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Opinión | La escotilla

Arqueólogo

La narración histórica

Los manuales históricos, las exposiciones de los museos, las unidades didácticas y los libros de texto, han de pasar de puntillas por los huecos o rellenarlos de la mejor manera posible, a veces con suposiciones

Los testimonios del pasado sobre los que se monta la narración de la historia, de cómo fue o podría haber sido, tienen un problema: son pocos, fragmentarios y discontinuos. Raramente son suficientes. Lo que se nos ha transmitido, lo que ha sobrevivido de épocas pasadas, son simples retazos de información, muchas veces inconexos, parciales y no siempre comprensibles. Algo así: si comparamos lo ocurrido en el pasado con un texto, lo que se nos ha conservado se parecería a esto: «------------d----------a---------------------u-----a-------e--- -- ----- ------ --- ----- u------lg--d----d--la-----n ---------- ---r-a a----u-» (etc.). Ni idea, ¿verdad?, y les aseguro que para este ejemplo he usado un texto bastante conocido, en realidad conocidísimo, al que le he quitado más de la mitad de las letras para que resultara incomprensible.

Con el pasado, sea históricamente reciente o arqueológicamente lejano, pasa lo mismo. Tenemos datos, realmente muchos datos, pero es muchísimo más lo que desconocemos de cualquier época, incluso de tiempos relativamente recientes, que lo que podemos aseverar con un grado aceptable de certeza. Hay miles de años de los que no sabemos nada de nada, zonas del planeta, incluso de este país, de los que se desconoce todo lo referente a su devenir pasado. Vacíos enormes, inmensos agujeros negros, pura y dura ignorancia. Es decir, ignoramos más de lo que sabemos. Resolver esta realidad, encontrar una explicación a los datos que ya tenemos, encontrar otros, descubrir los nexos que pueda haber o no entre ellos, poder formular una interpretación razonable de cuestiones que antes resultaban oscuras o inexplicables, es lo que sustenta y alimenta la investigación histórica, lo que hace que sea tan apasionante para quienes la practicamos. Pero dificulta sobremanera la difusión.

A los historiadores y estudiosos del pasado, en cualquiera de sus formas y disciplinas, la sociedad nos pide una narración continua de un hecho discontinuo (en el ejemplo anterior, algo así como «después de ‘d’ ocurrió ‘a’ y fue seguida por ‘uae’» etc., despreciando los vacíos que los separan). Esto no deja de ser una contradicción, en términos puramente lógicos, una imposibilidad. Se entiende que así sea, pues las narraciones continuas son comprensibles y las discontinuas, llenas de huecos e inseguridades, son difíciles, cuando no imposibles, de asimilar. Además, los historiadores, arqueólogos y otros profesionales del ramo no podemos decir continuamente que no sabemos, que ignoramos aquello sobre lo que se nos pregunta y que en principio formaría parte de nuestro campo de conocimiento. De ser así, con razón se nos cuestionaría, se nos pondría en solfa, se consideraría que de poco debemos valer si sabemos poco o nada de aquello a lo que nos dedicamos. Y no nos valdría eso de decir socráticamente que «solo sabemos que no sabemos nada», frase que resulta bastante presuntuosa y con matices de soberbia intelectual. O respondemos a las exigencias sociales o no estaría justificado ni nuestro salario ni nuestra existencia profesional.

Por ello, los manuales históricos, las exposiciones de los museos, las unidades didácticas y los libros de texto, han de pasar de puntillas por los huecos o rellenarlos de la mejor manera posible, a veces con suposiciones. Arman lo más parecido a un discurso continuo, con las mínimas fisuras posibles, algo que resulte comprensible, bastante más comprensible que el fragmento de texto que he utilizado como ejemplo. Ojo, esto no quiere decir que los historiadores y arqueólogos nos inventemos la historia, no es así. La exponemos de la mejor forma posible para transmitir lo que efectivamente se sabe. Los buenos historiadores, los buenos montadores de exposiciones, dejan claro los límites entre lo sabido y lo desconocido, introducen múltiples matices y prevenciones para que el lector o el espectador sepa y comprenda, entienda el alcance real del conocimiento.

El problema es que esta realidad, la existencia de enormes lagos de ignorancia sobre el pasado, deja mucho margen para que manipuladores o descerebrados varios introduzcan falsedades o cuestiones a-históricas con el fin de confundir a la gente. Son fáciles de detectar: sus textos y argumentaciones carecen de matices y de prevenciones, son consistentemente tajantes, no dejan margen para que el lector o espectador analice, comprenda y pueda discrepar si viene al caso, sólo permiten que se les dé la razón y se les haga caso solo a ellos. Además, sus invenciones y manipulaciones tienden a ser incoherentes con lo que sí se sabe con seguridad del pasado, son un apaño, un parche, un mal remiendo que suelen saltar a la vista de cualquier observador atento. Ojo, pues, avizor.

Para su información, el texto de arriba, completo, es el siguiente: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua» (etc.). Está claro que con los datos históricos que realmente tenemos, jamás podremos escribir El Quijote ni nada que se le parezca.

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