Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Fragmentos de Badajoz

Badajoz

De cómo las monjas de Santa Ana se libraron de las garras del enemigo

Ellas apenas se arredraron en los momentos culminantes de la lucha, y cuentan que la metralla llovía sobre la casa y las bombas zumbaron alguna vez por sus corredores

Maqueta de la brecha de la Trinidad en la Guerra de la Independencia.

Maqueta de la brecha de la Trinidad en la Guerra de la Independencia. / LA CRÓNICA DE BADAJOZ

Badajoz fue tomada por primera vez en su historia por los franceses el 10 de marzo de 1811. El 16 de marzo de 1812 se produce el tercer y último sitio de Badajoz. Lord Wellington, junto a las tropas españolas y portuguesas, recuperó la ciudad defendida por el francés Philipon en la noche del 6 al 7 de abril de 1812. Wellington entra en la ciudad y los soldados ingleses la saquean por completo, dedicándose al pillaje descontrolado y profanando la mayoría de los templos. Es muy interesante un artículo del escritor Jesús Rincón Jiménez que publicaba en 1921 sobre la reconquista de la ciudad por las tropas anglo-portuguesas en la noche del 6 al 7 de abril de 1812:

«Las iglesias de la ciudad fueron bestialmente profanadas. Los tesoros de la catedral, parroquias y conventos fueron robados por los ingleses que, ebrios de sangre, de codicia y de lujuria, olvidaron todos los respetos que merece la dignidad propia. Encorajinados por la pérdida de 5.000 combatientes en el asalto de la brecha, entraron en Badajoz como fieras heridas dispuestas a destrozar lo que encontraran por delante: vidas, honras, lugares sagrados; nada escapó al furor de los conquistadores, que trataron a los pocos e indefensos habitantes que subsistían en la ciudad, no como aliados de un pueblo culto que ansiaba recuperar su libertad y a quienes unía el odio a las fuerzas napoleónicas, sino como hordas salvajes que se complacían con refinamientos de crueldad y con todo género de impiedades en atormentar brutalmente a sus desgraciadas víctimas".

Todos reflejan la angustia, el dolor, la indignación por lo ocurrido. Fray Laureano Sánchez Magro, prior de Santo Domingo, después de lamentarse en un sentidísimo escrito del estado deplorable en que quedaron las iglesias de la capital, dice: "Varios religiosos han sido despojados de sus ropas y efectos y aun de su propia camisa en los días 7 y 8 de abril, cuando por medio de un glorioso asalto se apoderaron de esta plaza las tropas aliadas inglesas y portuguesas"; la Junta Suprema, al dar a los jefes cuenta de la reconquista "que ha llenado de tanto gozo a los habitantes de la provincia que ninguno se acuerda de los males que por la ocupación de la capital ha padecido", afirma que el asalto se verificó a las nueve y media de la noche del 6 por la parte del Castillo, y que las tropas que entraron por la puerta del Pilar, luego de vencer a los franceses que sostenían la brecha hacia el convento de la Trinidad, se reunieron en el campo de San Juan con la infantería que bajó de la parte alta, después de haber destrozado lo que encontraron al paso; y el marqués de Monsalud, que llegó a Badajoz el 9 de abril participa a la junta que la plaza presenta un cuadro horroroso: "Las casas yermas, las familias con solo lo puesto, y muchas ni aun camisa"; y en otra comunicación dirigida a don Juan Cabrera de la Rocha, ordena: "Que se entierren y cubran con cal los muchos cadáveres que se encuentran en las casas" y que se pida a los pueblos que manden los albañiles que puedan, no solo para el pronto reparo de las brechas, sino también para la limpieza de la ciudad, "que se halla en la mayor inmundicia por sus calles, y evitar así los horrores que puede ocasionar un contagio".

