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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XIV)

En muchas ocasiones, afortunadamente no en todas, el dinero es el motor de la Arqueología

Las investigaciones arqueológicas sobre un inmueble, cuando lo son de verdad, no finalizan nunca. Por eso, periódicamente, vamos teniendo nuevas informaciones. Unas veces son el resultado de obras de construcción o mantenimiento y, otras, de proyectos regulares y sistemáticos. Quiero decir, financiados de modo suficiente. En muchas ocasiones, afortunadamente no en todas, el dinero es el motor de la Arqueología.

Pero eso lo saben ustedes de sobra. Lo sorprendente es que algunos monumentos, como la mezquita mayor de Córdoba, haya permanecido más de cincuenta años muy largos sin proporcionarnos informaciones de relevancia. El edificio se cuidó, pero no fue sometido a nuevos procesos de análisis. Por eso, en la actualidad, cuando las pesquisas sobre la totalidad del inmueble se han reanudado con seriedad -ya hubo avances en los noventa del siglo XX- hemos comenzado a alcanzar unos niveles de conocimiento impensados antes. No se ha tratado solo de incorporar técnicos con una formación adecuada, también de renovar los métodos aplicados, saliendo de los exclusivos morfológicos. Los físicos, los químicos, los restauradores, se han sumado a los arquitectos y -perdonen la inmodestia- a los arqueólogos. Cuento esto porque podría pensarse que todo lo que les vengo describiendo es conocido desde siempre. Y no es así. Y, créanme, la aljama de Qurtuba, la capital del califato omeya occidental, es la madre de todos los corderos, en sentido arquitectónico, de Al-Ándalus. Pero, a la vez y por eso, el código donde quedaron plasmadas las normas usadas por aquellos poderosos príncipes de origen sirio. Vinieron como emigrantes circunstanciales y ya no salieron nunca de este Lejano Occidente.

Antes de entrar en otras disquisiciones. Esos monarcas reinaron, con mayor o menos acierto y poder, entre 756 y 1031. O sea, 275 años. Ahí es nada. A los aficionados a la historia de Badajoz debo comunicarles -no me gustan las ucronías- que sin aquéllos Batalyaws no hubiera existido nunca. Y la mezquita privada excavada en el alcázar de la Alcazaba no hubiera tenido sin el prototipo cordobés, a pesar de sus escuetas dimensiones, la forma que le descubrimos. La edificaron, seguramente, artífices cordobeses.

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