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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XXX)

Con intención de mantener una relación amistosa con el poderoso vecino meridional, se decidió enviar una embajada a la capital omeya

Uno de los documentos más interesantes para acercarnos a la personalidad de los califas cordobeses, en su faceta de soberanos de la monarquía andalusí, no es, por paradoja, árabe, sino una crónica latina. Se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia, en París. Hace mucho tiempo ya me referí a este asunto, a propósito de otra cuestión.

Durante el reinado del califa Abd al-Rahman III se planteó una crisis política con el Rey de los Romanos, el sajón Otón I (912-973), quien estaba a un paso de convertirse en primer emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Siempre en la línea de lo ya explicado, los monarcas cristianos occidentales -los emperadores orientales se pusieron como la Niña del Exorcista- aceptaron la supremacía de este príncipe, en tanto que emperador. Pero carecía de autoridad religiosa. Esa ya había sido usurpada al Imperio por los papas de Roma.

Pero, digamos para entendernos, que Córdoba y Magdeburgo eran sedes de dos poderes políticos equiparables. Al menos en su titulatura. El problema planteado era antiguo. Cuando el emir al-Hakam I sofocó con mano de hierro -como cosa de autócratas- la revuelta cordobesa del arrabal de Shaqunda (818) sus habitantes se vieron obligados a abandonar la ciudad. Un grupo se dirigió a la frontera septentrional y acabó estableciéndose en un lugar del golfo de León, en la Costa Azul, llamado Fraxinetum (=la Fresneda) donde ya parece haber habido un núcleo de población árabe dedicada a la pesca, el comercio y, después, a la piratería. Se hicieron poderosos y comenzaron a dificultar la navegación entre la península itálica y la costa francesa. Aquello perjudicaba, y mucho, a la economía de las regiones limítrofes, a punto de ser sometidas al control de Otón.

En buenos términos o, lo que es lo mismo, con intención de mantener una relación amistosa con el poderoso vecino meridional, se decidió enviar una embajada a la capital omeya, después de un primer fracaso diplomático. Pasada alguna peripecia en la elección del legado, se optó por un fraile benedictino. De buena familia, educado -lo que no es decir mucho- para la época, y de probada solvencia religiosa. Vamos, lo mejor que tenían para desempeñar una misión diplomática.

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