Opinión | Cotidianidades
Sara Márquez, psiquiatra y empresaria
La Salud Mental sigue siendo una gran desconocida sobre la que se siguen teniendo algunos prejuicios, como si fuera un tabú, como algo que hay que esconder

Sara Márquez. / Diego Algaba Mansilla
Sara me cae bien desde antes de conocerla, desde antes de haber intercambiado alguna palabra con ella. Me cae bien desde que la veía subir las escaleras del Centro de Salud donde yo trabajo y ella se formaba, siempre iba con una bata blanca colgada del brazo camino de la segunda planta, la planta destinada a la Salud Mental. Ya desde entonces me daba buenas sensaciones.
Conozco a Sara desde que fue médico residente de psiquiatría. Luego la seguí viendo ocasionalmente, cuando visitaba el Centro de Salud por algún motivo profesional o personal. También he visto algún vídeo suyo en internet donde explica con un lenguaje entendible y una dicción clara, conceptos relacionados con la Salud Mental.
En la calle Jacobo Rodríguez Pereira, próxima a la estación de autobuses, antes del colegio de los Maristas, entre una carnicería y la tienda de comidas Sal y Pimienta y en el local donde antes pasaba consulta el equipo de Oftalmología de Sánchez Trancón, está situada la clínica de Sara. En la fachada se alternan con letras de diseño, como si estuviesen escritas por un amanuense con una cuidada caligrafía el nombre, Sara Márquez, y al lado,con letra más convencional: Salud Mental.
Quedé con ella un sábado por la mañana para que me enseñara su clínica, para que me hablara de la Salud Mental. Un tema del que se trata mucho y se sabe poco, aunque últimamente parece que la gente se ha empezado a interesar por ello, sobre todo después de la pandemia, también desde que algunas personas conocidas, algunos de ellos deportistas de élite, han hablado sin reparo sobre problemas mentales. A pesar de todo la Salud Mental sigue siendo una gran desconocida sobre la que se siguen teniendo algunos prejuicios, como si fuera un tabú, como algo que hay que esconder. Cuenta Sara que un paciente le dijo que si podía quitar el rótulo de la fachada en el que pone Salud Mental, para que la gente no identificara la clínica y los pacientes pudieran entrar con más libertad, sin mirar a los lados de reojo por si algún conocido los veía.
Ella dice que el letrero de Salud Mental es como una declaración de intenciones.
En el interior de la clínica predomina el color blanco y una luz suave, acogedora. De las paredes cuelgan algunos cuadros de colores más intensos, aunque sin romper la armonía, ni la calma del conjunto, óleos de paisaje, flores y naturaleza. La clínica en su conjunto es un espacio ordenado que provoca paz y sosiego. En casi todas las mesas hay jarrones con flores. También se respira la profesionalidad en los numerosos diplomas enmarcados: títulos y reconocimientos relacionados con la Salud Mental. Cuando entras en la clínica, a la izquierda, hay un pequeño mostrador, es el espacio destinado para las tareas administrativas desde donde se gestionan, entre otras cosas, las citas. A la derecha está la sala destinada al aparato de estimulación magnética transcraneal, pionero en Extremadura, según me cuenta es una técnica no invasiva que no requiere anestesia, ni cirugía. Es un aparato que utiliza pulsos magnéticos para estimular determinadas zonas del cerebro y se usa con resultados muy positivos en depresiones severas, ansiedad, algunas adicciones y también para el dolor crónico, este aparato es el único que existe en Extremadura.
Entramos en la consulta de Sara que sigue la línea relajada del resto de la clínica y que tiene las paredes decoradas, además de con diplomas enmarcados, un cuadro en una cartulina blanca, un dibujo realizado por uno de sus hijos, una flor dedicada a su madre.
