Opinión | En la frontera
Savall a través de mis tiempos
Toda una vida después volví a encontrarlo. En la Ópera Comique de París, era el comienzo del verano de 2017. Savall dirigía a su orquesta Le Concert des Nations, interpretando 'L'Orchestre de Louis XIV'
Se anuncia en mi ciudad un concierto de Jordi Savall con su Hesperion XXI 'El arte de la variación y de la improvisación: De la Antigua Europa al Nuevo Mundo'. Mi querida amiga Nina ya nos ha sacado entradas. Me falta aplaudir como hacen las focas, batiendo sus aletas con ese sonido que yo asimilo a la risa feliz. Hace muchos, muchos años, en Badajoz, en lo que después fue Zara, después nada y ahora una perfumería, y donde estaba, en aquel entonces, el cine Menacho, vi la película 'Tous les matins du monde'. La historia de Jean de Sainte-Colombe y el joven Marín Marais que pretende ser su discípulo.
La banda sonora era de Jordi Savall. Fue una matinée. Recuerdo que tenía fiebre, y que la música fue suavizando, liberando aristas, contracturas, cualquier ruido y distracción exterior, sonándome, sanándome, por dentro.
Recuerdo la minuciosidad, el color como si fuera óleo, profundo, y después aguado como una acuarela, bajo una tormenta de verano cuando el bosque se vuelve, a la vez, vivificado y líquido. Las puntillas, los brocados, las penumbras, los rayos de sol, tenues, peinando las siluetas por la mañana, el fuego crepitando en la noche, las copas con borgoña en las que se refleja el mundo en miniatura, como pintara Clara Peeters. El duelo del maestro por la muerte de su esposa llega hasta las tripas. En la cabaña del jardín se encierra de espaldas a los hombres, sin resignarse. Compone para ella, no, realmente para él, para poder comunicarse. Con 'Les Pleurs' la viola imita el sollozo, su quebranto. La invoca, la busca para hacerla presente y a la vez se desangra, se aleja de los vivos, se muere también un poco. Llueve. Parece respirarse la humedad, la tierra empapada, el olor a resina y a hongos.
Gotea su pena, con una cadencia que cala a quien le escucha, a quienes estábamos en el cine aquella mañana de finales de abril de 1996, y a mí, hoy, que lo escucho en esta tarde de primavera en que al cielo lo recorren nubes y el viento dobla las ramas del cercis que veo desde la ventana. Muchos años después, en un viaje rápido desde París hasta Normandía, en la Chapelle Corneille, la luz de la tarde entra por los ventanales altos y, a medida que el sol baja, la piedra dorada del interior se va oscureciendo. Jordi Savall y su viola de gamba. Una intimidad que, trémula, ilumina el altar, y el claroscuro de los músicos, resalta, como en los cuadros de Georges de La Tour.
Toda una vida después volví a encontrarlo. En la Ópera Comique de París, era el comienzo del verano de 2017. Savall dirigía a su orquesta Le Concert des Nations, interpretando 'L'Orchestre de Louis XIV'. Un hombre, a mi lado, llevaba una capa. Y un perfume a humo y a madera. Se apagaron los focos. Y las palabras. Todo quedó en silencio. La música se fue elevando. Sentí los instrumentos hablando entre sí, contestándose. Como pasa con el jazz. Pude cerrar los ojos y ver a monsieur de Sainte-Colombe, en la cabaña de su jardín. Un poco de sol abrió el día, y después de meses de desgarro, su viola emitió algo que no era llanto. El maestro, con los ojos fruncidos a la realidad, por fin sonreía. A cada nota le seguía otra y otra y otra, hasta que la conversación se hizo fluida. Sus manos se volvieron a entrelazar.
La música recorre los siglos, y, con la inmensidad de su belleza, nos devuelve a la vida.
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