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Opinión | En la frontera

Abogada

Pasa volando

El boletín de notas que corren a enseñarle a su abuelo. Las capas al viento que son los babys atados al cuello, corriendo hacia la libertad

Pasar la Semana Santa es un cambio de rasante. Nos coloca en una posición desde la que se intuye el porvenir, desde la que puedes ver el más adelante. Una altura diferente que te permite otear el horizonte. Se ven los jardines floridos, las rosas que se abren a la inspiración de un poeta cursi, a un grupo de niñas que van cantando con flores a María. Se oye, desde este promontorio que se crea con el después de la Semana Santa, la algarabía del último día de colegio.

El boletín de notas que corren a enseñarle a su abuelo. Las capas al viento que son los babys atados al cuello, corriendo hacia la libertad. Se huele el jazmín estallando de promesas, el galán de noches encandiladas, las despedidas después de la última fiesta en la universidad, y un beso.

La noche de San Juan cargadita de deseos y de la lista de todo lo malo que se quema en la hoguera y de esa magia que flota en el Guadiana. Tan bonito que da gusto verle con los fuegos artificiales reflejándose en su cara. Y a Portugal que se escapa. Incluso se alcanza a ver una plaza de Campo Maior donde agarradas bailan las mujeres entre sí, porque los hombres se han quedado en el bar de la explanada tomando sagres y caracois. Y después se extiende una llanura que llega al mar. Y se ven los bordecitos de la península con sus puntillas saladas como me gustan a mí los huevos fritos, y las cabezas de los niños en el agua y las mayores tostándose al sol y las sombrillas de colores y el olor a Coppertone. Se oye cantarín al camarero recitar la carta del chiringuito, el barullo en el cine de verano antes de que empiece la película. El clic de los botellines al abrirse y el los dientes pelando las pipas de girasol.

"Hay cola en una pastelería que se llama La Cubana para comprar buñuelos y huesos de santo"

En ese punto la calima lo emborrona todo. Un poco más allá se ve una nube que descarga por la tarde sobre una pareja que corre riendo bajo la americana de él. Se abren claros que dejan ver la vuelta al colegio, de nuevo. Las mochilas nuevas. Una mujer comprando libros y un abrigo. De las chimeneas se ve el humo salir recorriendo el cielo. Un hombre rasca el hielo del parabrisas de su coche. Hay cola en una pastelería que se llama La Cubana para comprar buñuelos y huesos de santo. Una mesa de domingo se llena para comer cocido. Huele a caldo con hierbabuena y desde aquí incluso el cristal de mis gafas se empaña. Una mujer cose sentada al brasero.

Más nubes aún. Nubes de incertidumbre, cerradas y densas. Solo entonces, aunque parezca mentira, nos damos cuenta de que el tiempo es un suspiro, que pasa volando, porque desde aquí ya se puede ver una lucecita que logra romper la oscuridad. La estrella de Belén iluminando la noche.

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