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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XVI)

Los personajes investidos con la suprema dignidad no consiguieron alcanzar unanimidad en la adhesión de las facciones del califato

Me queda aclarar un punto, ya lo advertí, en relación con el puente de comunicación entre el alcázar y la mezquita mayor cordobesa. Se trata, en definitiva, de perfilar la figura de los califas andalusíes, porque no todos fueron importantes ni poderosos. A partir de la primera destitución -lo hicieron, en distintos momentos, dos veces- de al-Hisham II (1010) los personajes investidos con la suprema dignidad no consiguieron alcanzar unanimidad en la adhesión de las facciones del califato. En resumen, de los grupos oligárquicos.

Y algunos de los efímeros monarcas que se sucedieron, con apoyos de unos y otros, distaban mucho de poseer la categoría exigida. Varios fueron francamente deficientes. Llegó un momento en que los candidatos de la familia omeya, la única con capacidad legal para ostentar el título califal, se contaban con los dedos de la mano.

Y sobraban dedos. Total, los magnates, quienes eran realmente el soporte del poder, arrestaron al último titular, que carecía de todo menos del rango. Era al-Hisham III. Lo detuvieron (1031) y lo encerraron en la aljama, acompañado de una hija pequeña. Al decir de las crónicas árabes, la niña tiritaba de frío y el padre, en la angustia por su futuro inmediato, la arropó con las amplias mangas de su caftán. Interesante referencia para la historia de la moda.

Pues bien, esta escena tan dramática tendría un escenario incierto si no fuera por los últimos descubrimientos arqueológicos en el interior de la mezquita y, en concreto, en el extremo superior del pasillo en cuestión. No parece probable la reclusión del desdichado príncipe en un rincón cualquiera del oratorio. El espacio, como podemos comprobar, era demasiado diáfano y sin compartimentar. Y la 'maqsura' o área destinada al rezo del monarca, demasiado endeble. Sólo consistía en una cerca de madera.

Quedaban pocas posibilidades y la más lógica y plausible era la de las dos estancias ubicadas sobre el 'mihrab'. Allí fue depuesto el último vástago de la gran dinastía siria. La primera y auténtica detentadora del 'imamato', o sea, del poder religioso y del político, emanados ambos de la persona de Muhammad. Por su condición de enviado de la divinidad. Una hipótesis arqueológica.

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