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Opinión | En confianza

Comunicador audiovisual

Los ayatolás de Badajoz

La tradición, por muy arraigada que esté, no está por encima de los derechos fundamentales. Y pretender que una expresión política —pacífica, comunicada y legítima— debe apartarse porque coincide con un acto religioso, es asumir que hay ciudadanos con más derecho que otros a ocupar la calle

Te juro que no salgo de mi asombro ante la polémica generada esta Semana Santa en Badajoz por la coincidencia entre la procesión del Santo Entierro y una concentración en apoyo al pueblo palestino. Una polémica alimentada por Vox, que ha llegado a afirmar que esta protesta "rompe la convivencia" y "enturbia una jornada de profundo significado".

Voy a empezar por lo básico, porque parece que hay quien lo ha olvidado. En democracia, el derecho de reunión y manifestación no se pide. Se tiene. Forma parte de nuestros derechos fundamentales, recogidos en el artículo 21 de la Constitución. No requiere autorización previa. Lo único que exige es comunicación, y solo puede limitarse en casos muy excepcionales, cuando exista un riesgo real para el orden público.

Esto no es una opinión. Es el marco democrático en el que vivimos.

Por eso, cuando alguien dice que una manifestación "no debería haberse permitido", no está haciendo una crítica puntual. Está cuestionando directamente un derecho fundamental. Está planteando, en la práctica, que hay expresiones que sobran en el espacio público.

Y ahí es donde empieza el problema.

"No es que dos realidades hayan coincidido. Es que hay quien considera que una de ellas debería desaparecer para que la otra pueda desarrollarse con normalidad. Y eso no es convivencia. Eso es jerarquizar derechos e intentar imponer unas ideas frente a otras"

Porque lo que ha ocurrido en Badajoz no es que dos realidades hayan coincidido. Es que hay quien considera que una de ellas debería desaparecer para que la otra pueda desarrollarse con normalidad. Y eso no es convivencia. Eso es jerarquizar derechos e intentar imponer unas ideas frente a otras.

La tradición, por muy arraigada que esté, no está por encima de los derechos fundamentales. Y pretender que una expresión política —pacífica, comunicada y legítima— debe apartarse porque coincide con un acto religioso, es asumir que hay ciudadanos con más derecho que otros a ocupar la calle.

Eso sí rompe la convivencia.

Nos estamos acostumbrando a usar la palabra convivencia como sinónimo de silencio, de ausencia de conflicto, de intentar que nada moleste a nadie. Pero la convivencia democrática es otra cosa. Es compartir el espacio público con quien piensa distinto, con quien siente distinto, incluso con quien incomoda.

"No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo". Esta frase, atribuida a Voltaire aunque en realidad la escribió Evelyn Beatrice Hall para resumir su pensamiento, no es una boutade ilustrada: es el fundamento mismo de cualquier sociedad libre.

La libertad no consiste en que nadie te moleste. Consiste en que nadie pueda decidir que tú no debes estar o no debes opinar. La democracia no es un sistema perfecto, ni cómodo. Pero precisamente por eso es el único que permite que el conflicto exista sin convertirse en imposición.

Por eso resulta inquietante este tipo de discursos. Porque no se quedan en una queja puntual. Dibujan un modelo de sociedad donde lo que se puede decir, cuándo y dónde, empieza a depender de criterios ideológicos, culturales o religiosos.

Y conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿dónde ocurre eso?

Ocurre en países donde las libertades están subordinadas a la religión o a la tradición. En Irán, en Arabia Saudí, en Afganistán y aquí más cerca, en la Hungría de Víctor Orbán. Lugares donde el espacio público no es un espacio de derechos, sino de obediencia. Donde no puedes manifestarte si contradices el marco moral impuesto. Donde la libertad de expresión no incomoda porque, directamente, no existe.

"Lo que ha pasado en Badajoz no debería escandalizar a nadie. Es la expresión normal de una sociedad democrática: una procesión por un lado, una concentración por otro. Distintas formas de ocupar el espacio común"

Aquí, afortunadamente, no estamos ahí. Pero los discursos que pretenden limitar derechos en nombre de la tradición caminan en esa dirección. Y conviene no olvidarlo.

Porque los derechos democráticos no son eternos. Son conquistas. Costaron décadas de lucha, de conflicto y de sacrificio. Y se pierden mucho más rápido de lo que se consiguen.

Por eso hay que defenderlos, incluso —y sobre todo— cuando incomodan.

Lo que ha pasado en Badajoz no debería escandalizar a nadie. Es la expresión normal de una sociedad democrática: una procesión por un lado, una concentración por otro. Distintas formas de ocupar el espacio común.

Lo verdaderamente preocupante es que haya quien quiera decidir que una de ellas no debería existir. Porque cuando alguien sobra en la calle, lo siguiente es que sobre en la democracia.

Ojo, no vaya a ser que, sin darnos cuenta, acabemos convirtiendo nuestra ciudad en una especie de régimen de los ayatolás de Badajoz, donde unas ideas se imponen sobre otras y se limita el ejercicio de derechos en nombre de un dios. Llámese Alá, Jesucristo o San Pito Berenjeno.

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