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Opinión | Disidencias

Periodista

Respeto

El respeto asume una ética de la empatía: respetar no es aprobar todo, sino intentar comprender antes de juzgar

El reciente partido de fútbol entre España y Egipto, con pitidos al himno egipcio y cánticos racistas, xenófobos y contra, por ejemplo, la libertad religiosa y alguna que otra conducta que rozara el delito de odio ha suscitado un remolino de opiniones muy propio de este mundo raro y de esta España polarizada donde cada vez se lee menos y se chilla más. Los opinadores -del régimen y los espontáneos- se han apresurado a hablar de respeto, olvidando la de veces que ese mismo respeto ha faltado en la Copa del Rey, por equipos de fútbol y aficiones vascas y catalanas y por alguna izquierda iletrada o évoles de medio pelo, capaces de compartir mesa y mantel con tipos como Otegui. Hablando de Arnaldo, ya saben que se ha ido a un juzgado a denunciar amenazas de muerte -siempre condenables- que no dejaría de ser justicia poética si no fuera por el daño que éste sujeto y sus correligionarios siguen repartiendo a la sociedad española, a la que, por obra y gracia de ya saben quién, parece que nos tienen cogida la medida y, ahí están, empoderados, sacando a sus asesinos de las cárceles y otorgándoles las debidas prebendas y homenajes.

Un sujeto de estas características reclamando justicia y respeto da tanto asco como miedo. De esta memoria histórica no habla nadie (cientos de asesinados, miles de víctimas, secuestrados, extorsionados, exiliados y varios centenares de crímenes sin resolver porque ninguna intención tienen de dar pistas), pero ya se han apresurado a nombrar a uno que fue juez estrella y condenado a dejar de serlo para que dirija, ojo a la denominación, una insultante Comisión de la Verdad. ¿Pero de qué verdad están hablando: de la de ellos, de la de sus víctimas, de la de todos, de la verdad que enfrentó a unos españoles contra otros o de la verdad de quienes convertidos en banda se enfrentaron a todo un país, con más asesinatos en democracia que durante el franquismo? He aquí, otro, otros poco respetables ciudadanos que demandan respeto, pero discrecionalmente, que eso de generalizar es de pobres o de tontos o de fachas.

El respeto es una de esas palabras que parecen sencillas hasta que se intenta definir con rigor. En la vida cotidiana suele entenderse como cortesía, educación o tolerancia, pero en realidad remite a algo mucho más profundo: el reconocimiento de la dignidad del otro. En una época marcada por la aceleración tecnológica, la polarización política y la exposición constante en redes sociales, el respeto se ha convertido en una necesidad ética de primer orden. No basta con invocarlo como valor abstracto. Kant formuló una de las ideas más influyentes sobre este tema: debemos tratar a la humanidad, tanto en nuestra propia persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio. Esta afirmación cambia por completo la comprensión del respeto. No se trata de un gesto exterior ni de una norma de buena convivencia solamente, sino de un principio moral que prohíbe reducir a la persona a instrumento, objeto o recurso.

Respetar es reconocer que cada ser humano posee un valor intrínseco, no dependiente de su utilidad, su poder o su éxito. El respeto actúa como límite moral y como afirmación de humanidad. Martin Buber, en 'Yo y Tú', propuso una distinción decisiva entre las relaciones "Yo-Eso" y las relaciones "Yo-Tú". En la primera, el otro se convierte en objeto de uso, análisis o dominio; en la segunda, el otro aparece como presencia irreductible. Buber resume esta visión con una fórmula célebre: "Toda vida verdadera es encuentro".La autenticidad humana nace cuando dejamos de ver al otro como cosa y comenzamos a reconocerlo como interlocutor. El respeto, entonces, no es mera tolerancia pasiva, sino apertura real al diálogo. No se respeta al otro solo cuando coincide con nosotros, sino precisamente cuando su diferencia nos obliga a salir de nuestra propia perspectiva.

Hasta no hace mucho, organizaba la convivencia social: respetábamos al padre, a la madre, al maestro, al médico, al policía, al cura, en fin, el respeto estaba unido a la jerarquía. En la modernidad, en cambio, el respeto se vincula cada vez más a la igualdad de dignidad entre las personas. El paso de una lógica jerárquica a una lógica universalista es uno de los grandes logros éticos de la civilización contemporánea.La dignidad aparece como el fundamento común que impide justificar la humillación, la discriminación o la exclusión. Por eso, el respeto contemporáneo debe abarcar no solo al individuo cercano, sino también al extranjero, al distinto, al minoritario y al vulnerable.

En 'Los miserables', Víctor Hugo convierte la compasión y el reconocimiento del otro en una exigencia moral. La obra entera puede leerse como una crítica de una sociedad incapaz de respetar a los pobres, a los caídos y a los marginados. En 'Matar a un ruiseñor', de Harper Lee, el respeto adopta una forma pedagógica y humana. Atticus Finch enseña a sus hijos que no se entiende realmente a una persona hasta que se considera el mundo desde su punto de vista. El respeto asume una ética de la empatía: respetar no es aprobar todo, sino intentar comprender antes de juzgar.

Hoy, las redes sociales han multiplicado la posibilidad de expresión, pero también la velocidad del insulto, la simplificación del debate y la deshumanización del adversario. La esfera pública se ha llenado de opiniones inmediatas, pero no siempre de escucha. En este contexto, respetar exige desacelerar: leer antes de responder, comprender antes de condenar y discrepar sin destruir. El respeto actual debe pensarse en relación con la diversidad cultural, de género, religiosa e ideológica. Una sociedad plural no puede sostenerse sobre la imposición de una sola identidad, sino sobre el reconocimiento de diferencias legítimas. El respeto no es relativismo absoluto, pero tampoco imposición moral. El respeto es mucho más que una norma social de urbanidad. Es una forma de afirmar la dignidad humana, de sostener la convivencia y de hacer posible la libertad compartida. Con maestros del respeto como los oteguis, puigdemones, évoles y garzones, no hay problema: España está salvada. Aunque tampoco estén los tiempos para sarcasmos.

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