Opinión | La atalaya
Califas (XXXI)
No es cosa de entrar aquí en la mohosa discusión del idioma hablado en Al-Ándalus. La lengua oficial, religiosa y popular era el árabe
Otón I eligió como embajador en Córdoba a un personaje con una gran preparación, para lo habitual en ese momento y en esa zona de Europa. Y, lo que era de primera importancia: hablaba latín. Téngase en cuenta que la lengua vehicular en aquella región era el alto alemán o, lo que podemos llamar, germano evolucionado. Faltaba mucho para que el alemán alcanzase el grado de desarrollo posterior. Además, según bajase hacia el Sur, lo que el embajador realizó con dificultades -marchando por calzadas y navegando por ríos-, más se adentraba en territorio de la romanidad; más latín se hablaba. Aunque donde debía lucir sus habilidades lingüísticas era una ciudad arabófona.
No es cosa de entrar aquí en la mohosa discusión del idioma hablado en Al-Ándalus. La lengua oficial, religiosa y popular era el árabe. Seguramente, una parte de la población utilizaba léxico latino, porque los sustantivos instrumentales, los topónimos y algunas formas verbales no desaparecen de un día para otro. Las clases cultas, algunos musulmanes de ancestros indígenas y las minorías cristianas y judías, quizás entendían más. Al fin y al cabo, los oficios cristianos se celebraban en latín y los judíos en hebreo, que no se hablaba.
Los primeros contactos pudo tenerlos el benedictino en latín, pero, cuando penetró en territorio andalusí, por Tortosa, las conversaciones ya hubieron de hacerse en árabe, ayudándose de trujimanes locales. No consta en la 'Crónica de Juan de Gorze', donde se describe el viaje, la presencia en el cortísimo séquito de nadie capaz de expresarse en algarabía. Pero busco relatar sus problemas con la diplomacia del califato y no voy a fijarme en la rica información aportada por la narración del viaje.
Al llegar a la capital del Río Grande -del Wadi al-kabir- lo recibieron siguiendo una pauta diplomática que resultaría curiosa si no conociéramos los usos de la cancillería romana oriental. Primero lo cumplimentó un altísimo funcionario de la corte, quizás el propio heredero, al-Hakam, futuro califa. En Constantinopla solía hacerlo, entonces, el prefecto del Pretorio. Por lo común un hermano del propio Emperador. Y se le asignaba una residencia cómoda, discreta y segura. Cerca de una iglesia.
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