He ido a ver a Sara con la idea de que hoy sea ella la que hable, aunque esté más acostumbrada a escuchar a los pacientes. Hoy lo importante son sus palabras, no las mías. Eso pensaba antes de entrar en su clínica, pero cuando salí de allí e iba andando camino de casa, tenía la sensación de que había hablado yo más que ella. Quizás porque es raro encontrar a alguien que sepa escuchar en silencio y con atención, con naturalidad, sin un solo gesto que haga pensar en una actitud forzada, mirando a los ojos, sonriendo cuando tiene que sonreír y poniéndose seria cuando la conversación lo requiere. Sara tiene el preciado don de la escucha, sabe cuándo intervenir, cuando callar y cómo y en qué tono emplear las palabras justas, palabras sin adornos ni florituras, no sé si esto lo da su profesión o su educación.
Le pregunto por qué se hizo psiquiatra, me cuenta que empezó trabajando de médico forense, fue ahí donde tuvo una primera aproximación a la psiquiatría. Le interesó y profundizó más en ella, así que se preparó el MIR con la intención de hacer la especialidad.
Le pregunto si para ser psiquiatra hay que estar en el mundo y seguir la actualidad. Le preguntó por Trump, si está loco. ¿Loco?, le dije loco a una psiquiatra y a mí mismo la palabra me retumbó en los oídos como un golpe, quizás aquel era el lugar menos apropiado para pronunciar la palabra loco, una palabra sin significado en una clínica de Salud Mental donde todos los comportamientos humanos tienen muchos matices, como para acotarlos en uno solo. Loco es una palabra seca, sin significado. La palabra loco suena como un golpe, como un exabrupto, ni siquiera suena bien aplicada a Trump. Ella salió del paso hablándome sobre el narcisismo, un narcisismo que en su justa medida puede ser necesario, sobre todo para un líder que tiene que transmitir seguridad en él mismo. El narcisismo, como todas las cosas, se convierte en problema cuando es excesivo.
Durante el tiempo que estuve hablando con Sara la palabra que más utilizó fue “humanización”. Hablaba de la humanización de la medicina, sobre todo de la psiquiatría.
A mí, que me gustan las palabras, la poesía me ha salvado alguna vez de la tristeza y de la soledad, le pregunto sobre el poder de la palabra, si las palabras son sanadoras ¿cómo sabe la palabra y el tono que tiene que emplear y cuándo?, dice que eso además de la intuición y de ir aprendiendo con la experiencia, se estudia. Se sabe cuándo hay que utilizar palabras que consuelen, palabras que estimulen, incluso discursos que incomoden.
Estuve en la clínica de Sara el sábado 7. Al día siguiente, 8 de marzo, era el día de la mujer. Iba a preguntarle sobre el día de la mujer pero callé, no lo hice, creo que era innecesario, Sara es una mujer joven, psiquiatra, emprendedora, empresaria, madre de tres niños, dirige una clínica donde trabajan diez personas y las diez son mujeres. Preguntarle sobre un día de la mujer en este contexto no tiene sentido, aquí se confirma que el día de la mujer son todos los días del año, no solo el ocho de marzo. El ejemplo tiene más fuerza y visibilidad que la más multitudinaria de las manifestaciones.
No sé cuánto tiempo estuve en la clínica de Sara, cuando me fui e iba caminando para casa pensaba en ella, en las cosas que tendría que haberla preguntado y no le pregunté, en todo las cosas que me había dejado en el tintero, en todo lo que me podría contar, probablemente necesitaría varios artículos para una mujer tan polifacética: psiquiatra, emprendedora, empresaria, madre, sé que también da charlas en colegios, y que en unos días iba a un congreso a Murcia, además pertenecía a varias asociaciones de psiquiatría que no memoricé, ni apunté para escribirlas aquí. (Se nota que uno solo es columnista, pero no periodista). Espero escribir más sobre ella. Este texto se titula 'Sara Márquez, psiquiatra y empresaria', aunque también se podría titular 'Sara Márquez, humanidad y sencillez'.
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