Opinión | EL EMBARCADERO
Una vida truncada
Te prohíben morirte, tomar una decisión con lo único que te queda, que es tuyo de verdad: tu cuerpo y tu voluntad para poner fin a tu existencia
La primavera, el sol y las buenas temperaturas han llegado en las últimas semanas para inundarnos de vitalidad, lo que se traduce en ganas de salir a la calle, de compartir momentos, de pasarlo bien con nuestra familia y amigos; en definitiva, de dejarse llevar por unas tremendas ganas de vivir. Casi todo el mundo quiere ser impelido por esa energía positiva, a pesar de la guerra en Irán, del alza de precios, de la incertidumbre por el futuro… Mucho más ahora, estos días, cuando la mayoría disfrutamos de unas jornadas de vacaciones, ideales para desconectar en la playa, en la montaña, en la ciudad o en casa. Los jóvenes son quienes, estoy seguro, más lo saben aprovechar. En ellos se perciben mejor esas irrefrenables ganas de disfrutar, de reír, de soñar, de amar… Unos jóvenes que el pasado jueves por la tarde-noche celebraron en el recinto ferial de Badajoz su fiesta de la primavera, donde se dieron cita música, amigos, buen ambiente, vacaciones a la vista… Un plan perfecto. Esa misma tarde, del 26 de marzo, una joven catalana de veinticinco años, a la que se podría figurar ese día en un escenario así, animado y jocoso, cumplió su voluntad de morirse para dejar de sufrir. Paradojas de este mundo, en ocasiones tan cruel.
Noelia Castillo Ramos recibió la eutanasia tras dos años de batalla judicial. Así lo decidió ella y lo corroboró la justicia después de que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos hubiese rechazado paralizarla, como reclamó su padre. Muchos se posicionaron de nuevo, como si fuera un partido de fútbol. Volvía a haber dos bandos: a favor y en contra de la eutanasia de Noelia. Opinadores de un lado y de otro la convirtieron en un trofeo de la guerra partidista. Sin embargo, ¿cómo puede tener alguien certezas, juicios tajantes o verdades absolutas en una historia personal tan tremenda? ¿Hay algo que nosotros podamos recriminar a Noelia? No sentimos su pena, su desamparo y su hastío; no padecemos una paraplejia que nos provoca fuertes dolores; no hemos sido víctimas de una agresión sexual múltiple. Y no nos hemos arrojado de una ventana de un quinto piso para intentar quitarnos la vida. Así que quizá, llegado el momento, solo podamos respetar su decisión.
Quienes creen que no se ha procedido bien, al aplicársele la eutanasia, un derecho garantizado por ley en España desde 2021, deberían hacérselo mirar y realizar un simple ejercicio empático. Imagínate que, en tu adolescencia, te sacan de tu casa para vivir en un centro de menores porque tu hogar está desestructurado y tus padres, separados, no se encargan de ti como deberían. Imagínate que sufres abusos y agresiones sexuales, incluida una violación múltiple en 2022 que no llegas a denunciar y que te deja heridas de por vida, con una situación ya compleja, en cuanto a tu propia salud mental. Imagínate que la vida te duele tanto que, a los pocos días de esa violación y tras varios intentos de suicidio, te arrojas desde un quinto piso para morir, pero tienes tan mala suerte que despiertas parapléjica y con graves secuelas físicas y psíquicas. Imagínate que pides morir y la justicia te da la razón pero tu padre, ese señor que nunca te ha cuidado como debería haberlo hecho, paraliza la sentencia en una causa judicial liderada por la organización ultracatólica Abogados Cristianos. Hay que imaginarse todo esto y que un montón de desconocidos (en los medios de comunicación, en redes sociales…) te digan que no tienes derecho a morirte, que tu dolor y tu sufrimiento les dan igual, que la solución, para ellos, es que te empastilles o te drogues y a seguir… hasta que el cuerpo aguante. Te prohíben morirte, tomar una decisión con lo único que te queda, que es tuyo de verdad: tu cuerpo y tu voluntad para poner fin a tu existencia.
La vida no se portó nada bien con Noelia; la suya fue una vida truncada, como otras que no conocemos, que pasan desapercibidas. Lo cierto es que si hay algo que también deberíamos poner sobre la mesa es que parte de su sufrimiento se deriva de un fracaso colectivo. Le hemos fallado, sí, por no haberla protegido a tiempo, por haber dejado que esta situación de vulnerabilidad marcase su adolescencia, cuando deambulaba por centros de menores; por no haberla ayudado a superar esa terrible violación, o por no haber detectado su problema de salud mental cuando todavía tenía ganas de vivir. No obstante, este argumento no puede obviar la crueldad que suponía obligarla a quedarse en este mundo cuando ella sentía que su día a día era un infierno. ¿Quiénes somos nosotros para privar de conciencia e infantilizar a una mujer adulta cuya eutanasia ha sido evaluada y avalada por diferentes profesionales? Me asaltan más preguntas: ¿Por qué no somos capaces de aceptar su decisión, aunque no estemos de acuerdo? ¿Por qué ponemos nuestros valores e ideología por encima del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, del Supremo, del Constitucional o del Tribunal Europeo de Derechos Humanos?
A pesar de todo, no podemos olvidarnos tampoco del evidente dolor de su familia ante tal trance, el que tu hija se quiera quitar la vida porque ya no puede más, y el proceso de negación, pena, incomprensión… Al conocer este caso, creo que a todos nos sobrecogieron las mismas reflexiones: no puede ser que alguien tan joven, con toda la vida por delante, quiera morirse; no puede ser que no la hayamos ayudado a tiempo; no puede ser que no encuentre la forma de agarrarse a la vida. Más tarde, como tal vez le habrá ocurrido a usted, cambiamos de opinión y llegamos a esta conclusión: «Me da mucha pena y dolor humano, pero respeto su decisión». Y es ahí, en el respeto, donde empieza todo. Porque no somos nadie para decidir el futuro de otras personas. Si no te gusta la ley de eutanasia, muy garantista, por cierto, no te la apliques, ni a ti ni a tu entorno; igual que la ley del aborto, por poner otro ejemplo de normativa que suscita controversia. Dejemos de imponer a la gente lo que tiene que hacer con su vida.
La pobre Noelia ya se fue, descansó, pero no la dejan en paz, ni en redes sociales ni desde algunos gobiernos extranjeros.La Administración estadounidense ha solicitado que se investigue la eutanasia aplicada a esta joven española, como si no tuviera suficiente con la guerra que ha desencadenado Trump en Irán, con sus bandazos en política exterior… Estados Unidos no tiene que darnos lecciones de nada, mucho menos en materia de derechos humanos, con un país como el suyo, en el que miles de personas carecen de un seguro médico y pueden llegar a morir sin asistencia sanitaria. Mientras que Trump y sus secuaces meten las narices en este asunto, quizá para desviar la atención de la guerra, hay quien homenajea a Noelia empleando el arte. Un artista urbano, Nauni Moreno, ha elaborado en El Ejido (Almería) un mural con la cara de Noelia y una frase que nos invita a pensar: «El derecho a poder decidir». Hasta siempre, Noelia. Vuela alto, pequeña.
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