sobre todo en un día soleado. Ahora que se habla tanto de la escasez y de los muchos beneficios que aporta a la naturaleza este insecto, me gustaría verlas, no ví ninguna, como tampoco veo ningún espárrago cuando voy a espárragos. Lo cierto es que no me metí entre los árboles para hacer fotos, no llevaba la cámara para evitar peso innecesario.
Empezamos a andar. En estas rutas multitudinarias al principio caminas en pelotón hasta que cada uno va cogiendo el sitio que le corresponde según su ritmo. Llegamos al kilómetro 1 todos juntos, todavía íbamos por asfalto, por las últimas calles del pueblo, no habíamos pisado aún los caminos de tierra, se veían cerca las primeras parcelas de árboles con flores blancas.
Llegamos al kilómetro 2, el grupo se iba dispersando, los árboles eran más abundantes, seguimos por caminos de tierra, algunas veces pistas asfaltadas, los kilómetros que se anunciaban en un folio A4 pegado a los árboles o algún poste de la luz iban pasando 4, 5, 6. En el kilómetro 7 estaba el avituallamiento: una mesa larga con naranjas, plátanos, barritas energéticas, agua y alguna cosa más que no recuerdo. No paré, continué andando solo, sin mis acompañantes, si paro o me siento, luego me cuesta volver a arrancar.
A partir de aquí el siguiente punto importante era el mirador. Cada senderista iba a su ritmo, algunos en grupos, otros solos, en silencio, intentando escuchar los sonidos del campo, aunque escuchaba más a unas chicas que estaban haciendo un 'selfi', les dije que si querían que hiciera la foto, se la hice. En estos recorridos la gente es amable. Delante de mí iba una pareja que empezaron a hablar con otras dos caminantes. Les oía, sobre todo a una de ellas que tenía un tono de voz alto, hablaba con normalidad, no tenía el ahogo de haber recorrido ya las tres cuartas partes del trayecto. La chica, no creo que llegará a los 30, le contaba a otra, calculo que de unos 60, su experiencia en la media maratón Elvas Badajoz del año anterior. Las dos habían participado. La chica joven decía que iba al gimnasio 3 veces en semana, que salía a correr cuatro veces en semana y que jugaba al pádel con su pareja. Decía que en lugar de estar en un velador tomando cañas, ella y su pareja preferían ir a jugar al pádel, pensé que entrenaba más que una deportista profesional. Hablaban sobre carreras populares, sobre nutrición, sobre planes de entrenamientos con rotundidad en la voz, como si estuviera sentada en un sillón.
Yo iba detrás sin que me saliera la voz del cuerpo, no hablaba, no me apetecía y no podía, prefería escuchar el campo, aunque lo que escuchaba es a los que iban delante de mí. Llegamos al kilómetro 11, quedaban 3, se empezaba a hacer largo, a pesar de eso, estaba disfrutado tanto que no sé si tenía ganas de llegar. Me sentía bien entre árboles frutales, iba a mi ritmo apoyado en mi palo innecesario. Un hombre de espaldas anchas maniobraba entre los pasillos de los árboles con un tractor verde, vimos algunos agricultores en sus parcelas mirando y retocando con mimo las flores. Mientras, nosotros seguíamos caminando, kilómetro 12 se veía el pueblo a lo lejos.
Ahora iba detrás de un grupo de cuatro mujeres, parecían dos madres y sus hijas, debían ser sanitarias, hablaban del despropósito de las oposiciones de los médicos, decían que con la necesidad que hay de médicos cómo han podido quedar libres el 60% de las plazas. Médicos que llevan diez años estudiando medicina entre la carrera y el MIR, decían que sí habían puesto un examen para que los médicos extremeños se vayan a otras comunidades. Hay cosas que la población normal no entiende, quizás deberían explicarlo. Yo no decía nada, iba sin voz. Un poco más adelante caminaban de forma cansina dos hombres de unos cuarenta años, hablaban del futbolista Rafa Mir, el que para defenderse de las acusaciones de racismo decía que no le había dicho al rival “que había venido en patera” que solo le había dicho “que le iba a arrancar la cabeza”. Sin comentarios, sigo sin voz.
A simple vista, sin ver los números, creo que había en la marcha más mujeres que hombres. Entramos en el pueblo, una calle larga por las afueras, giramos por otra calle, ahora sí tenía ganas de llegar, pasamos por la calle El Pozo, estaba bien decorada con flores de papel, un pequeño giro a la derecha y llegamos a la plaza del pueblo presidida por la iglesia. Frente a la parroquia de la Sagrada Familia había un bar con veladores donde me senté. Bar La Fonda. Llegaron mis amigos, entonces me llevé la sorpresa de que salió a atendernos una chica a la que conocí cuando participaba en carreras populares, era Marisa Martínez, la atleta de Montijo que fue Olímpica en Atlanta, corrió los 5.000. Se puso contenta cuando la reconocí, decía que tenía unos cuantos años y kilos más, a pesar de eso conservaba la misma sonrisa de siempre. Es de Montijo, se casó con el dueño del bar y se fue a vivir a Valdelacalzada. Después de unas cañas y tapas nos fuimos. Terminamos en la venta Mayga de Gévora, que es donde empiezo la mayoría de los artículos y esta vez es donde acaba.
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