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Opinión | Disidencias

Periodista

Huelva

En 1987, el Ayuntamiento quiso afrontar una importante remodelación en la avenida y las discrepancias dejaron el proyecto solo con algunas costuras

Ahora, que hemos decidido abrir las puertas del infierno, adentrarnos en el inframundo y desatar las plagas del Apocalipsis, hay que recordar que la Avenida de Huelva se llama así desde 1984, puesto que antes fue la Avenida del General Varela, como del General Rodrigo fue la de Europa, la Ronda del Pilar de José Antonio, San Francisco de Franco, Felipe Checa de Flechas Negras o Santa Lucía de Yagüe, por citar algunos ejemplos. Se aprobó la cuestión en un debate municipal, por cierto, no exento de polémica y bronca. Y, también, hay que decir, que antes de que el General apareciera por Huelva, Huelva ya era Huelva, un poco casi en construcción, pero debido a que los dos principales bulevares llevarían nombres relacionados con el descubrimiento -digamos esto con la boca pequeña, no sea que abramos otro melón- y así aparecieron las avenidas de Huelva (también se le llamó de Correos) y Colón (dicen que era una vieja idea que procedía de 1892, con motivo del IV Centenario de ya saben qué, que no me atrevo ni siquiera a insinuarlo).

Hay que decir que unía al Casco Antiguo con el florecimiento del barrio de Santa Marina, que desde la Plaza de la Victoria (luego de la Lealtad) -donde estaba Correos, el colegio General Navarro y Simago, más la itinerante (de ahí a la Plaza de los Alféreces, antes del 84 con el añadido Provisionales y ahora en Tomás Tomero de Castilla) estatua ecuestre de Hernando de Soto- llegaba a la Plaza de Conquistadores, un poco lacerada por el tiempo y las circunstancias ya que, desde el Cuartel de Menacho, por allí pasaron los bares de la recién inaugurada movida, el lejío de los chinatos, la carpa del Carnaval y, finalmente, El Corte Inglés.

Por medio, esa avenida de Huelva que, realmente, no tira para Huelva, a no ser que demos algo de rodeo, pero sí nos une con esa Huelva destino de veraneantes de Badajoz que durante décadas eligieron La Antilla, Punta Umbría, Matalascañas, Mazagón o de Redondela a Isla Cristina, que eso ya es más nuevo. O era, porque también ya va siendo viejo. El caso es que a la avenida también se la conocía por otra denominación: la avenida de la burocracia o de los papeles. Esto es: al principio, atravesando el espacio que las murallas derruidas dejaron, encontrábamos el edificio de la Falange, hoy de la Junta de Extremadura, donde durante toda la vida se ha desarrollado el papeleo, es decir, los trámites administrativos. Un poco más allá, el Gobierno Civil (un edificio de 1951), que venía desde la calle del Pozo, luego Menacho y que justo por detrás, albergaba la Comisaría de Policía, el foso de la muralla, el cine Santa Marina, justo al lado, el bar de La Pajarera, la oficina del DNI, la parada de la DKV que traía viajeros de La Codosera, Alburquerque, Villar del Rey e, incluso, San Vicente de Alcántara y un señor (¿o era una señora?) que hacía fotografías de carnet con aquella primitiva máquina con trípode que sigue siendo un misterio sin resolver. Luego, todo desapareció y el edificio principal se convirtió en la Delegación del Gobierno.

Siguiendo la señorial acera en dos diseños y con cadenas por medio, encontrábamos el Instituto Nacional de Previsión (el Insalud de entonces, NPI, que ponía, y los adolescentes de la época traducíamos de otra manera más osada), las oficinas de la Seguridad Social y consultorios médicos donde, por ejemplo, nos ponían inyecciones con jeringuillas que se esterilizaban en aquellas cajas de aluminio con alcohol y fuego (el traslado se produjo en octubre del 80 y hoy son las oficinas del SES) y la Cámara de la Propiedad Urbana, tal vez el primero de todos los edificios en la avenida, no en vano data de 1949. Aunque, en la otra acera, que ya iremos a ella, el Instituto Zurbarán, teóricamente, sería más antiguo, ya que comenzó su construcción en 1944, pero las continuas demoras no permitieron su uso hasta 1960.

Crucemos de nuevo esa acera. Pasando Matías Montero, Margarita Nelken y Antonio Ayuso -que esa calle también ha dado lo suyo-, tenemos la Farmacia de Fito, o sea, de Cecilio Venegas y, de vecina, la mítica Librería Zurbarán, con su estupendo escaparate repleto de libros y su interior con no poco material de papelería y la no menos mítica panadería Ansorena, hoy algo más allá.

Ya en la esquina, entremos en harina, al igual que en la esquina de enfrente, se encontraba -y no uso el plural nos encontrábamos, porque yo era chiquinino y en esos sitios no entraba- Mervic y Red Jacket. Mervic era una sala de fiestas con sesiones especiales "para matrimonios y parejas", con actuaciones en directo y no exentas de picardía, como sus vedetes y su sexy show a las 2.30 de la madrugada, que ya estaba allí en los sesenta y aguantó hasta el año ochenta, más o menos. El otro lugar se presentaba como "su bar inglés en Badajoz·, había que bajar unas escaleras y eran muchos, demasiados, los rumores de a dónde llevaban esas escaleras. Hoy, allí, hay una óptica. Nada que ver.

Y, efectivamente, sigues en esa acera y, antes de llegar a las viviendas más bellas de Badajoz, el Zurbarán, donde fuimos casi todos, a por el BUP y el COU, con Ricardo Puente, Guadalupe Carapeto, Teresa Quintanilla, Manuel Pecellín, María Bourrelier y tantos que nos dieron clases en aquellas aulas y en el patio y en el gimnasio, donde Barainca, que también ejercía.

En 1987, el Ayuntamiento quiso afrontar una importante remodelación en la avenida y las discrepancias dejaron el proyecto solo con algunas costuras. En los años dos mil vino la retirada de algunas palmeras (o que se cayeron directamente), por su elevada altura y, mientras tanto, en su zona central, la feria del libro (con varias denominaciones: Bibliohispánica 74, la Feria del Libro sin apellidos o la del libro antiguo y de ocasión; la primera, en 1974, con nombres en la organización como los de Pedraja, Téllez Lafuente, Rodríguez Arias, Antonio Zoido, Martin Lobo, Montes Caraballo, Santiago Castelo y otros ilustres), manifestaciones y acampadas varias y la llegada de la estatua del General Menacho.

Obviamente, con tanto trajín, era normal que, a poco que excaváramos, acabáramos descubriendo restos de un cementerio musulmán. Estas cosas son, no hay que darle más vueltas, las que definen a Badajoz.

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