Opinión | Disidencias
Abril
Es también el mes donde el invierno va quedando atrás, el amor, como la primavera, va floreciendo de manera inusitada y, el verano, se anuncia como un poema luminoso
Abril
"Era una mañana y abril sonreía", escribió Machado en 'Soledades. Galerías. Otros poemas' (1907) y continuaba: "Frente al horizonte dorado moría/ la luna, muy blanca y opaca; tras ella,/cual tenue ligera quimera, corría/ la nube que apenas enturbia una estrella". Seguía: "Fue una clara tarde de melancolía./Abril sonreía. Yo abrí las ventanas/ de mi casa al viento... El viento traía/ perfumes de rosas, doblar de campanas...". Y terminaba: "Pregunté a la tarde de abril que moría:/ -¿Al fin la alegría se acerca a mi casa?/La tarde de abril sonrió: -La alegría/ pasó por tu puerta -y luego, sombría-:/ Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa".
En 'Campos de Castilla' (1912), aparecerá su famoso poema 'En abril, las aguas mil', donde leemos: "Son de abril las aguas mil. /Sopla el viento achubascado,/y entre nublado y nublado/ hay trozos de cielo añil". Podría decirse que abril es un mes suspendido entre la luz y la melancolía. La luz de la primavera que anuncia el verano y la melancolía del invierno que se fue, como el tiempo, a esconderse entre las penumbras de los recuerdos y los momentos difuminados. En el corazón de esa primavera siempre extraña y cariacontecida, aparece un mes de abril que nada o mucho, según se mire, tiene que ver con una estación tan difícil de explicar. Machado evoca abril en sus paisajes castellanos como el mes en que "la primavera ha venido, / nadie sabe cómo ha sido", capturando el misterio de lo cíclico.
Octavio Paz, por su parte, trabaja la imagen del mes como umbral: un tiempo donde lo visible y lo invisible se rozan y habla de la primavera: "Se ha parado la luz entre los árboles,/ejército dormido. Los despierta/ el viento con banderas de follajes". Los poetas han exaltado a la primavera y sus meses como quien coloca bajo palio a una imagen sagrada. Pocos meses del año han ejercido sobre la imaginación humana una fascinación tan persistente como abril. Su posición en el calendario -bisagra entre el invierno que se retira y la plenitud del verano que se anuncia- lo ha convertido en símbolo universal de lo transitorio, lo renaciente y, paradójicamente, lo cruel. Desde los versos fundacionales de la poesía medieval hasta los fotogramas del cine contemporáneo, abril reaparece como un leitmotiv cargado de ambivalencia: promesa y amenaza, floración y duelo.
La tradición poética occidental inaugura su relación con abril en los primeros versos de los 'Cuentos de Canterbury' (c. 1387), donde Geoffrey Chaucer celebra las "dulces lluvias de abril" que despiertan las raíces dormidas y empujan a los peregrinos hacia el santuario de Tomás Becket. Aquí abril es benigno, regenerador, un impulso vital que pone en marcha tanto la naturaleza como la narrativa.
Cinco siglos después, T. S. Eliot invierte radicalmente esa imagen. El verso inaugural de 'La tierra baldía (1922)' -"April isthecruellestmonth"- se ha convertido en uno de los más citados de la literatura moderna. Para Eliot, abril es cruel precisamente porque despierta la memoria y el deseo en una tierra espiritualmente estéril; la primavera obliga a sentir cuando sería más cómodo permanecer dormido bajo la nieve del olvido. El contraste con Chaucer no es casual: Eliot dialoga con la tradición para subvertirla y diagnosticar la crisis de la modernidad.
La novela, por su parte, ha sabido explotar la tensión simbólica del mes. Gabriel García Márquez sitúa episodios cruciales de 'Cien años de soledad' en abriles lluviosos que marcan el destino de Macondo, y el título de su novela breve' El coronel no tiene quien le escriba' resuena con la espera interminable de un personaje atrapado en un tiempo detenido, una espera que podría ser cualquier abril de cualquier año.
En la literatura estadounidense, abril aparece ligado a la renovación truncada. Harper Lee ambienta gran parte de Matar a un ruiseñor en los meses primaverales de Alabama, donde la inocencia infantil choca con la brutalidad del racismo. El contraste entre la floración exterior y la podredumbre moral interior refuerza la denuncia. Shakespeare, aunque no dedicó una obra entera al mes, sembró sus sonetos y comedias de referencias abrileñas: el amor joven es comparado con "un día de abril", hermoso, pero efímero, sujeto a nubes repentinas. El cine ha recurrido a abril como coordenada emocional. En Cuatro bodas y un funeral (Mike Newell, 1994), la célebre escena del funeral incluye la lectura del poema de W. H. Auden 'Funeral Blues', y la película entera transcurre en una Inglaterra primaveral donde la lluvia, tan asociada a abril, acompaña tanto las comedias románticas como los duelos.
El director japonés Shunji Iwai tituló una de sus películas más líricas 'April Story' (1998), siguiendo a una joven que se traslada a Tokio en plena floración de los cerezos (el hanami de abril) para perseguir un amor secreto. El mes funciona aquí como metáfora del comienzo adulto, frágil y lleno de posibilidades. En el cine de autor europeo, Andréi Tarkovski y Krzysztof Kieślowski poblaron sus obras de paisajes primaverales que sugieren ciclos de muerte y resurrección espiritual, aunque sin nombrar explícitamente el mes. La luz de abril -oblicua, todavía tímida- es reconocible en la paleta visual de 'El espejo' o 'La doble vida de Verónica'.
La música popular ha adoptado abril con entusiasmo. 'April Showers' (1921, de Al Jolson, sí, el que inauguró el cine sonoro años después) prometía que las lluvias traerían flores de mayo; Simony Garfunkel inmortalizaron el mes en 'April Come She Will', donde abril es el comienzo de un amor que se desvanecerá con el verano. Prince protagonizó una de sus películas y discos con Purple Rain, cuya estética y atmósfera evocan tormentas primaverales.
En el folclore, el 1 de abril se celebra en numerosos países como el Día de los Inocentes (en el mundo anglosajón, April Fools' Day), una jornada de bromas que algunos historiadores vinculan con la reforma del calendario gregoriano y la confusión sobre el inicio del año. La tradición subraya el carácter liminal de abril: un mes donde las reglas se suspenden y lo inesperado irrumpe. Abril es mes de poetas, de lluvias, de libros que nos enseñan la vida, de vidas que se truncan (Martin Luther King, las víctimas del Titanic), de apocalipsis ciertos (Chernóbil), de ojos que miran al cielo (Gagarin orbitando la luna), pero, es, también, el mes donde el invierno va quedando atrás, el amor, como la primavera, va floreciendo de manera inusitada y, el verano, se anuncia como un poema luminoso.
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