Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XXVII)

Lo que sabemos es que aquellos personajes llevaban una vida privada muy poco libre, sujetos siempre a la seguridad y al protocolo

No sé si he conseguido transmitir la idea de que lo sabido de aquellos poderosos monarcas andalusíes, dueños absolutos de gran parte del Magrib al-Aqsa (= Lejano Oeste), es bastante limitada y se nos presenta como muy estereotipada y manchada de tópicos. La historiografía les ha otorgado unas personalidades, unos perfiles humanos, bastante arbitrarios. Si capitanearon muchas campañas, eran enérgicos, duros, y, por extensión, poco intelectuales. Si crearon una gran biblioteca eran, por el contrario, dados a la lectura y poco amigos de conducir ejércitos. Y si se les impidió gobernar fue porque eran débiles y estaban entregados a la buena vida. No parece un modo inteligente y equilibrado de juzgarlos. Primero, sus únicos y escuetos retratos escritos se los debemos en gran parte a cronistas posteriores, no siempre simpatizantes suyos, pese a no haberlos conocido en persona. Y, además, olvidamos las cambiantes circunstancias por las que llegaron al poder, se mantuvieron en él, lo administraron y, finalmente, lo transmitieron.

Ni Abd al-Rahman III hubo de ser necesariamente ajeno a las actividades intelectuales, ni al-Hakam II, ya mayor en el momento de ascender a la máxima magistratura, poco dispuesto por carácter a emprender expediciones militares. ¿Quién se sentiría con ganas, ya sexagenario, a ponerse al frente de sus tropas, en las condiciones del momento, y marchar desde Córdoba a Barcelona, Pamplona o Santiago de Compostela, con vuelta, teniendo generales experimentados y fieles a quienes encargar la tarea? Lo que sabemos es que aquellos personajes llevaban una vida privada muy poco libre, sujetos siempre a la seguridad y al protocolo. Y en ese estrecho margen daban salida a sus gustos, ni sencillos ni necesariamente modestos. Arbitrarios y crueles, a veces. Me refiero a gentes del siglo X. ¿No ocurre lo mismo con los jerifaltes de nuestro tiempo?

La Arqueología puede ayudarnos a perfilar ciertos rasgos, analizando los vestigios materiales por elevación. Los califas de Occidente fueron musulmanes convencidos. No sé si fervientes. De un modo u otro hubieron de aparentarlo, porque su poder dependía de comportarse como dignos príncipes de la comunidad de los creyentes. Al-Hisham II lo perdió todo por una torpeza: declarar heredero a un advenedizo ajeno a la familia del profeta Muhammad.

Tracking Pixel Contents