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Opinión | Fragmentos de Badajoz

Badajoz

La procesión de sangre de la Soledad

Salía el Jueves Santo con el Santo Cristo de la Humildad y Paciencia y Nuestra Señora de la Soledad

Cristo de la Humildad y Paciencia.

Cristo de la Humildad y Paciencia. / Pedro Castellanos

En 1693 se firmó un acuerdo entra la cofradía y los frailes franciscanos del convento de San Gabriel extramuros, situado en el lugar llamado La Mañoca. Era un dato completamente desconocido hasta ahora. Una procesión de sangre era la que iba acompañada de «disciplinantes» que se azotaban, como vemos en la recreación de la fotografía, como ya ocurría con la Vera Cruz, aunque aquí no se cite expresamente.

El acuerdo dice lo siguiente: «Estando en la enfermería de frailes franciscanos descalzos de San Gabriel de esta ciudad, comparecieron el mayordomo y regidores de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad de esta ciudad, que se sirve en su ermita que está en la plazuela que llaman de Don Pedro de Fonseca, es a saber: Matías Barros, mayordomo, Francisco Hernández, Juan García Jaramillo, Benito Delgado, Diego López, Diego Salguero, Juan Núñez, Martín Sánchez y Bartolomé Jardinero, regidores de dicha cofradía, todos vecinos de esta ciudad. Y dijeron que deseando la mayor devoción de dicha imagen y que se ensalce la frecuencia y vigilancia de sus devotos, por dichos mayordomo y regidores, se hizo acuerdo. Y que salga de dicha ermita una procesión de sangre el día de Jueves Santo de cada un año, y que permanezca perpetuamente con la insignia del Santo Cristo de la Humildad [y Paciencia] que está en dicha ermita, y que ande las calles y sitios que se hará mención, y para su acompañamiento está tratado con el padre guardián y religiosos del convento de San Gabriel extramuros de esta ciudad, para asistir a la dicha procesión y a las demás funciones que se hará mención. Y para poderlo ejecutar, se dio petición por parte de dicha cofradía ante su ilustrísima el señor obispo de esta ciudad y obispado, pidiendo concediese su licencia para poder hacer dicha procesión y contrato con dicha comunidad de religiosos. Y por su señoría ilustrísima se concedió licencia para lo referido y que se otorgase la escritura necesaria como todo parece de dicho acuerdoy auto de su ilustrísima del tenor siguiente:

Haciendo de dichos auto y licencia de su ilustrísima, dichos otorgantes, mayordomo y regidores, por sí, y en nombre de los demás hermanos y regidores que son y fueren en delante de dicha cofradía, dijeron que han tratado y ajustado con el dicho guardián y religiosos de dicho convento de San Gabriel hayan de asistir con dicha cofradía a dicha procesión en la forma y manera siguiente. Que todos los días de Jueves Santo en la tarde, después de acabado el mandato en la Iglesia Catedral de esta ciudad, hayan de asistir dicha comunidad de religiosos a la ermita de Nuestra Señora de la Soledad, que es donde ha de salir la procesión de sangre que está acordado con todos los hermanos y demás devotos que asistieren a ella, acompañándola hasta volver a dicha ermita cantando el Miserere. Y se entiende que dicho acompañamiento, y lo que ha de andar dicha procesión, es desde dicha ermita a los conventos de monjas de Santa Ana, el de Santa Lucía, el de las Descalzas y San Onofre, consecutivos. Y se ha de pasar al convento de San Francisco observantes de esta ciudad. Y de allí al convento de monjas de Santa Catalina. Y de allí toda la calle y campo de San Juan [actual plaza de España] hasta la botica que llaman de Sandoval. Y ha de dar la vuelta y pasar la calle abajo que llaman de la Aduana [actual calle Arias Montano] hasta la plazuela de Don Pedro de Fonseca [actual plaza de la Soledad] y volver a entrar en dicha ermita, llevando por insignia en dicha procesión el Santo Cristo de la Humildad que está en dicha ermita y [a] Nuestra Señora de la Soledad.

Y, asimismo, ha de asistir en dicha ermita la comunidad de religiosos el día que se hicieren las honras de hermanos difuntos a los sufragios de misa cantada, vigilia y sermón.Y, asimismo, ha de asistir dicha comunidad de religiosos el día que se celebrase la fiesta de Nuestra Señora de la Soledad en su ermita, a la misa cantada y demás obsequios de dicha fiesta y sermón de ella.Y, asimismo, que dicha comunidad y su guardián, han de dar predicador a su satisfacción, para que predique los tres sermones del día de las honras el Jueves Santo, antes de salir la procesión y el día de la fiesta.Y, asimismo, que, por el padre guardián de dicha comunidad, se ha de señalar predicador para que en las Cuaresmas de cada un año predique en dicha ermita un sermón por la tarde en cada uno de los cinco domingos que se suele predicar, sin que sea obligación de la dicha comunidad asistir a dichos sermones.

