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Opinión | EL EMBARCADERO

Periodista y profesor

El privilegio de ser rayanos

A veces nos vamos a sitios lejanos cuando encontramos enclaves memorables y personas tan interesantes en la Raya, un espacio lleno de leyendas, tradiciones y fortalezas

Cuando era pequeño, me dio un día por preguntarme qué tenía mi ciudad natal, Badajoz, que fuese algo propio, genuino, distinto. Hay urbes españolas con playas increíbles (como Donostia o Cádiz), con un patrimonio especial (Granada y su Alhambra, por ejemplo), con un emplazamiento singular (Ávila y su ubicación en la sierra, a unos 1.100 metros sobre el nivel del mar)… Parecía que Badajoz se escapaba de todo esto. Incluso, comparándola con las otras dos grandes ciudades de Extremadura, con Cáceres y Mérida, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, no parecía salir muy bien parada. Con los años me di cuenta de que estaba equivocado, de que tenía algo que no poseía otra capital de provincia: era rayana, es decir, estaba pegada a la frontera del país hermano, de Portugal. Y tiene no una, sino dos viejas aduanas: Caya y Retiro-Lopo, que languidecen sin que nadie actúe en favor de la recuperación de esos edificios que han visto pasar a tantos viajeros. En la primera aún vamos muchas personas a disfrutar de las riquísimas bifanas que preparan en el Quiosque do Caia, un lugar entrañable rodeado de una pequeña capilla y viejas casas abandonadas, con el sonido de la autopista A6 de fondo.

Mucho antes de que la Raya, y Portugal, se pusieran de moda, en mi familia ya teníamos interés por pasar tiempo, durante los fines de semana, en pueblos lusos cercanos a Badajoz, entre los que estaban Elvas, Campo Maior, Ouguela, Degolados, Arronches… No solo para ir a comer, también para pasear, conocer sus parques, monumentos, mercados… Mis padres han sido siempre unos enamorados de Portugal, algo que me contagiaron, que ha ido a más, a raíz de haber estudiado portugués en la Escuela Oficial de Idiomas de Badajoz, tener conocidos y amigos de Portugal y viajar por sus diferentes regiones, incluidos los dos archipiélagos.

Es cierto que, hoy en día, hay mucho apasionado por la Raya y todo lo que esté relacionado con Portugal, más allá de Lisboa, una capital convertida en tendencia mundial aunque sobrepasada por tantísimos turistas. Quizá lo que más me apasione de Portugal, y en concreto del Alentejo, es que hay zonas espectaculares, mágicas, sorprendentes… a un tiro de piedra de Badajoz. A veces nos vamos a sitios lejanos cuando encontramos enclaves memorables y personas tan interesantes en la Raya, un espacio lleno de leyendas, tradiciones y fortalezas. De esto saben mucho dos escritores y profesores extremeños, ya jubilados, que son dos de los grandes investigadores y divulgadores de la Raya.

El pasado martes pudimos escucharlos en una charla doble, en el Meiac, que abría el ciclo de conferencias titulado '150 años de luces en Badajoz', que se desarrollará durante 2026 y 2027 con motivo del 150 aniversario del Ateneo de Badajoz. Moisés Cayetano Rosado nos habló sobre el patrimonio artístico-monumental de la Raya extremeño-alentejana fortificada, con paradas en puntos como Marvão, Castelo de Vide, Alburquerque, Campo Maior, Elvas, Badajoz, Estremoz, Juromenha, Olivenza, Alconchel, Monsaraz o Mourão. Por su parte, el articulista y escritor José Ramón Alonso de la Torre se centró en la Raya como territorio común de interacción y relaciones, un lugar donde casi todo es posible: restaurantes en los que siempre se come bien, gasolineras pegadas a mojones y a aduanas en ruinas, puentes minúsculos como el de El Marco, casas de la duda (en El Pino, pedanía de Valencia de Alcántara), rutas de contrabandistas, capelas dos ossos (en Campo Maior y Évora), pantanos fronterizos como el de Cedillo, lenguas como «a fala» en Sierra de Gata… y casi un sinfín de enclaves que merecen nuestra visita.

La Raya ibérica es mucho más que una de las fronteras más antiguas de Europa, constituida a mediados del siglo XII y por donde realizó sus correrías Geraldo Sempavor. Fue un espacio de enfrentamientos fronterizos desde su conformación hasta ya entrado el siglo XIX. Prueba de ello es su patrimonio fortificado de extraordinario valor, levantado con el esfuerzo y el sacrificio de los habitantes de un lado y otro de la Raya. Esas fortificaciones abaluartadas que cosen la frontera, de Galicia y Minho hasta Andalucía y el Algarve, tienen una parada clave en Extremadura y Beira-Alentejo. Han sido testigos de guerras como la de Restauração, de Sucesión española, de las Naranjas o las invasiones napoleónicas, es decir, la guerra peninsular, como dicen en Portugal, y la guerra de la Independencia, en España.

Esta singular costura que une Extremadura con Portugal está cuajada de historias de lo más variopintas, de encuentros y solidaridades, de amores y enfrentamientos, pero siempre en una fraternidad histórica y presente que nos hace únicos. La raya, esa línea administrativa que separa un país de otro, en realidad, no existió para muchos habitantes de localidades fronterizas, como nos relata en uno de sus libros José Ramón Alonso de la Torre, un escritor al que siempre da gusto leer y escuchar, con ese sentido del humor tan particular, para hacernos descubrir las joyas de este paraíso cercano llamado la Raya.

Por tanto, tenemos que sentirnos muy orgullosos de ser rayanos y de disfrutar conociendo puntos geográficos inolvidables como es el caso de, por ejemplo, Terena, una villa fortificada al sur de Alandroal en la que dos hileras de casas blancas y floreadas te llevan a su castillo. Muy próximo está el santuario de Nossa Senhora da Boa Nova, una iglesia-fortaleza de estilo gótico, con antecedentes en el culto pagano al dios Endovélico, que ya citó Alfonso X en sus ‘Cántigas de Santa María’. Terena y este santuario son dos enclaves que enamoran por su encanto humilde y su silencio, como también lo logra la comida típica de esta región, con platos como la açorda alentejana, la carne de porco à alentejana, la sopa de cação o la sericaia. ¡Disfruten de la riqueza de estar en la Raya!

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