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Opinión | EL CHINERO

Ascensión Martínez Romasanta

Ascensión Martínez Romasanta

Directora de La Crónica de Badajoz

Directora de La Crónica de Badajoz

Apatrullando la ciudad

Los últimos hechos violentos han ocurrido en distintos barrios y han sembrado desasosiego en la ciudad entera

Un vehículo de la Policía Nacional.

Un vehículo de la Policía Nacional. / LA CRÓNICA DE BADAJOZ

«Por la noche con su coche, vigilando sin cesar / Va tu amigo el policía, Policía Nacional / Los peligros que le acechan él los debe de afrentar / Pues adquiere un compromiso con toda la sociedad». Los de mi generación y algunas anteriores sabrán ponerle título a esta reconocible canción de El Fary que -para quien no lo sepa- compuso Santiago Segura para la banda sonora de la que fue la primera película de la saga que lo han catapultado a la fama, ‘Torrente, el brazo tonto de la ley’ (1998), cuya última entrega tiene ahora en cartelera, con gran éxito de público, como se esperaba, para desesperación de los amantes del buen cine.

El Fary interpretó el sentimiento de los policías nacionales que se encargan de recorrer las calles como medida de prevención y son los primeros en presentarse ante situaciones de peligro y de inseguridad ciudadana.

Esta semana hemos sabido, a través del sindicato Jupol, de la Policía Nacional, que en Badajoz se han vivido durante la Semana Santa situaciones preocupantes («críticas e insostenibles», dicen) por la falta de efectivos. Según aseguran, ha llegado a haber «cero» patrullas en las calles estos días en los que ha habido miles de personas disfrutando de unas jornadas de descanso que han aprovechado para estar fuera de casa. Según Jupol, en Semana Santa, la escasez de patrullas se ha debido a la acumulación de servicios, pues han tenido que cubrir custodias hospitalarias y protección de riesgo extremo de las víctimas, lo que ha reducido su presencia en las calles. Esta denuncia se suma a la que ya realizó la Confederación Española de Policía (CEP). Nadie las ha desmentido.

Era obligado preguntar al delegado del Gobierno, José Luis Quintana, sobre estas quejas, que además le habían enviado por escrito los denunciantes. La prensa le preguntó. La respuesta de Quintana fue sobre todo tranquilizadora. El delegado del Gobierno, máximo responsable en Extremadura de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado -léase Policía Nacional y Guardia Civil- se fue por la tangente y evitó responder sobre la reclamación del sindicato policial. Podría haber entonado la canción de El Fary y hubiese sido lo mismo.

La contestación de Quintana fue que Extremadura es la «comunidad autónoma con menor número de delitos» y que «se está haciendo un trabajo magnífico por parte de la Policía Nacional», de la que destacó que «es la institución más reconocida por los ciudadanos» debido al «trabajo inmejorable» que realizan. Nadie lo duda. O sí. Porque las estadísticas dirán lo contrario, pero en las últimas semanas -meses- no puede afirmarse con rotundidad que Badajoz sea una ciudad tranquila, a raíz de los tiroteos en plena calle y hasta incendios provocados con cócteles molotov. Sin olvidar que existen dos cruentos asesinatos sin resolver, de cuya autoría no se ha vuelto a decir ni pío.

Los últimos hechos violentos han ocurrido en distintos barrios y han sembrado desasosiego en la ciudad entera. Tanto que el alcalde, el popular Ignacio Gragera, en una entrevista concedida a este diario, al ser preguntado por cuáles son sus principales preocupaciones en estos momentos, cita la inseguridad ciudadana y así se lo ha transmitido al delegado del Gobierno, según cuenta. «Están haciendo su trabajo, pero la ciudad necesita que haya resultados cuanto antes. Sé que no es fácil y agradezco desde aquí la labor policial, pero creo que la ciudad se ha visto sobresaltada demasiado en los últimos meses», afirma. Una opinión que muchos ciudadanos comparten.

No está Quintana en condiciones de reprochar a Gragera que no tenga policías locales en el sistema de protección a las víctimas de violencia de género (Viogen). Sería deseable que el ayuntamiento se adhiriese, pero al menos el alcalde reconoce que no puede, porque no hay efectivos y que cuando los haya, se sumarán. El delegado del Gobierno ni siquiera reconoce que el problema existe. Ojos que no ven, corazón que no siente. Así no se obliga a buscar una solución. Para esa actitud existe otro refrán: no hay peor ciego que el que no quiere ver.

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