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Opinión | A mesa puesta

Badajoz

Bucheta, un bar con capas de vida

Con las consumiciones, José ofrece aperitivos de cocina tradicional que dicen mucho del estilo de la casa: morcilla mondonga con cebolla, mollejita en salsa, higaditos de pollo, salchichas al vino

José, detrás de su barra.

José, detrás de su barra. / Pepe García

Hay bares que se inauguran una vez y bares que se van haciendo con los años. El Bucheta, en la calle Miguel de Unamuno, pertenece a esa segunda especie: la de los establecimientos que no solo acumulan tiempo, sino también capas de vida. Su historia no cabe en una sola fecha, porque el local actual es el resultado de varias etapas, de varias manos y de una ampliación constante que lo ha convertido en una referencia cotidiana para el barrio.

El origen se remonta a 1981, cuando lo abrió Beni, un hombre procedente del País Vasco, aunque con raíces extremeñas. En 1983 pasó a regentarlo Blas Pulido, que ya le dio el nombre de Bar Bucheta y empezó a marcar su evolución al comprar el local contiguo para ampliar el negocio. En 1993 lo adquirió su actual propietario, José Ignacio Carballo, y fue él quien, en 2002, incorporó un tercer local y acometió la reforma que dio al establecimiento la fisonomía que hoy conocemos. El Bucheta, por tanto, no nació hecho: se fue construyendo. Primero un local, luego dos, después tres. Y en esa suma de espacios también fue asentándose su carácter.

La trayectoria de José Ignacio Carballo ayuda a entender bien el tipo de casa que es hoy el Bucheta. Tiene 55 años y su vida en la hostelería empezó pronto, en 1984, cuando entró a trabajar como camarero en el Bar Canarias. Allí permaneció hasta que en 1993 le compró el negocio a Blas Pulido. Ese dato tiene más importancia de la que parece. José no llegó a la barra desde la gestión ni desde fuera del oficio, sino desde el trabajo diario, desde el aprendizaje de servir, observar y conocer a la clientela. En bares así, esa experiencia no se estudia: se adquiere detrás del mostrador.

El Bucheta se sostiene sobre una clientela muy definida y, precisamente por eso, muy reveladora. Acuden vecinos del barrio, gente vinculada al colegio San Fernando, que está enfrente, y trabajadores del polígono El Nevero. Esa mezcla explica buena parte de su ritmo y de su función. Es un bar que acompaña la mañana de quien madruga, el aperitivo de quien vive o trabaja cerca y la comida de quien busca una cocina reconocible, sin rodeos ni artificios. No depende del visitante esporádico, sino del regreso diario de quienes lo sienten como parte de su rutina.

Y la jornada empieza temprano. Muy temprano. A las seis de la mañana ya está abierto, dispuesto a dar desayunos a quienes necesitan arrancar el día con una parada seria. Tiene una carta amplia de tostadas y, en temporada, también migas, que aportan desde primera hora ese aire de cocina popular y de barra con fundamento que luego se mantiene durante el resto del día. Abrir a esa hora no es solo una cuestión de horario, sino una declaración de servicio: el Bucheta está donde tiene que estar cuando el barrio empieza a ponerse en marcha.

Al mediodía

A mediodía aparece otra de sus señas de identidad. Con las consumiciones, José ofrece aperitivos de cocina tradicional que dicen mucho del estilo de la casa: morcilla mondonga con cebolla, mollejita en salsa, higaditos de pollo, salchichas al vino. No son simples acompañamientos para salir del paso, sino pequeñas muestras de una cocina que sigue confiando en sabores de siempre. Y hay un detalle especialmente significativo: si al cliente le gusta el aperitivo, puede pedirlo también como ración. Esa manera de entender la barra, sin rigideces ni afectación, pertenece a una hostelería que todavía conserva naturalidad y oficio.

La carta prolonga esa misma filosofía. En el Bucheta se puede pedir en formato de tapa, media ración o ración completa, y las raciones completas son abundantes. Esa flexibilidad permite que el local funcione igual de bien para un picoteo rápido que para una comida con más calma. Hay ibéricos, quesos, montados, ensaladas y pescados, además de una cocina de perfil casero y reconocible, presente en sus croquetas artesanas, sus albóndigas caseras o su carne con tomate.

Entre los montados conviene destacar el de anchoas con roquefort, una combinación con personalidad propia dentro de una oferta amplia. En el apartado de ensaladas y platos para compartir aparecen también los champiñones y las alcachofas con jamón, el tomate rajado con atún, que aportan variedad y refuerzan ese equilibrio entre barra clásica y cocina de producto sencillo. Y junto a los pescados fritos figuran también las gambas al ajillo, las rabas y las coquinas, tres referencias que amplían el repertorio y dan mayor relieve a una carta que no se limita a lo previsible.

A ese perfil se suma además un pequeño menú infantil, un detalle que termina de perfilar la naturaleza del local. El Bucheta no es solo un bar madrugador ni una casa de aperitivos. Es también un sitio capaz de recibir a públicos distintos y de cumplir varias funciones a lo largo del día sin perder identidad. Ahí reside una parte importante de su valor: en seguir siendo útil, cercano y reconocible para quienes lo frecuentan.

Al final, el mérito del Bucheta no está en la extravagancia ni en ningún gesto de modernidad forzada. Está en otra parte: en haber crecido sin perder su condición de bar de barrio, en haber sumado espacio sin romper el hilo de su historia, en mantener una cocina tradicional que todavía acompaña bien la vida diaria y en estar sostenido por alguien que conoce el oficio desde hace más de cuarenta años. Frente al colegio San Fernando, en la calle Miguel de Unamuno, el Bucheta sigue ocupando ese lugar que solo alcanzan los establecimientos verdaderos: el de formar parte, sin aspavientos, de la memoria cotidiana de una ciudad.

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