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Opinión | EL EMBARCADERO

Periodista y profesor

La educación, lo más importante

Hoy en día, cualquier colegio o instituto es una manera de segregar, incluso en la educación pública. Hay centros de enseñanza «buenos», «malos» o «regulares» dependiendo del barrio y las familias eligen con sumo esmero ese colegio para sus hijos, como un acto de amor, y llevando a cabo también un ejercicio de insensibilidad social

Durante las pasadas vacaciones de Semana Santa he aprovechado para ir al cine. Tenía pendientes varios títulos de cartelera, entre los cuales no estaba ‘Torrente, presidente’. No tenía ganas de un cuñadismo en tono soez que, al menos a mí, poco me aporta. Bastantes personajes desagradables pululan por redes sociales como para presenciar uno más en la gran pantalla. Además, con mi entrada, no quería acrecentar aun más los ya abultados datos de recaudación del filme de Santiago Segura. Cuestión de opciones. Me quiero detener en una película española que vi y que nos expone dilemas, como el que experimentan unos padres cuando tienen la oportunidad de matricular a su hijo en un colegio privado y, de paso, mejorar sus relaciones sociales y los problemas de conducta del crío. Borja Cobeaga y Víctor García León escribieron el guion de esta película, de ‘Altas capacidades’, en la que se pone a la educación de nuestros hijos en la diana, sin abandonar un tono cómico y trágico al mismo tiempo.

Marian Álvarez e Israel Elejalde interpretan a Alicia y a Gonzalo, respectivamente, un matrimonio «normal» (equivalente a clase media o media-alta) que contempla la posibilidad de trasladar a su hijo Fer de un colegio público a otro privado de élite. Esa oportunidad les abre la puerta a un mundo de privilegios, de nuevas amistades e influencia social. Para justificar su candidatura llegan a inventar supuestas altas capacidades del niño. A partir de esta propuesta narrativa se prepara el terreno para diferentes reflexiones, la primera de las cuales me lleva a lo complejo que es, en nuestros días, ser padre o madre. Venimos de donde venimos: del salto del extrarradio al centro de la ciudad, del pueblo a la capital, de considerar a la educación un ascensor social…, de padres y madres que se preocuparon por sacar adelante a sus hijos pero que tal vez no fueron con ellos muy afectivos. De ahí hemos pasado a familias actuales que se han volcado en la crianza, quizá de manera exagerada, de tal suerte que lo han planteado en una cuestión única identitaria. Llega hasta tal punto que se ha pasado de ese viejo dicho de «cuando seas padre, comerás huevos» al «…comerás sobras», los bordes de la pizza. Es una crítica soslayada a un arquetipo generalizado de progenitores que se desviven, cuyas existencias se focalizan casi de manera exclusiva en realizar ese rol de cuidados y atenciones; de estar pendientes, de forma incluso obsesiva, de sus hijos: de matricularlos en el mejor colegio, de llevarlos y traerlos en coche durante toda la tarde a múltiples actividades extraescolares… cuando, a lo mejor, no se han parado a preguntarles qué quieren. De hecho, no se habla mucho con los niños; sí se emplea el «sobre», «de», «acerca de»…, cualquier otra preposición menos el «con».

En ‘Altas capacidades’, cuando Alicia y Gonzalo deciden cambiar a Fer dicen que es por el niño, pero detrás hay una aspiración de clase y contradicciones inconfesables

Está claro que cualquier padre y madre quieren lo mejor para sus hijos y eso se traduce en llevarlos al mejor colegio. La educación es lo más importante. En ‘Altas capacidades’, cuando Alicia y Gonzalo deciden cambiar a Fer dicen que es por el niño, pero detrás hay una aspiración de clase y contradicciones inconfesables. Entre esas contradicciones conocidas, en el ámbito de la educación pública, está, como prototipo, la de políticos y personas destacadas que dicen una cosa y hacen la contraria. Se tienen relatos y luego cada uno toma decisiones que nada tienen que ver con ese discurso que se mantiene. Pongamos el caso de quienes confiesan ser de izquierdas y sus pretensiones de ser coherentes y tener un discurso sólido se van por el retrete cuando se es padre o madre y matriculan a su hijo o hija en un colegio concertado o privado. O el de docentes que trabajan en un colegio o instituto público y luego llevan a su prole a un concertado o privado: una señal, bajo mi punto de vista, de que no creen en realidad en lo que trabajan. No predican con el ejemplo.

Hoy en día, cualquier colegio o instituto es una manera de segregar, incluso en la educación pública. Hay centros de enseñanza «buenos», «malos» o «regulares» dependiendo del barrio y las familias eligen con sumo esmero ese colegio para sus hijos, como un acto de amor, y llevando a cabo también un ejercicio de insensibilidad social. Puedes estar muy comprometido con tus valores de justicia social, de defensa de lo público, de igualdad de oportunidades, de diversidad… pero ¡ay, cuando nos tocan lo que más queremos! No los matriculamos en la escuela que, por zonificación, te corresponde porque crees que es un gueto, allí se van a malear. Si hay algo que me enfada es que no se garantice el verdadero derecho a la educación cuando se segrega, se llevan a los niños «buenos» a determinados centros y los disruptivos, problemáticos… a otros, algo que sigue ocurriendo, también en Badajoz, a pesar de que se les llena la boca a muchos con términos como educación inclusiva e integradora, recogidos en la LOMLOE y en otras normativas.

Hay familias que piensan que la mejor educación está en la concertada o la privada. Craso error, en mi opinión. La diversidad, de alumnado, de profesorado…, siempre resulta enriquecedora. A menos que el objetivo de esos padres sea el de, en verdad, rodearlos de una supuesta élite, de una clase social media-alta o alta, como forma de abrirles camino en su futuro, de tener contactos entre familias de altos funcionarios, directivos de empresas y personas con un cierto poder adquisitivo. Segregar siempre es negativo, como sociedad, incluso en el marco de una absurda disputa entre centros públicos para rivalizar por alcanzar más alumnado matriculado. No nos confundamos, la educación no puede tomar jamás los derroteros competitivos y nocivos del capitalismo.

En suma, les recomiendo que, si pueden, vayan a ver ‘Altas capacidades’, una divertida comedia satírica, afilada y profundamente incómoda sobre las contradicciones morales de la clase media española que, a la vez, retrata con lucidez la fragilidad de los principios del ser humano cuando entran en juego los hijos, la educación y el deseo de ascender socialmente.

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