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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XXV)

Una ventana, disimulada por una tupida reja dorada, permitía al sultán asistir, sin ser visto

Todavía me queda mencionar el segundo piso del pasadizo de unión entre la aljama y el alcázar de Córdoba. Es uno de los elementos constructivos del edificio que, a pesar de conservarse apenas en uno de sus muñones, tiene una gran importancia a la hora de conocer la concepción del poder de los califas omeyas occidentales. La creación de un lenguaje político nuevo, mezclando elementos persas -siempre Irán- sasánidas y romanos orientales -quiero decir, bizantinos-, pasándolos por una estricta ideología musulmana sunní. Había sido un largo y difícil camino, iniciado en 756. Y en ese pasillo a doble altura se escenificó la destitución del último monarca de la dinastía, Hisham III, en 1031. Voy por partes.

Siempre se ha sabido de un segundo piso en el pasadizo, aunque, a falta de evidencias del hueco por donde penetraba al oratorio, había muchas dudas sobre las fechas de esa planta. Sí conocíamos de la presencia de dos habitaciones situadas sobre el espacio que hoy centra el ‘mihrab’. Comunican con la sala de oración mediante dos preciosas celosías de piedra. Una vez rebajados sus suelos -los arqueólogos del monumento son de primera- se ha podido comprender la estructura arquitectónica completa.

¿Qué función tenían? No es de extrañar la presencia de espacios semejantes en monumentos islámicos. Sin ir más lejos, como siempre, tenemos un paralelo en el palacio de Topkapi, de Estambul. Una ventana, disimulada por una tupida reja dorada, permitía al sultán asistir, sin ser visto, a las deliberaciones de los ministros en el ‘divan’ o sala de reunión, desde una habitación contigua y más elevada. Algo parecido debía ocurrir en Córdoba. Desde el cuarto en cuestión el monarca podía asistir a la oración y escuchar los sermones del ‘játib’ (=predicador) los días que él mismo no asistía al rezo común, pero quería hacer el propio sin los inconvenientes de aparecer en público. El protocolo de la corte obligaba, en ese caso, a mover a mucha gente -pajes, escoltas, capellanes, etc.- en detrimento de la intimidad del soberano. También le permitía recluirse en, por ejemplo, el mes de ramadán, para apartarse, sin descuidarlas, de sus obligaciones ordinarias. Las que debía atender como cabeza de todo.

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