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Opinión | Disidencias

Periodista

Musas

Cada vez que un escritor se enfrenta a una página en blanco buscando una chispa que lo supere, el eco de las nueve hermanas sigue resonando en el silencio creativo

He oído en alguna entrevista al cantautor José Luis Perales, a propósito de la composición de la canción 'Por qué te vas', que tanto popularizó Jeanette y que Carlos Saura introdujo de manera icónica en su película 'Cría cuervos', que cuando iba al refugio, el lugar donde compone frente a una chimenea, junto a sus perros y fumando muchísimo, era como si en la puerta le estuvieran esperando las musas.

Desde los albores de la civilización helénica, la literatura, la creación, no se entendía como un acto de voluntad puramente individual, sino como una colaboración entre lo divino y lo humano. Y eran las musas, las nueve hijas de Zeus y Mnemosyne (la Memoria), quienes personificaban las artes y las ciencias y quienes cimentaban cualquier posibilidad de trascender a través de la creatividad. Su influencia en la literatura no es un adorno mitológico, es la base estructural sobre la que se fundamenta la narrativa y la lírica occidental. Que las musas sean hijas de la Memoria no es casualidad, puesto que, en una cultura originalmente oral, recordar era crear y las musas permitían a los poetas, a quienes escribían, acceder a verdades que su mente mortal no podía abarcar por sí sola.

En su 'Teogonía', Hesíodo relata cómo estas deidades le otorgaron una vara de laurel y le "infundieron una voz divina" para celebrar lo que fue y lo que será. Así, Calíope, Clio, Erató, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania serían las "causantes" de cuanto hemos leído y sabido desde siempre. Las musas se presentan o son los autores quienes las invocan, pero, no hay duda, de que siempre están o aparecen. Homero en la Ilíada: "Canta, oh musa, la cólera del pélida Aquiles…" o Virgilio en la Eneida: "Musa, relátame las causas…" establecían la autoridad del relato, definían el tono de la obra y se confirmaban como canales de una verdad divina. O sea, que lo que escribían, lo que leemos ni es producto de la casualidad ni es un texto exento de una huella muy por encima de nosotros mismos.

Las musas eran la fuente del furor poeticus, ese estado de trance donde el autor superaba sus limitaciones humanas para alcanzar la belleza sublime. El paso de los siglos, la llegada del Cristianismo y la Ilustración promovieron una metamorfosis en las musas, dejando de ser una entidad externa para convertirse en una metáfora de la inspiración interna, en línea con lo atribuido a Picasso: "La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando" o lo dicho por Cela: "trabajo entre ocho y diez horas diarias todos los días".

Durante el Renacimiento, las musas comenzaron a humanizarse, sin dejar de asumir el rol de mediadoras de lo sagrado: Dante y Beatriz, Petrarca y Laura o la 'décima musa', papel que se le otorgará a Sor Juana Inés de la Cruz, cuando la musa ya no solo inspira, sino que produce cultura, desafiando el monopolio masculino de la inteligencia. En el Romanticismo, la musa se interioriza, deja de ser una deidad y se convierte en el espíritu de la naturaleza, una mujer amada o el propio inconsciente del escritor, aunque se mantenga vivo su concepto original de 'puente' con las alturas y represente ese momento de claridad donde las ideas parecen fluir de un lugar ajeno al esfuerzo consciente. Será en este periodo cuando las musas dejan de ser una entidad luminosa para convertirse en una fuerza volcánica e incontrolable.

El ejemplo de la 'musa enferma' (como la denominará Baudelaire en 'Las flores del mal') es paradigmático. Algo parecido a lo que escribe Vicente Huidobro en el verso final de su poema 'Arte poética': "El poeta es un pequeño Dios, pero su Musa es a menudo su propio demonio". Para los surrealistas, la musa será el inconsciente. André Breton en su 'Manifiesto del surrealismo' escribirá que es "el dictado del pensamiento". En la literatura contemporánea, se ha ido más allá: autoras como Margaret Atwood o Madeline Miller ('La canción de Aquiles', 'Circe' o 'Galatea')han capitaneado "la rebelión de las musas", cuestionando el rol pasivo de "mujer-musa" o escritores como Vila-Matas ('Bartleby y compañía') o Murakami ('La muerte del comendador' o 'Kafka en la orilla') han demostrado que no buscan la deidad, sino que exploran la obsesión, la disciplina y el vacío.

O sea, que en la actualidad las musas serían el diálogo del escritor con sus propias lecturas y el resultado de intenso trabajo técnico.O no, o tal vez, porque Robert Graves en 'La diosa blanca', señala que la inspiración literaria es el resultado del culto a una deidad lunar, femenina, antigua y destructiva; Rilke, en sus 'Cartas a un joven poeta', indica que la musa es la necesidad interior; en 'Ariel', Sylvia Plath cree que la musa es una fuerza furiosa y liberadora, como un caballo al galope; Umberto Eco habla del "lector modelo", donde el autor construye su obra imaginando las reacciones, vacíos y deducciones de quien va a leerla. Será Lorca, finalmente, quien establezca la diferencia entre la Musa -que viene de fuera y dicta y es fría-, el Ángel -que deslumbra y guía y es gracia- y el Duende -que viene de dentro, de la sangre, de la tierra y de la muerte-. O, dicho de otra manera, según su conferencia de 1933 titulada 'Juego y teoría del duende': La Musa es la dictadura de la inteligencia, el Ángel es la iluminación del camino y el Duende es el poder de la sangre y la muerte.

Las musas no han muerto, pero ya no son estatuas de mármol, sino el aire que respiramos en cada acto de escritura y lectura. Las musas aportan a la obra el sentido de trascendencia, porque ligan la creación literaria con la memoria y la divinidad y ya no solo es un entretenimiento lo que leemos, sino que se convierte en algo más: conocimiento y preservación cultural. Así, cada vez que un escritor se enfrenta a una página en blanco buscando una chispa que lo supere, el eco de las nueve hermanas sigue resonando en el silencio creativo. Y, ahora que empieza la Feria del Libro de Badajoz, nos topamos de nuevo con el resultado de la suma de la técnica, la inspiración, el conocimiento y las musas, es decir, que, al leer, trascendemos y que un autor nos permite, a través de sus libros, llegar a una excelencia intelectual que no es banal, sino cultura y emoción en sentido puro.

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