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Opinión | En la frontera

Abogada

Los siglos

Los 400 reales que costaba mantener el nicho en la Iglesia de San Sebastián, dejaron de pagarse después de un año por Luis Fernández de Córdoba. Y sus huesos acabaron desperdigados

Volver a Madrid como si nunca te hubieras ido. Esa sensación que se tiene con una amiga del alma que tardas mucho en ver y que cuando os encontráis se reanuda la conversación en el mismo punto donde la habíais dejado. El tiempo detenido. Pero no intacto. Las mismas calles que no son las mismas. Llena de otras voces. Resuena el inglés apenas camuflado para pedir un vermut. Rebota, extraño en el mostrador de cinc. Por las calles antiguas andan en grupo, caminando a bandazos.

De lejos podría imaginar la soldadesca de los Tercios españoles, saliendo a gastarse la paga en vino antes de volver a Flandes. Los postes de roble y las vigas maestras, los accesos para las caballerizas , las fachadas sobrias, el ladrillo tosco, la portada adintelada, las ventanas pequeñas con rejas que parecen monásticas de tan austeras. Todo lo ven desde hace siglos, inmóviles asomados a sí mismos, como si el tiempo tuviera un balcón en él esculpido. La sonrisa de medio lado que a uno se le pone cuando sabe algo que nadie más sabe. El "todo pasa. El estos que hacen ruido, el idioma bárbaro, la molestia a los vecinos, pasará como pasaron las bizarras y sufridas tropas, la orgullosa y leal milicia que recorría la Corte esperando bandera o para solicitar "mercedes" o reclamar sueldos atrasados.

En la calle Cervantes un grupo de asiáticos atiende en silencio la explicación de un guía. Apenas se escucha su voz. Todos llevan auriculares y no hacen fotos hasta que la narración concluye. Un hombre con la espalda encorvada pasa sin levantar la vista y entra en el edificio con el carro de la compra. Y un perro. Sobre la puerta un relieve con su busto. "Aquí vivió y murió Miguel de Cervantes Saavedra, cuyo ingenio admira el mundo …". Al lado, otra inscripción "No sufra más por sus pies. El pie de oro. Zapatos anchos especiales. Pies Felices".

Nada queda de la casa en la que vivió Cervantes en la esquina de la calle del León con la calle de Francos, solo el solar donde fue levantada la que hoy tanto fotografían. Más abajo sigue en pie, sin embargo, la casa de Lope. En los mapas y en las guías aparece señalada, "Casa Museo Lope de Vega", en calle Cervantes número 11. Pobre Lope. Con lo mal que se llevaba con don Miguel. Y ni siquiera puede revolverse en su tumba.

Los 400 reales que costaba mantener el nicho en la Iglesia de San Sebastián, dejaron de pagarse después de un año por Luis Fernández de Córdoba. Y sus huesos acabaron desperdigados, mezclados con los de cientos, en un osario común que hoy sirve de abono, a las plantas que crecen en la floristería de la calle Huertas esquina con la calle Ángel. En 'El ángel del jardín' hay cola. Un chico pide una maceta que aguante bien el calor. Una señora mayor encarga unas varas de nardo y una joven con aspecto de escandinava, compra un ramo de tulipanes color naranja.

Un trajín de turistas y locales que tiene entretenido a tanto muerto como hay debajo. Con mucho menos el 'Fénix de los ingenios' se inspiraría para una nueva obra de teatro, una comedia más, a gusto del vulgo. Pero para ser justos o salomónicos, y como la enemistad fue cosa de dos, don Miguel también recibió lo suyo. 'El manco de Lepanto' dispuso ser enterrado en el convento de las Trinitarias situado en la calle que en el año 1616 se llamaba Cantarranas. Pero por esas carambolas de la historia , el nombre de la calle se acabó mudando al de calle Lope de Vega.

Así, esta historia, que habla de intelecto, de buen vivir, de aventuras y de derrotas, de contradicciones y arrepentimientos, de genio y de talento, de celos y envidias, de paradojas y de ese azar que equilibra y que la muerte iguala, ¿creen ustedes que será percibido por el transeúnte que apenas levanta la vista del móvil, por la excursión de escolares, por el repartidor de comida, por el hombre trajeado que apresura el paso para llegar a su oficina? ¿Calará en nosotros tanta sabiduría, tanta violencia, tanta miseria, tantas pasiones, tanta fe, tanto dispendio de conocimientos, de belleza y de sutileza, de desamores y amores escondidos, tanto humor, y tanta ironía, tanta vida a fondo vivida, por estas calles a lo largo de los siglos derramada?

Es la una, de la casa museo sale una pareja después de una visita guiada. Van de la mano hasta llegar a la calle Echegaray. En la librería Crazy Mary compran una edición anotada del Quijote y un Fuenteovejuna ilustrado para niños. Casi enfrente, justo en la esquina, saborean dos copas de vino y después un beso. Mientras brindan por los libros, por los grandes hombres, y por la memoria, sus ojos, soleados, recitan el cierre del soneto 126 "Esto es amor, quien lo probó lo sabe". Muy cerca, en la floristería del Ángel, acaba de florecer una rosa.

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