Opinión | A mesa puesta
La Taberna del Ratina: clientela que siempre vuelve
Es un negocio familiar en el sentido más noble de la expresión: no solo porque trabajen varios miembros de una misma familia, sino porque el cliente percibe enseguida una forma común de atender y de cuidar

Juan, Carmen y Sara, en su bar. / Pepe García
Hay bares que uno no conoce solo por su nombre actual, sino por las vidas que han tenido antes. Bar La Taberna del Ratina, en la calle Virgen de Fátima número 2, en Badajoz, es uno de ellos. Para mí, antes fue el Bar Fernando, aquel local al que llegábamos muchos viernes desde El Pichi, acompañando a Vicente para saludar a su amigo Fernando y tomarnos allí los últimos botellines del mediodía. La escena parece sencilla: unas cervezas, unas tapas, una amistad entre hosteleros y la costumbre de prolongar la mañana un rato más. Pero decía mucho de una forma de entender los bares en Badajoz.
Vicente, dueño del mítico Bar El Pichi, era amigo íntimo de Fernando. Aquellos viernes se remataban allí como se remataban entonces las cosas importantes: sin prisa, con botellines fríos y conversación de barra.
En 2009, cuando Fernando se jubiló después de treinta años al frente del establecimiento, Juan se quedó con el bar. No llegó de nuevas ni por casualidad. Llegó con una vida entera de oficio a la espalda. Había debutado en la hostelería con apenas 14 años, en el Bar El Sevillano. Después pasó por La Sepia y por La Cabaña del Tío Tom, hasta recalar en el mítico Mesón El Tronco, donde permaneció 17 años. Más tarde trabajó siete años en el Bar El Postigo. Para entonces, Juan ya sabía que una barra no se sostiene solo con género, sino con memoria, paciencia, trato y regularidad.
Hoy aquel Bar Fernando es Bar La Taberna del Ratina. Lo llevan Juan, su esposa Carmen y su hija Sara, y quizá por eso conserva esa condición de casa abierta que tienen algunos bares de barrio. Es un negocio familiar en el sentido más noble de la expresión: no solo porque trabajen varios miembros de una misma familia, sino porque el cliente percibe enseguida una forma común de atender y de cuidar. Juan, Carmen y Sara no despachan simplemente bebidas y raciones. Reciben, escuchan, preguntan, reconocen.
La Taberna del Ratina está para sus clientes de lunes a sábado. Su liturgia es clara: cervezas frías, vino en chatos o copas, aperitivos y chacinas de la tierra. No necesita una carta interminable ni un discurso gastronómico de moda. Tiene aquello que sostiene a las buenas tabernas: producto reconocible, oficio y una clientela que sabe a lo que va. En la barra o en la mesa aparecen salchichón, patatera, sardinillas en aceite, oreja en vinagreta. Cosas sencillas, sí, pero de las que no admiten engaño.
La carta sigue esa misma lógica. Jamón y lomo ibérico de Extremadura, ¿de dónde si no?, quesos de oveja, gildas, ahumados de anchoas, tarantelo de atún, salmón, boquerones en vinagre y caracoles picantones que ya forman parte de la personalidad del sitio. No es cocina de fuegos artificiales. Es oferta de taberna para acompañar una cerveza bien fría, pedir otra ronda y compartir un plato en el centro.
Los jueves, viernes y sábados, Juan tiene gambas recién cocidas. Ese dato explica muy bien el tipo de casa en la que estamos. No se trata de convertirlo todo en acontecimiento, sino de mantener pequeñas costumbres que el cliente conoce y espera. La hostelería tradicional vive mucho de eso: de repetir bien lo que otros complican demasiado.
La clientela es de barrio, naturalmente, pero no solo de barrio. Están los vecinos que entran casi por inercia, los habituales que tienen allí una prolongación de su casa, y también quienes se acercan desde otras zonas de Badajoz buscando unas cervezas frías y unas tapas ricas. Hay lugares que generan desplazamientos sin campaña publicitaria. Se va porque alguien te lo dijo, porque ya lo conocías, porque sabes que allí no te van a fallar o porque, sencillamente, apetece volver.
Lo que sostiene esta taberna es una relación de fidelidad construida a lo largo de los años
Juan habla de sus clientes con gratitud. Y en su caso esa palabra no suena a fórmula. La vida le ha obligado a cerrar la taberna en varias ocasiones para recuperarse de intervenciones médicas. Once operaciones. Once parones. Once veces en las que un negocio pequeño, familiar, de barra y mediodía y sus noches, tuvo que detener su ritmo. Pero Juan resalta algo que le emociona: sus clientes han seguido ahí. No solo han vuelto cuando la persiana se ha levantado de nuevo, sino que se han preocupado por él.
Ahí está quizá la verdadera historia de La Taberna del Ratina. Todo lo que sirve importa, claro que importa. Pero el fondo del asunto es otro. Lo que sostiene esta taberna es una relación de fidelidad construida a lo largo de los años. Una fidelidad que no se compra, no se improvisa y no se decreta. Se gana día a día, detrás de la barra, sirviendo bien, tratando mejor y estando cuando hay que estar.
Fue el Bar Fernando de aquellos últimos botellines de los viernes, cuando Vicente, el del Pichi, nos llevaba a ver a su amigo. Es hoy La Taberna del Ratina de Juan, Carmen y Sara. Y es uno de esos sitios donde la historia de la hostelería pacense se escribe en pequeño, sin placas ni homenajes, pero con mucha verdad. Badajoz también está hecha de estos bares: de los que cambian de nombre pero conservan memoria, de los que pasan de unas manos a otras sin perder del todo su alma.
En la calle Virgen de Fátima número 2, Bar La Taberna del Ratina sigue cumpliendo con una misión sencilla y cada vez menos frecuente: servir bien, tratar mejor y mantener viva la costumbre del mediodía. Allí una cerveza fría no es solo una cerveza fría. Es una manera de decir que todavía quedan bares donde uno entra y no se siente cliente anónimo, sino parte de una conversación que viene de lejos. Juan, Carmen y Sara lo saben. Y sus clientes, fieles incluso en los tiempos difíciles, también.
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