Que por el trabajo y ocupación que ha de tener en lo referido de asistencia de dicha procesión, honras y fiesta, y por sus sermones y los de la Cuaresma, se le ha de dar por dicha cofradía en cada un año a dicho convento y comunidad de él, por vía de limosna, 700 reales de vellón, en tres pagas. La primera, el día que se hicieren las honras de hermanos, 200 reales. La segunda, el día de la fiesta de dicha cofradía, otros 200 reales. Y los 300 reales [restantes], que es la última de cada un año, después de hecha la procesión de sangre, el día de Pascua de Resurrección. Y estando presentes a lo contenido en esta escritura los dichos padres: fray Bartolomé del Pozuelo, lector de Teología y guardián del dicho convento; y el padre fray Sebastián de la Zarza, lector de Teología; el padre fray Diego del Montijo, predicador; y el padre fray Juan de Guadalupe, confesor y presidente; discretos de dicho convento, habiendo oído y entendido lo contenido en ella, dijeron que es cierto haberse tratado y conferido con el mayordomo y regidores de dicha cofradía lo contenido en esta escritura y que en cuanto a la condición de la asistencia de la procesión, solo se ha de entender en la forma que irá declarado en la manera siguiente:

Que el día del Jueves Santo en la tarde, después del mandato de la catedral de esta ciudad, asistirán en dicha ermita y a la dicha procesión de sangre que han de hacer sus cofrades, los religiosos que el padre provincial mandare vengan, como músicos para ella, con los que el padre guardián pudiere de nombrar de su comunidad y de la enfermería, porque no se haga falta a los oficios divinos y solemnidad de su convento de San Gabriel que se ha de hacer, así otras con aquel número que pide tan gran festividad. Y a dichos músicos y agregados asistirá como cabeza, el padre presidente de dicho convento.

Y dichos otorgantes, por sí, y en nombre de los demás religiosos que de presente son y en adelante fueren de dicho convento, con la forma acostumbrada, a son de campana, a tratar y conferir lo aquí capitulado y tener permiso verbal del padre provincial para aceptar este contrato y obligarse a las asistencias que van referidas, porque se obligan y a la comunidad de dicho convento que de presente es y en adelante fueren y que asistirá la comunidad de dichos religiosos a las honras y fiesta de dicha cofradía y ha de ir en cada función de los referidos sermón y en la Cuaresma los cinco domingos de ella, como va declarado en cada un año perpetuamente, sin más interés que de los 700 reales de vellón, que por vía de limosna se la ha ofrecido a dicha comunidad por el mayordomo y regidores de dicha cofradía, los cuales le han de pagar en cada un año a los plazos y pagas que van declarados. Y, asimismo, ha de ir a cargo de dicha comunidad, el decir misa cantada el día de las honras y el día de la fiesta de dicha cofradía en dicha ermita».

Previo a este convenio, la cofradía había celebrado un cabildo en la sacristía de la ermita de la Soledad el 1 de agosto de 1693, para acordar que se hiciese la procesión de sangre el Jueves Santo de forma perpetua, haciendo el recorrido citado con el Cristo de la Paciencia y la Virgen de la Soledad, «con toda decencia y solemnidad que sea posible». Se concedía la licencia por un auto firmado por el obispo Juan Marín de Rodezno en ese año 1693, pero sería para realizarse a partir de la Semana Santa de 1694. Ese Cristo de la Humildad sería el amarrado a la columna que hoy conocemos, que ya atribuí en 2007 al taller del escultor sevillano Pedro Roldán, que ya existiría en 1693. Es una imagen de gran valor artístico, de primer nivel, magníficamente recuperada por Ricardo Kantowitz. El recorrido no ha cambiado mucho desde entonces, pues era costumbre que la procesión bajase hacia el convento de Santa Ana hasta hace pocos años. Se hizo un nuevo acuerdo con los frailes en 1720. La cofradía se comprometía a celebrar anualmente las funciones de la Soledad Gloriosa de Nuestra Señora, las honras, los funerales por los hermanos difuntos y la procesión de los «azotes de Nuestro Redentor Jesucristo» el Jueves Santo. Por cada una de esas funciones se les pagarían 100 reales a los frailes que predicasen. El mayordomo de la cofradía, junto a algunos regidores, acudirían al convento para encargarle el sermón un mes antes de las fiestas. Si no se cumpliese, la cofradía sería multada con media libra de cera blanca. Se citaba que la cofradía se encontraba en una situación de extrema pobreza, por lo corto de sus rentas y las pocas limosnas de los petitorios que eran para el culto diario de la Virgen de la Soledad. En 1777 quedaron prohibidas las procesiones de sangre por el rey Carlos III, «no permitiéndose disciplinantes, empalados, ni otros espectáculos parecidos, que no servían de edificación, resultaban indecentes y provocaban el desorden de las procesiones de Semana Santa».

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