Opinión | Disidencias
Judas
La historia del mundo en cada una de sus manifestaciones -artísticas, filosóficas o sociales- siempre ha encontrado en el cristianismo su fuente más notable de inspiración
En el edificio de la ONU en Nueva York, se encuentra la Vidriera de Chagall, un monumento que, inspirado en los ideales de paz y fraternidad, fue realizado por el artista Marc Chagall y dedicado a la memoria de DagHammarskjold, secretario general que, junto a quince funcionarios del organismo internacional, que negociaban la paz en el Congo, murieron en un accidente de aviación en 1961. La obra está repleta de referencias bíblicas, entre ellas, el árbol del paraíso, un ángel en todo lo alto portando unas tablas parecidas a las que llevaba Moisés en el Sinaí con los Mandamientos de Dios y un hombre crucificado que representa el sufrimiento humano y la esperanza de paz en el mundo.
Cualquiera que haya ido a Venecia habrá visto en la plaza de San Marcos la escultura de bronce de un león alado, símbolo de la ciudad desde 1261 y que, en realidad, es el símbolo tradicional del evangelista San Marcos, Patrón de Venecia desde el año 828.
En el Museo del Hermitage de San Petersburgo, se ubica uno de los últimos cuadros pintados por Rembrant y que los expertos estiman que es un autorretrato de su propia alma y muestra con el singular estilo del pintor neerlandés una conmovedora escena que encontramos en el evangelio de Lucas 15: 11-20: la parábola del hijo pródigo. Y el núcleo del cuadro son las manos del padre recibiendo al hijo que regresa.
La historia del mundo en cada una de sus manifestaciones -artísticas, filosóficas o sociales- siempre ha encontrado en el cristianismo su fuente más notable de inspiración: desde la declaración de independencia de los Estados Unidos hasta el Cristo de Velázquez, pasando por la Biblia del Oso de Casidoro de Reina, la música de Bach o Haendel, Don Giovanni de Mozart, la Novena Sinfonía o la Missa Solemnis de Bethoven, el románico y su arquitectura, el Fausto de Goethe, el Quijote o los hermanos Karamazof de Dostoievski, la creación de las universidades o el espíritu de las democracias más arraigadas y tantas evidencias de una influencia cultural cristiana que ha ayudado a construir una civilización en lo más amplio de su expresión.
En su artículo 'Jesús ante los filósofos', publicado por Fernando Savater en El País Semanal (diciembre de 1999), indicaba que "lo que nunca -¡a través de tantos siglos!- puede olvidarse del todo es si los pensadores han protegido a Cristo por representar la divinización de lo humano o la humanización de Dios". No hacía falta recordar estas cosas porque hemos sido educados en esta cultura donde, como la vidriera en la ONU, todo se condensa en la paz y el amor que emana del mensaje que ofrece el cristianismo.
Tampoco, en ese sentido, deberían sorprendernos las numerosas e intensas referencias bíblicas de Rosalía en su disco 'LUX', el impacto social desatado por la película 'Los domingos', los multitudinarios conciertos de Hakuna o las expresiones de religiosidad y fe que se ven estos días previos a la celebración de la Pasión de Cristo. No se trata de religión. Ni siquiera se trata de postureos ideológicos o maniqueos ni, incluso, de las monsergas desde el ateísmo -hace falta ser arrogante para semejante osadía- o el agnosticismo -la prueba evidente del miedo del ser humano a la intrascendencia y la abrasadora nada-. Se trata simplemente de libertad, emociones y actitudes frente a la vida y lo intangible.
Por eso, todo lo anterior, todo lo que sabemos de la historia y la civilización, del progreso y la fe, se explican asistiendo, aunque sea como observador, cada 28 de febrero, a la parroquia de San Andrés en Badajoz, abarrotada de fieles que oran, se arrodillan y se entregan a San Judas. Si, Patrón de las causas imposibles pero, sobre todo, la prueba real de que la religiosidad y la fe es algo que congrega a cientos de jóvenes y mayores, hombres y mujeres, más o menos creyentes. Casi como me pasó a mí cuando por mi madre, ya a punto de morir y en coma, fui aquel 28 de octubre y me traje algunas estampas del Santo que deposité en la cabecera de su cama en el hospital. Murió días después, pero estoy seguro de que se fue reconfortada. Y a mí me reconfortó que ella, fiel al santo durante toda su vida, se fue a descansar en paz. Esta es la diferencia entre creer o pensar que solo somos despojos que se lleva la tormenta. La paradoja es que la fe complementa a la razón mientras que la increencia conduce a la locura.
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