Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | EL CHINERO

Ascensión Martínez Romasanta

Ascensión Martínez Romasanta

Directora de La Crónica de Badajoz

Directora de La Crónica de Badajoz

Francis

Para quienes quieren a Francis, para su familia, el sufrimiento no ha terminado

Francisca Cadenas.

Francisca Cadenas. / LA CRÓNICA DE BADAJOZ

Al día siguiente de que la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil encontrase los restos óseos en casa de unos vecinos y se confirmase que pertenecían a Francisca Cadenas, la mujer desaparecida hace casi 9 años, su pueblo amaneció en silencio. El silencio era el estado que definía el ir y venir de quienes durante casi nueve años habían sufrido de cerca la desazón de una incógnita sin resolver, de una congoja abierta que no había cerrado la puerta de la esperanza, a sabiendas de que existía una certeza latente.

Silencio roto por los reproches vertidos contra quienes durante tanto tiempo habían permanecido viviendo a tan solo 23 metros de una familia rota, conscientes de que habían sido los causantes de su dolor. Silencio por la pena de no haber podido hacer nada para cambiar las tornas, por no haber descubierto a tiempo las intenciones malvadas, por no haber estado atentos a las señales. Silencio por la duda de si podría haberse encontrado antes, si las unidades especializadas hubiesen actuado con la misma intensidad que lo han hecho casi nueve años después.

Quienes han seguido de cerca un caso de desaparición, antes de su resolución suele repetirse la idea de que la familia, aunque desesperanzada, necesita conocer qué ocurrió y encontrar a quien busca para sentir alivio. Si no es así, nunca podrán descansar. La familia de Francisca Cadena se habrá sentido aliviada cuando por fin ha sabido su paradero. Un alivio con lamento, pues por delante les queda por padecer mucho sufrimiento. Nadie puede ponerse en su lugar para saber qué sienten. Si es alivio, será pasajero. Si es rabia, también pasará. A partir de ahora, empezarán a salir a la luz detalles de las últimas horas con vida de su madre y esposa que les producirán mucho dolor. Si todo ocurrió como todos sospechan, nadie podría haber hecho nada por salvarla. Entró donde nunca debió entrar y tropezó con quien nunca debió encontrarse aquella noche en la que dijo que no tardaría en volver a casa a preparar la cena. Nadie entendía qué había podido ocurrir. Pero existe una explicación, que seguramente se tardará poco en resolver. Es a partir de ahora cuando más van a sufrir sus familiares, cuando irremediablemente conozcan cuánto pudo padecer Francis y el motivo que llevó a su asesino a quitarle la vida y esconderla para siempre bajo sus pies, tantos años.

Ahora que está confirmada la autoría de la desaparición y muerte de esta vecina de Hornachos, en su familia hay quien no deja de insistir en que lo sabía. Su hijo pequeño lo repitió la tarde en que los responsables de la OCU llegaron a su casa a informarles de lo que habían encontrado bajo el suelo del patio interior de la casa de sus vecinos. Lo sabían. Lo sabían, pero no tenían pruebas. Los dos hermanos habían seguido haciendo su vida, como si tal cosa, como si debajo de su ir y venir diario no respirase aún el espíritu de una mujer que no merecía este destino.

Para quienes quieren a Francis, para su familia, el sufrimiento no ha terminado. Ojalá el desenlace hubiese sido otro. Si la muerte hubiese sido por accidente, sí existiría alivio entre ellos. Con mucha pena, pero estarían aliviados. Sin embargo, ahora que tienen casi la certeza de que alguien hizo daño a su madre, posiblemente de manera intencionada, en un ataque de ira, o para ocultar otro delito, les quedan muchos meses por delante de dolor, hasta que se celebre el juicio, se recurran las sentencias y sean firmes. Puede pasar mucho tiempo hasta que todo se esclarezca definitivamente.

En el juicio volverán a revivir lo que ocurrió aquella noche. Tendrán que volver a ver mil veces las caras de quienes han convertido sus vidas en tragedia, sin tener ningún derecho sobre ellos ni ninguna justificación. Alivio no, porque a partir de ahora, desgraciadamente, les queda lo peor. Su único consuelo al menos es que podrán dar digna sepultura a su madre, que tendrán un lugar recogido al que acudir a acompañarla, rezar y recordarla. Cuántos hay que no tienen ni eso.

Como Manuela Chavero, Francis forma parte de todos los que hemos estado atentos a sus trágicas historias. Saber que sus asesinos cumplen condena no alivia ni consuela, pero sí ayuda a creer en la justicia y a certificar que la maldad no puede quedar indemne.

Tracking Pixel Contents