Opinión | EL CHINERO

Directora de La Crónica de Badajoz
Microbotellones
Las razones para prohibirlo se obvian en Carnaval, Los Palomos y en la Feria de San Juan

Participantes en la última Fiesta de la Primavera, junto a Lusiberia. / S. GARCÍA
Hasta 2020, que sufrimos la pandemia, el botellón era una práctica permitida y extendida entre los jóvenes, sobre todo los fines de semana (viernes y sábados) y las vísperas de festivos. Los botellones no solo eran la excusa para emborracharse. Eran lugares de encuentro, más o menos multitudinarios en función de la población de cada localidad. En el caso de Badajoz, lo eran, y han condicionado el ocio de la última generación de jóvenes, los anteriores a los que ahora son adolescentes, para quienes salir de marcha era quedar en el botellón, no siempre para consumir alcohol, aunque sí era lo habitual. El botellón era la forma de reunirse y sigue siéndolo en fiestas puntuales en las que aún está permitido.
Todo cambió cuando a instancias del Gobierno regional la Asamblea de Extremadura aprobó en 2003 la Ley de Convivencia y Ocio, conocida como «antibotellón», que prohibió consumir alcohol en la calle, si bien dio a los ayuntamientos la potestad de elegir lugares en los que estaría permitido. El de Badajoz designó tres: el entorno del campo de fútbol del Nuevo Vivero, el paseo Fluvial y el recinto ferial de Caya. Mientras se mantuvo esta autorización, hubo continuas polémicas por las molestias que lleva aparejado, por el ruido y la suciedad que acumula. En 2016 el ayuntamiento cambió de idea y decidió autorizar una sola ubicación para que los jóvenes pudieran seguir concentrándose con su música sobre ruedas y sus bolsas cargadas de botellas de alcohol, refrescos y vasos de plástico. Eligió el Nuevo Vivero.
El botellón, sin embargo, tenía los días contados, por motivos que jamás la humanidad habría imaginado. Llegó la pandemia y el de Badajoz fue uno de los primeros ayuntamientos en prohibir esta práctica. Lo hizo en marzo de 2020 mediante un decreto de alcaldía.Desde aquel momento, no se ha vuelto a permitir beber en la calle, en ningún espacio. La última vez que se preguntó al equipo de gobierno si se volvería autorizar, insistió en que los botellones están prohibidos por la ordenanza municipal de convivencia, por motivos que tienen que ver con la protección de la salud de los jóvenes y con el descanso a los vecinos.
Motivos que no se tienen en cuenta por obra y gracia de la proyección de la ciudad en celebraciones multitudinarias en las que los límites desaparecen y también las causas que llevaron a tomar una decisión que no ha tenido marcha atrás, aunque hayan pasado más de 6 años desde la pandemia. Badajoz permite el botellón y que se convierta en macrobotellón en Carnaval, en Los Palomos, en la Feria de San Juan o en la Fiesta de la Primavera. Eso sí, en espacios concretos, pero con las mismas consecuencias nocivas que antes de la prohibición: tanto para la salud de los jóvenes como en materia de limpieza y de ruido. En estas fechas se olvidan las razones que llevaron a limitarlo y aunque haya prácticamente desaparecido de la agenda del debate de la opinión pública, todavía hay quien se pregunta por qué no se permite a los jóvenes que vuelvan a reunirse en algún espacio al aire libre, como opción de ocio, siempre con control del consumo de alcohol por parte de menores.
La nueva generación de adolescentes ha dado por buena la prohibición y se conforma con participar en los macrobotellones de fiestas señaladas. Cuando han eludido la prohibición, la Policía Local los ha vigilado tan de cerca que prácticamente los ha convertido en reductos. Pero de todos es sabido que prohibir no conlleva eliminar y quienes relacionan ocio con consumo de alcohol siguen haciéndolo: mayores y menores de edad. Ya no lo hacen como grupos numerosos. Ahora se reúnen en casas particulares cuando los padres no están, o en pisos de alquiler para estudiantes. El que pueda hacerlo. Son microbotellones bajo techo.
No es lo mismo. Las relaciones sociales de la calle no están limitadas a las que caben en una sala de estar o a unos pocos bares especializados en la generación Alfa. Quizá sea el momento de reabrir el debate sobre el ocio nocturno de los jóvenes, para que tengan su sitio en esta ciudad, que también es suya y cuyo futuro les pertenece.
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