Solo se salvó del bárbaro atropello la Casa de Ordenandos, en la que se encontraba la imagen de la Virgen de las Virtudes y Buen Suceso por la comunidad de Santa Ana. Una vez que los franceses se posesionaron de Badajoz en 1811, nombraron vicario apostólico a don José González Aceijas, quien dispuso que las citadas monjas abandonasen su convento y se trasladaran a la Casa de Ordenandos y donde alentadas continuamente por el provisor don Gabriel Rafael Blázquez Prieto, que por no acatar las órdenes del Gobierno intruso se encontraba prisionero en el fuerte de Pardaleras, hacían frecuentes rogativas para que la ciudad se viera libre de las garras del enemigo. Cuando tuvieron noticias de que las tropas de Wellington se disponían al asalto, redoblaron sus rezos, implorando del Altísimo el triunfo de las fuerzas aliadas y esperaron con verdadera impaciencia el momento del rescate. Es de advertir que las balas del ejército sitiador alcanzaron en más de una ocasión el edificio de su alojamiento, sin que milagrosamente tuvieran que lamentar ninguna desgracia, pues los proyectiles jamás hicieron daño ni a sus personas ni a sus bienes.

Ellas apenas se arredraron en los momentos culminantes de la lucha, y cuentan que la metralla llovía sobre la casa y las bombas zumbaron alguna vez por sus corredores. En aquellas horas de verdadero peligro, cuando el infernal fuego de cañón y el temible estruendo de la fusilería pregonaban el momento decisivo del asalto, se congregaron en la capilla y penetrados de clases alegría y susto a un mismo tiempo, postráronse a los pies del Dios de los ejércitos suplicándole sus favores en aquella noche que las monjas llamaban de su redención. Llegó el instante deseado y al oír el glorioso sonido de la victoriosa trompeta que anunciaba el levantamiento del cautiverio y la cautividad de los opresores, llenas de la más dulce satisfacción rezaron el 'Te Deum laudamus' en acción de gracias por su liberación. Concluido este sencillo y solemne acto religioso, temiendo la horrorosa escena de aquella alegre y triste noche, afianzaron las puertas, escondieron las luces y se ocultaron en el rincón más apartado.

Con los primeros rayos de luz del nuevo día llegaron a las religiosas los horribles gritos y los aires lastimeros de una multitud enloquecida por el terror. Desde las ventanas de su residencia, vieron atemorizadas cómo sus conciudadanos, sin excepción de personas, eran desgraciadas víctimas de las repugnantes pasiones de la soldadesca; vieron a los hombres pasar por el campo de San Francisco, despavoridos y plagados de heridas; vieron a muchas mujeres afligidas, desgreñadas y casi desnudas, que desgarradamente lloraban la pérdida de sus padres, de sus maridos o de sus hijos.

El presbítero de la Congregación de la Misión, don Juan Roca, las invitó para que asistieran al santo sacrificio de la misa. Este solemnísimo acto fue realzado en ocasión tan angustiosa por las circunstancias que lo rodearon. Mediada la misa, se oyen espantosos golpes en la puerta. Desde el altar, el ministro dice a los circunstantes: ¡Nadie se mueva! Todos obedecen a su voz cesan los golpes y se prosigue con gran sosiego el sacrificio hasta la consumación. Las hijas de santa Clara, las monjas de Santa Ana, se acercaron al altar para unirse con su divino esposo y pedirle que las preservara de todo mal. Concluida enteramente la misa, rezado el himno del Dulcísimo Nombre de Jesús, cuando aún no habían cesado los bárbaros tiros de los conquistadores y los lastimosos clamores de los desconsolados habitantes de Badajoz, se oyó en la Casa de Ordenandos una voz que decía: ¡Abran ustedes la puerta y no teman, porque ya tienen puesto un centinela para guardarles! En efecto, abrieron la puerta y sorprendidos vieron un soldado con el fusil al hombro que custodiaba el edificio. El centinela desapareció a las pocas horas y a pesar de que las puertas se abrieron y cerraron muchas veces, nadie intentó penetrar con fines siniestros en este recinto.

En aquellos días de tribulación solo en esta capilla pudieron celebrarse actos religiosos; solo en esta capilla había reserva en el Sagrario para administrar la sagrada comunión a los heridos y a los moribundos. La profanación en los demás templos llegó a extremos inconcebibles: los vasos sagrados y los ornamentos eclesiásticos fueron robados y pisadas las divinas formas. Por eso se consideró como prodigioso el hecho de haberse librado de tan feroces ultrajes la Casa de Ordenandos, y las monjas de Santa Ana, por el inmenso beneficio recibido, festejaron el primer aniversario con una brillante función religiosa, en la que predicó el mismo sacerdote que con sus manos elevó el Santísimo Sacramento en el día trágico».

Tracking Pixel Contents