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Opinión | Cotidianidades

Badajoz

Érase una vez el campo de la Federación

Yo también miraba desde la ventana del Centro de Salud la pala de la máquina amarilla y veía a Manolo el Gordo, a Gabardino, a Juan Carlos Blasco, a Juano, a Gene, a Pepe, a Magariños a todos esos muchachos que corrían detrás de un balón, detrás de un sueño

"La Federación era un campo de tierra, donde entrenábamos los días de diario y jugábamos los domingos los futbolistas del Flecha Negra".

"La Federación era un campo de tierra, donde entrenábamos los días de diario y jugábamos los domingos los futbolistas del Flecha Negra". / LA CRÓNICA DE BADAJOZ

Estoy en casa. Bajo a la calle. Veo cerca de la puerta de mi bloque un cartel pegado en la pared anunciado el circo. Un cartel de colores vivos, como fuego, como el anuncio de una bebida energética, esa que decían que daban alas y según los expertos lo que provoca son taquicardias si tomas más de la cuenta.

En el portal hay pegado un cartel del Circo Encantado como si necesitaran darse a conocer con todo lo que se ha hablado de ellos, como si hubiera alguien en la ciudad que no lo conociera con la publicidad que ha generado el ayuntamiento con el que ha tenido una relación tormentosa. El ayuntamiento pacense ha hecho cumplir la normativa de seguridad, quizás sean medidas impopulares, pero hace bien con obligar a que se respeten las normas, ya que nunca pasa nada, pero puede pasar y puede que haya víctimas, entonces es cuando se lía gorda, cuando se mezclan la tristeza, la indignación y la búsqueda de responsabilidades. Las reglas de seguridad están diseñadas para evitar accidentes, para respetarlas por estrictas que sean.

El circo está ahora en las traseras de Condes de Barcelona, en ese espacio de tierra donde habitualmente campan a sus anchas los perros, y que también sirve como aparcamiento de coches. El circo se levanta en un amplio llano con sus techos cónicos propios de los diseños circenses. Lonas dibujadas con franjas de color blancas y negras como si fuera un guiño a Badajoz exhibiendo los colores blanquinegro. En medio del terreno se erige un conjunto hermoso y espacioso que le da forma a un recinto rodeado de potentes camiones. En este espacio el circo luce más que en el aparcamiento que está frente a Clideba donde se encontraba encajonado y donde se instaló por primera vez. El domingo por la mañana pasé por allí y vi una cola larga de personas, no sé si para asistir a alguna función matinal o para comprar las entradas para el espectáculo vespertino. El Circo Encantado está triunfando en la ciudad, tanto es así que van a prolongar su estancia. Después de las dificultades que han tenido para arrancar parece que van a tener también dificultades para acabar.

Enfrente del circo veo las máquinas excavadoras que están derribando lo que quedaba del campo de fútbol José Pache. Un estadio que para mí será siempre el campo de la Federación, que es como lo conocemos los de mi generación, los que estábamos relacionados con el fútbol. En ese campo se formaron como futbolistas jugadores de primera división como Manolo Agujetas que lo fichó el Atlético de Madrid, Job que fue al Español, Adolfo en el Logroñés, Paco Alegre, uno de los mejores centrocampistas que ha jugado en el Badajoz, dando tardes de gloria a los blanquinegros y su afición, cuando el Badajoz era el Badajoz.

El campo de fútbol de la Federación estaba en mitad de la nada, lo más cercano que había por allí era el cementerio viejo.

El Centro de Salud donde trabajo está enfrente de lo que queda del campo de fútbol de la Federación. Hoy veo con nostalgia cómo las máquinas derriban los escasos trozos de muros que se sostienen en pie pintados con grafitis de vivos colores, ya sin gradas ni porterías. La Federación era un campo de tierra, donde entrenábamos los días de diario y jugábamos los domingos los futbolistas del Flecha Negra. Un campo de tierra impregnada con el sudor de jugadores que nos esforzábamos en cada entrenamiento y en cada partido para jugar en una categoría superior, porque entonces no queríamos tener otro oficio y ser como luego fuimos y fueron algunos: maestros, ingenieros, médicos, albañiles, funcionarios, periodistas, escritores, empresarios, taxistas, barrenderos, camioneros, por aquellos años todos soñábamos con ser futbolistas, llegar a equipos grandes, no por la fama, ni por el dinero, solo por el placer de jugar al fútbol. Únicamente unos pocos lo consiguieron, además de los ya mencionados recuerdo a Rodri, Macarro, Sancho, Edu, Martínez, Satu…

Íbamos a entrenar a las órdenes de Manolo el Gordo, Jesús Garica, Antonio el Feo, Antonio el celador, entrenadores que dirigían los entrenamientos con más entusiasmo, intuición e ilusión que conocimiento, aunque esas ganas y constancia también llevaban a la sabiduría. También estaba por allí el presidente Paco Robles. Por aquellos entonces los padres no iban a los entrenamientos, y muy pocos a vernos jugar los partidos a pesar de que el Flecha Negra estaba en categoría nacional y era uno de los mejores equipos de Extremadura. Entrenábamos después de las clases del instituto que eran de mañana y tarde, algunos ya por entonces con 16, 17 años trabajaban e iban después del trabajo. Después del entrenamiento nos duchamos en ese espacio que luego fue refugio de muchos sin techos. Después de la ducha, algunas veces se hacía de noche, íbamos corriendo campo a través hasta llegar a casa para hacer los trabajos y los estudios que nos habían mandado en el instituto.

Salgo a la puerta del Centro de Salud y veo cómo una máquina amarilla se mueve dentro del antiguo estadio de la Federación derribando con una pala lo poco que queda, la parte alta donde vivía Sonia con su pareja desde hacía 7 años, peleando con sus adicciones y sus desintoxicaciones. En aquel espacio que utilizábamos los futbolistas como vestuario vivió Pepe, un hombre bajito de unos 50 años que frecuentaba los bares de Condes de Barcelona, siempre llevaba un pañuelo atado a la cabeza como si fuera un pirata, alguna vez lo vi durmiendo en uno de los bancos de Condes de Barcelona. Un día lo encontraron muerto en uno de los vestuarios. Recuerdo también cuando uno de los que vivía allí, prendió fuego donde dormían dos sintecho, a uno de ellos, Águedo, lo tuvieron que trasladar a la unidad de quemados de Getafe. Después de aquello, veía a Águedo por la zona de la estación de autobuses aparcando coches para pagar las dosis de heroína, cada vez más delgado y deteriorado. Hace tiempo que no lo veo. Hoy creo que en el estadio, ya derribado, solo quedaban Sonia y su pareja sentados en el campo viendo cómo las máquinas tiraban lo que ellos habían creído que era su casa y donde estuvieron viviendo y malviviendo durante 7 años.

Yo también miraba desde la ventana del Centro de Salud la pala de la máquina amarilla y veía a Manolo el Gordo, a Gabardino, a Juan Carlos Blasco, a Juano, a Gene, a Pepe, a Magariños a todos esos muchachos que corrían detrás de un balón, detrás de un sueño.

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