Opinión
Los poderosos
La política justa es aquella que asegura que sean fuertes el poder político y la sociedad civil de tal manera que ambos sean necesarios y estén equilibrados, ninguno ha de acabar imponiéndose sobre el otro
Cuenta la leyenda que, en tiempos de la República romana, allá por el siglo V a. C., el Senado le ofreció el poder, por segunda vez, a Lucio Quincio Cincinato para que salvara a Roma de la invasión de los ecuos y encontraron a este buen hombre arando en el campo. Él encarnó, en el pensamiento político romano, las virtudes del político, entre ellas el no ser adicto al poder y la falta de ambición personal, logrando ser un arquetipo de rectitud, de honradez y de integridad. Durante la Revolución estadounidense, Lucio Quincio Cincinato prestó su nombre a una sociedad de patriotas que consideraban que George Washington personificaba todas las bondades de ese patricio romano y dio nombre igualmente a una importante ciudad del estado de Ohio: Cincinnati. Rescato a este personaje histórico, que de algún modo podríamos relacionar con un político contemporáneo que también practicó la frugalidad rústica, como fue el uruguayo José Mujica, porque nos hace falta, la verdad. Es más, reconozco que me gustaría ver muchas más figuras políticas de esta guisa, con talla, tanto en una esfera internacional como nacional, capaces de tener esa altura de miras necesaria para mejorar su entorno y no generar pesadumbres.
Que el poder, ya sea político o económico, corrompe es algo que solemos afirmar a la ligera pero, a la vez, no sería justo determinar que todos los poderosos son corruptos o corruptores. Ahora bien, el poder es una pasión y, como tal, tiende a desbordarse. El poder y la pasión del poder alteran la perspectiva y el entendimiento, aunque el poderoso no se dé cuenta. La gente cambia cuando llega al poder; es lo que se llama 'el síndrome de la Moncloa', que popularizó la periodista Pilar Cernuda en un libro homónimo sobre cinco presidentes de Gobierno democráticos: Suárez, Calvo-Sotelo, González, Aznar y Zapatero. Según cuentan los expertos, el intoxicado por el poder se cree omnisciente, infalible e invulnerable, siguiendo el patrón del síndrome de hubris, definido por el médico y político británico David Owen, y según el cual muchas personas poderosas se contaminan de una arrogancia desafiante, de una ambición exagerada y de un ego sobredimensionado, hasta el punto de despreciar las opiniones de los demás, incluidos colaboradores cercanos, y dejarse llevar por excentricidades. De alguna manera, el peligro de la desmesura tiende a expandirse porque se carece de sistemas de frenada; se olvidan de que son mortales.
Esta obscenidad del poder tiene su manifestación más letal en la capacidad de hacer daño, de matar, y se refleja, en los últimos tiempos, con la llegada de Trump al poder. La guerra de Irán es el caso más evidente y su impúdica manera de ejercer el poder, avasalladora y destructiva, se podría extender a Cuba, su posible próxima conquista. Quizá lo preocupante no es que exista Trump, sino que haya gente que lo vote, que lo lleve por segunda vez a la Casa Blanca. Es algo que se puede extrapolar a otros dirigentes con discursos nacionalistas, de extrema derecha y con tendencias autoritarias: Milei en Argentina, Orbán en Hungría o Bukele en El Salvador. En España contamos con un Abascal que, en su tónica personalista y del «ordeno y mando», continúa con sus purgas internas, a quien ose hacerle frente.
Pensemos en el poder casi como si fuera un virus mental poderosísimo, que ataca no solo al poderoso sino también a muchos ciudadanos, que se sienten fascinados por las personalidades autoritarias. Esto tiene una explicación, según quienes saben de esto: hay individuos que, sin reconocerlo, tienen un temperamento inseguro, la libertad les asusta y requieren confiar en una persona fuerte y poderosa. Aceptan una servidumbre voluntaria que les tranquiliza. Solo así podemos concebir que el educado y correcto pueblo alemán claudicara a la tiranía nazi durante los años treinta del pasado siglo. Una parte del pueblo alemán temía la libertad, precisaba sentirse protegido por normas impuestas por la fuerza. Había bastantes sujetos que necesitaban certezas absolutas y a los que elegir les generaba angustia. Esa idea de servilismo, de sentirse miembros de un único rebaño con un pastor fuerte, parece que vuelve a repetirse, con los peligros que entraña.
Hay muchas formas de ejercer el poder y para que, quienes lo ostenten, lo hagan bien se han de conocer sus dinámicas y estar prevenidos para no sucumbir en tentaciones ni despropósitos. Hace unos años se publicó un interesante libro, titulado ‘El pasillo estrecho’ de Daron Acemoglu y James A. Robinson, cuyo planteamiento se puede resumir así: «para que la libertad surja y florezca, tanto el Estado como la sociedad deben ser fuertes». Es decir, la política justa es aquella que asegura que sean fuertes el poder político y la sociedad civil de tal manera que ambos sean necesarios y estén equilibrados, ninguno ha de acabar imponiéndose sobre el otro.
Regresando al comienzo de este artículo, Lucio Quincio Cincinato y José Mujica pueden ejemplificar una mirada diferente a la hora de ejercer el poder político, en contextos muy dispares. El personalismo, la ausencia de voces críticas y la falta de transparencia en el seno de las organizaciones, el autoritarismo, el «o conmigo o contra mí» o la polarización extrema (hasta el punto de llegar a aniquilar al adversario) son lastres que deben ser erradicados en la praxis política. Apostemos por buenos políticos que ejerzan el poder desde una óptica basada en el bien común, la justicia social, la humildad, la escucha activa, la empatía, la confianza, la responsabilidad, la coherencia y la veracidad.
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