Opinión | EL CHINERO

Directora de La Crónica de Badajoz
El robobo del tesororo
La vigilante escuchó risas. Como para no reírse

La hornacina del museo donde estaba la vitrina con las monedas, ahora vacía. / Diego Rubio Paredes
Los de mi quinta recordarán -al menos el título- la película de 1991 ‘El robobo de la jojoya’, protagonizada por el dúo cómico Martes y Trece. Dos hermanos planean quedarse con una valiosa joya que se expone en una conocidísima sala: el ojo de Nefertiti. El guion no se lo puso fácil. Hasta hubo un cadáver de por medio.
El robo cometido en el Museo Arqueológico de Badajoz sí que ha sido de película y los ladrones sí que lo han tenido fácil para cometer su fechoría. Ocurrió hace poco más de una semana y, de momento, no hay pistas sobre la autoría. Dicen que no existe crimen perfecto. ¿Tampoco robo perfecto? En Badajoz tenemos la prueba de que sí los hay, tanto crímenes como robos, que no se esclarecen.
Los ladrones del Museo Arqueológico lo encontraron todo a su favor para llevarse lo que iban buscando: el Tesoro de Villanueva, que llevaba pocos meses en estas instalaciones. La alcaldesa villanovense está que trina. Con lo orgullosos que estaban de las monedas de oro puro que encontró un albañil al levantar una baldosa cuando hacían obras en un antiguo cine. 149 monedas de oro de 22 quilates que en el mercado alcanzan el inestimable valor de medio millón de euros. Medio kilo. A lo que hay que añadir el valor histórico y patrimonial incalculable. Los que se las han llevado lo sabían. Como sabían con exactitud dónde estaban expuestas, que no guardadas, porque por lo que hemos sabido después, muy protegidas no se encontraban.
Todo indica que los amigos de lo ajeno accedieron al interior de la Alcazaba por la puerta del Alpéndiz, que es la que está a la altura de Circunvalación y a la que se llega por los caminos de las laderas desde el parque de la Legión.
Como sabían lo que se hacían, no les debió ser difícil forzar la cerradura de esta puerta. Una vez dentro, tenían claro dónde se dirigían: a la fachada trasera del museo. Solo tenían que alcanzar una ventana. Lo hicieron con ayuda de una escalera metálica extensible, que no se molestaron en llevarse de vuelta. Para qué, si ya tenían en su poder 144 monedas de oro (cinco se quedaron entre los cristales rotos de la vitrina donde se exponían). Una vez arriba, solo había que forzar la reja y ya estaban en la sala de la segunda planta donde se exponían las monedas, a la vista de sus ojos. No sonó ninguna alarma. Puede que usaran inhibidores. Con una buena maza rompieron la vitrina y ahí estaba: su ‘tesoroooooo’.
En el museo había una vigilante de seguridad, en su sitio, en la planta baja. Oyó el golpe, se acercó al acceso y se percató de que había alguien. No se le ocurrió más que cerrar la puerta y avisar. A la policía y a su padre. Puede que no en ese orden. Ese debe ser el protocolo de reacción que figura en el contrato de seguridad en caso de robo en un museo que guarda tesoros de valor incalculable. Poco más podía hacer la vigilante, sin armas, en el interior de un recinto como es la Alcazaba con todas sus puertas cerradas. Llamar a la policía y a su padre, puede que no en ese orden.
Lo ocurrido lleva a pensar que la presencia de un vigilante es simplemente disuasoria. Ni eso, porque a los ladrones no los disuadió. Al contrario, contó la vigilante que tras el golpe escuchó unas risas. Como para no reírse. Todo había resultado mejor de lo que habían planeado: un pequeño golpe para un gran botín.
Se echó en falta que al día siguiente, a los dos días, al tercero, algún responsable del museo compareciese para explicar lo ocurrido: por qué este edificio no dispone de cámaras de seguridad y por qué no funcionaron las alarmas. Un tesoro de este calibre bien merece un esfuerzo para asegurar su protección. Además, no es lo único valioso que alberga este museo. En lugar de eso, se ponen a discutir entre la Junta y el Ministerio de Cultura sobre a quién compete la vigilancia, cuando está claro que aunque el edificio es del Gobierno central, el contenido pertenece a la Junta, responsable de costear las medidas necesarias para custodiarlo con las máximas garantías.
Todo de película. Como para que a los ladrones no les entrase la risa. Se partirían. Se troncharían. Más que con Martes y Trece.
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