Opinión | A mesa puesta
Mesón El Cortijo: desayunos y guisos en el Corazón de Jesús
Paco abre a las cinco de la mañana, como mandan los sitios que conocen bien el ritmo de los trabajadores madrugadores, del campo cercano y de una clientela que no entiende el desayuno como una moda, sino como un acto serio y cotidiano

Paco, en su barra de El Cortijo. / Pepe García
Hay casas de comidas que uno no descubre: las recuerda. Mesón El Cortijo, en la barriada del Corazón de Jesús, junto a la carretera de Olivenza, pertenece a esa clase de lugares que no son solo un negocio de hostelería, sino una pieza más del paisaje humano de Badajoz. Algunos establecimientos nacen para dar de comer; otros, además, terminan dando continuidad a la memoria de un barrio, de una carretera y de una forma de vivir. Este mesón, regentado por Paco desde hace veinticinco años, es uno de ellos.
Para quien haya crecido por aquella zona, el lugar tiene una resonancia antigua. Yo me crie cerca del Corazón de Jesús. Mis abuelos tenían la Venta de Sevilla, en el kilómetro 9,100 de la carretera de Olivenza, mientras el Corazón de Jesús quedaba en el 7,600. Los domingos nos llevaban a misa y, a la salida, en la tienda de Diego, nos compraban alguna chuche de la época, mientras ellos se tomaban el vino en lo de Báez. Aún no se llamaba Mesón El Cortijo, pero ya era uno de esos sitios que daban sentido al territorio: una casa donde se compraba, se bebía, se hablaba y se hacía parroquia.
La historia del local viene de mucho antes. Donde hoy se levanta el mesón hubo, hace alrededor de un siglo, una vaquería contruida de tablas. Más tarde pasó a ser caseta de camineros, hasta que su propietaria decidió alquilarlo por primera vez. Fue entonces cuando Báez abrió allí un colmado, hace ya unos setenta años, donde vendía entre otros productos el vino a granel. Pero lo que empezó siendo tienda acabó encontrando su verdadera vocación de una forma natural: los parroquianos que acudían a comprar el vino comenzaron también a beberlo allí, y así fue naciendo el antiguo Mesón de Báez.
Desde que Paco se hizo cargo del establecimiento, hace un cuarto de siglo, el lugar pasó a llamarse Mesón El Cortijo, aunque conserva intacto el espíritu de aquellas casas que no necesitaban reinventarse para seguir teniendo sentido. Aquí todo respira cercanía, costumbre y verdad. Paco abre a las cinco de la mañana, como mandan los sitios que conocen bien el ritmo de los trabajadores madrugadores, del campo cercano y de una clientela que no entiende el desayuno como una moda, sino como un acto serio y cotidiano.
Y eso se nota en una de las grandes fortalezas de la casa: sus desayunos. Hay variedad de tostadas con pan de verdad, de las que crujen y sostienen lo que llevan encima, con combinaciones como aceite y ajo, tomate y jamón o jamón york y queso, entre otras. A eso se suman unas migas extremeñas hechas como debe ser, sin concesiones, de las que dejan claro que aquí la mañana también tiene peso propio. No se despacha el desayuno: se cuida.
Por el mesón pasa una clientela que define bien su alma: vecinos de los alrededores, trabajadores de las fincas cercanas, los que van de paso y quienes se acercan expresamente a disfrutar de una cocina tradicional servida sin teatro. De lunes a viernes, Paco ofrece plato único con bebida y postre, una fórmula cada vez menos frecuente y, por eso mismo, más valiosa. En esa rueda diaria aparecen el cocido, el arroz de higaditos, las patatas con carne o las judías con oreja y chorizo, guisos todos ellos que hablan el idioma de la cocina que alimenta, reconforta y deja memoria.
A esa base diaria se suma una carta donde asoman los ibéricos, los quesos de oveja, la carne con tomate, el flamenquín casero y unas croquetas que, según quienes frecuentan la casa, obligan a volver. Pero es en los fines de semana cuando el mesón enseña también un perfil más festivo y de reunión familiar. Entonces aparecen los fuera de carta: careta a la plancha, cachopo, cochifrito, cochinillo al horno y unos caracoles que tienen su parroquia fiel. Varios de esos platos, además, pueden encargarse para llevar a casa, un detalle que encaja perfectamente con la naturaleza del establecimiento: un sitio donde se come en la barra, en el salón, en la terraza o en la mesa propia.
Si hubiera que señalar un bocado especialmente representativo, yo no tendría dudas: el morro de cerdo a la plancha. Hay platos humildes que, cuando están bien hechos, resumen una cocina entera, y la careta es uno de ellos. En Mesón El Cortijo se convierte en una declaración de principios: sabor franco, textura, plancha bien entendida y fidelidad absoluta a un recetario popular que nunca necesitó refinamiento para ser memorable. Para mí, pocas se comen mejores.
Otro rasgo que define muy bien a Paco es su defensa de los vinos extremeños, tanto blancos como tintos. No es un detalle menor. En tiempos en los que muchas barras parecen mirar demasiado a lo de fuera, en Mesón El Cortijo se reivindica el vino de la tierra con convicción, como una prolongación natural de la cocina que lo acompaña. Se bebe en la barra, en el salón comedor o en la terraza, pero siempre bajo una misma idea: la de que el producto de aquí merece ser servido con orgullo.
Quizá ahí esté la clave de todo. Mesón El Cortijo no pretende ser otra cosa que lo que es y, precisamente por eso, resulta tan valioso. En una época en la que tantos locales parecen diseñados para ser vistos antes que vividos, este mesón conserva algo mucho más importante: autenticidad. La de los sitios que no se inventan una personalidad porque ya la traen puesta desde hace décadas. La de las casas donde uno puede desayunar al amanecer, volver a mediodía a por un guiso y acabar el fin de semana celebrando una careta. La de los lugares, en fin, que siguen estando ahí no solo para dar de comer, sino también para recordarnos de donde venimos.
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