Opinión | En confianza
La puñetera calle
Sé que lo que voy a decir no es políticamente correcto. Pero creo que, desde que no se hace botellón en Badajoz, los chavales han perdido mucho de aprender a vivir con los demás
El otro día, charlando con unos colegas, me contaron una cosa que me hizo repensar algo que quiero contarte hoy, en confianza.
Resulta que el pasado viernes de Carnaval en Badajoz, cuando la plaza de San Francisco es un hervidero de gente arremolinada en torno a la final de murgas, alguien tuvo que salir por patas para que no le partieran la cara unos chavales con los que se topó. El motivo: llevar puesta una camiseta del Mérida. En 2026. Ahí es nada.
Estas cosas me preocupan, la verdad. Y creo que deberían preocuparte a ti también. A todos. Porque uno puede entender muchas cosas, pero ¿en serio, que por llevar la camiseta de un club rival unos chavales creen que es buena idea en un ambiente festivo de puro cachondeo y jolgorio agredir a alguien por su indumentaria?
Tontos ha habido siempre, eso lo sabemos. Pero a veces me parece que esto se nos está yendo de las manos. Y creo que tiene mucho que ver con algo que planteaba el otro día: la discusión como eje vertebrador de una sociedad democrática que sabe a convivir. Para que el debate se desarrolle de manera natural necesitamos un terreno de juego. Y ese lugar es la calle. La puñetera calle, que diría Juan Carlos Aragón. Porque, al margen de la familia y el colegio, la calle -la tribu- también educa.
Sé que idealizo el concepto 'la calle', pero es porque me he criado ahí, en esos tiempos en los que tus colegas llamaban al telefonillo por las tardes después del cole y le decían a tu madre: ¿Se puede bajar el Pache? Y bajabas.
En la calle aprendí a ecualizarme como individuo en sociedad. Porque la calle te ponía en tu sitio si se te iba la pinza. La calle Dos de mayo era el terreno de juego donde yo jugaba: a churro va, a mosca idem, a torito en alto, a 1, 2, 3 pollito inglés, al escondite, al conejo de la suerte o a los tres duros. Y en libertad, sin la atenta mirada de mis progenitores ni carteles de ‘prohibido jugar’.
En la calle me he llevado ostias, y le he dado por primera vez un pico a la chica que me gustaba. Aunque ella solo me quisiera como amigo, que la calle también te enseña eso, a veces de la manera más cruel que puedas imaginarte.
Ya en el instituto, en la calle también he hecho botellón, hasta hace relativamente poco, si te soy sincero. Ya no. Por edad y porque desde hace unos años, está prohibido hacerlo en Badajoz.
Esto y más cosas, me llevan a pensar que estamos perdiendo ese uso de la calle como lugar donde se construye la convivencia. Porque estos espacios nos los han ido quitando entre unos y otros. Y también porque hemos dejado que nos los quiten.
Y sé que lo que voy a decir no es políticamente correcto. Pero creo que, desde que no se hace botellón en Badajoz, los chavales han perdido mucho de eso: aprender a vivir con los demás. En libertad y a su rollo, sin la atenta mirada de adultos que se asustan si molestan. Y es que un joven que no molesta… ni es joven ni es nada. No hablo del alcohol. Hablo del espacio.
Porque los botellones serían lo que quieras, pero también eran un lugar donde nos reuníamos masivamente, donde te encontrabas con tus iguales, discutías, dabas putivueltas y te ponían en tu sitio. A veces con razón y otras veces sin ella. Como la vida misma.
Ahora, si quieres compartir espacio con tus amigos, o te vas a un parque a esconderte, o haces una fiesta en un piso, o te sientas en un bar y aflojas la gallina. Y no puede ser que aprender a convivir cueste dinero.
Y entonces, cuando llegan diez días de Carnaval en los que se puede beber en la calle, te vuelves turuleto, se te va la mano, te crees que esto es jauja y, por la falta de práctica, y el exceso, acabas haciendo idioteces como querer partirle la cara a alguien por la camiseta que lleva.
Ojo, que antes también había lío. Ese riesgo siempre ha estado ahí. Pero había códigos. Los fulleros iban de esquimales y sabías a dónde no acercarte. Ahora no hay códigos. Solo exceso. Y eso tiene mucho que ver con la pérdida del espacio público como lugar de encuentro, aprendizaje colectivo y convivencia en libertad. Con sus molestias, sí, que la vida no es perfecta.
A veces creo que de tanto querer proteger, regular y ordenar… Igual se nos está olvidando algo básico: que la calle no es solo para pasar, para ir a trabajar, para los turistas o para que los bares pongan sus veladores. Es para aprender a vivir. Y eso solo se aprende en la puñetera calle.
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