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Opinión | EL EMBARCADERO

Periodista y profesor

Más política

Hay a quien le molesta que se hable de política, tal vez porque se expresan ideas con las que no se están de acuerdo. Percibo, en esta obsesión por despolitizar todo, una necesidad de unificar la opinión, silenciar la crítica y aplacar la denuncia cuando no coincide con nuestra ideología

Admito que me molesta bastante que se intente reducir la política a lo vinculado con los partidos. Igualmente, me echan para atrás aquellas personas que se definen como apolíticas; en todo caso, serán apartidistas. Cada vez lo vamos teniendo más claro: comportarse políticamente es inseparable de la condición misma del ser humano. La propia definición de Aristóteles de los seres humanos como «animales políticos» parte de su concepción de que las personas se expresan más plena y propiamente en el contexto de la ciudad-Estado griega, la ‘polis’, palabra de la que deriva ‘política’. La ‘polis’ se configura como el hábitat natural de los animales políticos, donde se relacionan y colaboran para establecer las leyes y crear las instituciones en las que se basan el orden social y la justicia. Y si los humanos son esencialmente políticos, la vida sin la política es imposible. Por su parte, el mismísimo Ronald Reagen, cuadragésimo presidente de los Estados Unidos, bromeaba, en 1977, al afirmar que «la política es la segunda profesión más antigua del mundo» y «he acabado dándome cuenta de que guarda un gran parecido con la primera», presuponiendo que en ambas existe una venta de favores, una falta de principios o una búsqueda de beneficios personales.

De cualquier manera, queramos o no, casi todo es política; la vida es política. Si vamos al trabajo en coche o en transporte público. Si hacemos la compra en un gran centro comercial o en la frutería de nuestro barrio. Si llevamos a nuestros hijos a un colegio público o concertado. Si reciclamos o no. Si subimos o no el precio del alquiler a nuestro inquilino. Si vemos Netflix o vamos a una sala de cine. Si desmentimos un bulo en el grupo de WhatsApp familiar. Si votamos o nos abstenemos en unas elecciones. Por tanto, la política, ya lo sabemos, trasciende a los partidos, un hecho sobre el que es necesario seguir haciendo pedagogía.

Hay a quien le molesta que se hable de política, tal vez porque se expresan ideas con las que no se están de acuerdo. Percibo, en esta obsesión por despolitizar todo, una necesidad de unificar la opinión, silenciar la crítica y aplacar la denuncia cuando no coincide con nuestra ideología. Todo en un momento en el que quizá es más importante que nunca que se nos planteen preguntas sobre temas que nos importan y que nos hagan reflexionar. También observo en esa obstinación por despolitizarlo todo muy poca perspectiva y amplitud de miras, justo cuando más falta hace lucidez moral, hablar alto y claro y no permanecer impasibles ante las injusticias; no cayendo en las trampas de una ultraderecha que, en verdad, quiere destruirlo todo.

En unos tiempos convulsos, como los presentes, en los que el orden geopolítico se tambalea, Oriente Próximo es un polvorín, peligran algunos de los derechos humanos conseguidos tras años de lucha y el mundo, tal y como lo conocemos, cambia a la velocidad de la luz, dejando atrás un modelo basado en el multilateralismo y el derecho internacional, cabe reivindicar, una vez más, el sentido literal de la política. La entiendo como el medio para resolver conflictos sin recurrir a la violencia. Es más, el único acuerdo general en una sociedad abierta políticamente es el que sirve para tolerar la diferencia y, en esta línea, la política es algo así como el arte del compromiso.

Creo que si, como sociedad, dejamos de hablar de política, si nos deja de importar, si dejamos de escuchar a quienes tienen altavoz para señalar los problemas a los que nos enfrentamos, corremos el riesgo de caer contagiados por el virus de la desafección y la desesperanza. Un germen que se hace más resistente en nuestro organismo con el paso de los años. A pesar de la desazón que nos provoca asomarnos a la actualidad a través de los medios de comunicación y las redes sociales, que dibujan un paisaje que, si no se acerca al negro, poco le falta, me gusta recurrir a unas palabras del intelectual Howard Zinn, que pronunció la actriz Susan Sarandon en la pasada gala de los premios Goya: «Tener esperanzas en tiempos difíciles no es una estupidez romántica. Se basa en el hecho de que la historia humana no se refiere solo a la crueldad sino también a la compasión, el sacrificio, el coraje y la bondad.» Lo que elijamos enfatizar en esta historia compleja determinará nuestras vidas; también lo que elijamos denunciar, criticar y opinar marcará nuestras existencias. Ahora más que nunca, reivindiquemos la función de la política en el sentido aristotélico, entendida como la actividad suprema orientada al bien común, la ética y la felicidad de la comunidad.

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