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Opinión | En la frontera

Abogada

Mis amigos los romanos

En mi tierra, tan bonita y tan poco poblada , existe un triángulo de rivalidad que supongo nace de que Caceres y Badajoz, cada una con su lista de méritos, aspiraban a ser la capital de la comunidad

Creces en una ciudad y sin darte cuenta y sin razón, comienzas a escuchar un runrún de fondo que aunque no le hagas mucho caso va calando en algunos. O en muchos. O en los que hacen ruido al menos. Se repite la cantinela como un himno. Se pone el disfraz de reivindicación, aunque a otros nos pueda parecer la letra de una murga de Carnaval.

Se ponen motes al vecino que deja de serlo para convertirse en competidor, en el que nos quita lo que dicen pertenecernos, el que se lleva mas inversión, la niña bonita de los políticos, según las malas lenguas. Y así de mala lengua en mala lengua se va instaurando como cierta una mentira o una mentirijilla o una verdad a medias o un absurdo total.

El del pueblo de al lado, el del otro lado de la frontera, el de la comunidad autónoma limítrofe, el del norte respecto al del sur, es menos importante, menos productivo, menos moderno y sobre todo su equipo de fútbol ha alzado menos trofeos. Y así , por el contrario, los atributos propios relucen más, se embellecen sus mujeres, sus torres se ven más altas, su gastronomía más sabrosa y la tan traída calidad de vida se enarbola como una bandera. Aunque sea un bandera pequeñita.

El ejercicio hipopresivo de plegarse sobre sí y mirarse el ombligo se practica con fruición. Pero al verbalizarse, al escuchar el mensaje con atención, la sinrazón y el absurdo se hacen evidentes y a uno le acomete la fuerte y urgente necesidad de imitar el gesto de los perros, de sacudirse la suciedad después de haberse metido en un charco y llenado de fango. Y salir a correr en sentido contrario.

En todos sitios cuecen habas, España con Portugal, Francia con España, Cataluña respecto al resto, Sevilla con Málaga, Valladolid con León, Murcia con Cartagena, A Coruña con Vigo, Las Palmas de Gran Canaria con Santa Cruz de Tenerife o Gijón con Oviedo… Se han repetido tanto los eslóganes que en muchas ocasiones no hemos sido conscientes de que lo que se coreaba eran en realidad letanías antiguas que a nada o a poco respondían hoy en día , monsergas en la mayoría de los casos.

Así, por ejemplo, en mi tierra, tan bonita y tan poco poblada , existe un triángulo de rivalidad que supongo nace de que Caceres y Badajoz, cada una con su lista de méritos, aspiraban a ser la capital de la comunidad. Y es esa falta de consenso la que le da el 'premio' a Mérida. Y el rencor y el despecho aunque sea en forma de broma recurrente se instala en los no afortunados. Para combatir nimiedades transfiguradas en 'casus belli', se hace necesario a mis ojos retractarse regocijándose en la diferencia que no solo no nos separa, sino que nos enriquece.

Así el sábado me fui de excursión a Mérida. Tan cerca que a muchos se les quita el apetito de conocer, tan cerca que la aventura que es siempre un viaje se minimiza y se desecha a favor de lugares más exóticos. El plan no podía ser más perfecto. Cultura, paseo, gastronomía y ¡amigos!, sí, romanos a los que alguien podría decir que solo les falta la toga, pero es que también en eso se equivocan, en apenas un mes media ciudad se calza las sandalias de cuero, la corona de laurel y se lía no la manta a la cabeza, sino la tunica en las celebraciones de Emérita Lúdica. Flanear y que de repente que se abran las calles, y aunque se haya visto cien veces, cien veces la boca se abre con pura admiración. Las columnas encuestas del templo de Diana. Perfectas entre los restos de lo que fue una casa hasta hace poco, con lo que queda de un aljibe judío, con las tres culturas paseándose como lo hace esa pareja que sale de la heladería que está enfrente, como si nada. El guardia del monumento y mi amigo Manolo charlan sobre cuando ambos en una tarde de agosto, a cuarenta grados, vieron a otro paseante peculiar. A un Bob Dylan con gorro de lana y abrigo mirándolo todo, mientras los que lo reconocieron no podían dejar de pensar, como Axterix, ¡Están locos estos romanos!. El día terminó con los sones de Paquito de Rivera iluminando el Guadiana , encantado de reflejar la ciudad romana, tan viva y tan bella después de tantos siglos.

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