Opinión | Disidencias
Fantasmas
Siempre los fantasmas de Badajoz o de cualquier parte vienen precedidos de trágicos, inexplicables y tortuosos acontecimientos
Debemos a don Leonardo Hernández de Tolosa que en su 'Libro de Noticias' (1760) conozcamos las vicisitudes y atrocidades cometidas por “la abominable fiera nunca vista” en la villa portuguesa de Chaves, un monstruo en toda regla: "Tiene de cumplimiento siete palmos, es de estatura de un caballo; piernas y brazos delgados, uñas grandes; todo el cabello erizado, al modo de jabalí; por la barriga es blanco, por el cuerpo es arrayado; la cabeza el modo de gato grande bravo con mucha barba; los ojos grandes y ovados; los pechos muy largos; el rabo muy cumplido pero delgado; la piel muy gruesa; era muy forzoso, ligero y bravo y voraz, principalmente de muchachos, a todos asaltaba cuantos topaba, excepto en viendo multitud de gente que gritaba”. Un bicharraco a consecuencia del cual “en los pueblos no se oía más que clamor y alarido; en los caminantes sólo se percibía miedo…Estos vejámenes y opresiones sintieron afligidos aquellos provincianos, y no pudiendo tolerar tan sensible daño en sus cercanías, llenos de ira y revestidos de un brioso furor, procuraron a fuerza de armas rebatir los bravos y arrogantes ímpetus de aquella cruelísima fiera…".
No cabe duda de que cuanto contaba el cronista era conocido por los lugareños de Badajoz que, aun viendo lejos el peligro, el miedo siempre es libre. Sobre todo, si conocían las correrías de nuestro monstruo local, La Tarasca, del que da cuenta otro cronista, en esta ocasión Nicolás Díaz y Pérez en un texto publicado en el Correo de Extremadura allá por 1900, leyenda de la que se hace eco en 'Álbum de cuentos y leyendas tradicionales de Extremadura' (1995) de Eloy Martos Núñez. La historia es muy larga y hay que abreviar. Se sitúa en 1480, una noche de tormenta, un médico hebreo, un vecino de La Albuera, una asistencia médica algo cara, un descanso inoportuno y un susto de muerte cerca de la Ermita de los Mártires cuando “un animal extraño, parecido al Dragón, y que surgió de entre la espesura de los matorrales avanzó hasta donde él estaba, le enroscó parte de su cola al cuerpo y arrastraba tras de sí a Cohen, que gritaba desesperadamente...". La cosa no acabó bien, puesto que el médico se ahogó en el hoy conocido como molino de La Tarasca, cerca de uno de los puentes del Rivillas.
Por cierto, un vigilante religioso de la ermita contaba que "La tarasca, ese maldito monstruo ha venido no sé de qué parte, y al que solamente Santa Marta pudo vencer en el Bosque Negro de Tarascón, cuando se le presentó después de una gran tormenta, causa por aquí muchas víctimas. En los días de grandes tempestades se ensoberbece y al cesar la tormenta sale por los campos a saciar su furia en el primero que encuentra, estrangulándolo y ahogándole después donde encuentra agua…".
Al día de hoy, nada se sabe del monstruo más que la leyenda, como la no tan leyenda de las misas negras que se celebraban en uno de los cerros de San Isidro (Parque de Tres Arroyos), en las traseras de la propia ermita, una pequeña meseta donde se realizaban rituales algunos viernes en la medianoche con individuos con capa y sacrificios de ovejas y gallinas, circunstancia que movió a buenos cristianos de Badajoz a exorcizar el lugar pintando de blanco los troncos de los árboles con mensajes del tipo Dios no ha muerto, Cristo vive o Jesús resucitó.
O la sociedad Frankenstein, en una vivienda situada en una de las calles adyacentes a Concepción Arenal que, muy al contrario de la famosa tertulia cultural de los sabáticos en López Prudencio (casa de Esperanza Segura Covarsí), se dedicaban a tareas menos nobles como robar del cementerio viejo trozos de cuerpos muertos para ritos paganos y colecciones infectas de las más rebuscadas prácticas sacrílegas e inhumanas.
O la propia boca del lobo (Borja González y Alejo Bueno publicaron en 2012 un cómic entre gótico y onírico) que, si bien algunos sitúan en la bajada al Parque Infantil desde la avenida de Ramón y Cajal, siempre se consideró su ubicación en ese recóndito y oscuro rincón tras la estatua de Carolina Coronado en Castelar y en el que dicen que habitan las almas perdidas que allí amaron y allí se rompieron por el amor y algunas inapropiadas adicciones.
En esa excursión del terror y lo sobrenatural por un Badajoz fantasmagórico, pleno de historias para no dormir, y ya que estamos en Castelar, cuando era plaza de San Vicente, la casa del miedo, en el número 24 y su fantasma inextinguible y sus fenómenos paranormales, fenómenos del inframundo o de ultratumba tampoco explicados los del antiguo Hospital Militar o Facultad de Ciencias de la Comunicación y la Documentación -bien contrastados por víctimas de sustos, apariciones y siluetas- ni la presencia de fantasma (Federico, lo llaman) en el Teatro López de Ayala (aunque la eliminación del gallinero igual se lo llevó por delante) o la atormentada Zoraida en las murallas de la Alcazaba.
Siempre los fantasmas de Badajoz o de cualquier parte vienen precedidos de trágicos, inexplicables y tortuosos acontecimientos, como los acaecidos, sigue contando la leyenda, en el colegio Virgen de Guadalupe o el terror que se desprende de la dama de negro en el hospital del Perpetuo Socorro o de la dama de blanco por el puente viejo y el río Guadiana. Sus historias albergan tanto drama, tanta oscuridad, tanto rumor y tanto miedo que tal vez eso explique por qué en Badajoz nos gusta tanto la fiesta y pasar tanto tiempo en la calle. Y, ya puesto, por qué hay, también, tantos fantasmas, pero de los otros, lo que no dan miedo ni tienen una historia épica detrás, pero son unos auténticos pelmazos.
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