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Opinión | A mesa puesta

Badajoz

Bares que aún sirven memoria

Esto es un brindis a título póstumo. Una forma de decir que aquellos bares, aunque cerrados, aún sirven algo.Sirven para explicar que Badajoz fue también la suma de todos esos mostradores donde se pidió «lo de siempre», se dejó fiado y se discutió de fútbol, de toros, de política, de Carnaval o de nada

Fachadas del Bar el Pichi y El Nuevo Calty, ya cerrados.

Fachadas del Bar el Pichi y El Nuevo Calty, ya cerrados. / Pepe García

Hubo un tiempo en que el casco antiguo y el centro de Badajoz podían recorrerse de bar en bar como quien lee un mapa escrito con barras de zinc, mostradores de madera, servilletas y vasos de vino. No era solo hostelería: era una manera de vivir la ciudad. Cada calle tenía su refugio, cada plaza su tertulia, cada esquina un olor reconocible a café temprano, guiso, humo, fritura o cerveza recién tirada.

Este artículo quiere ser un paseo por algunos de aquellos bares que ya no existen. No están todos, ni mucho menos. Y conviene pedir perdón desde la primera línea a los que falten, porque la memoria tiene goteras y a veces deja fuera aquello que más merecía quedarse. La culpa no será de los bares olvidados, sino de estas neuronas ya algo castigadas por los años y la nostalgia, que hacen lo que pueden para rescatar nombres, calles, apodos, tapas y conversaciones.

Si hubo una calle que pudo presumir de barra corrida, esa fue Zurbarán. Bastaba caminarla para ir enlazando nombres que hoy suenan como una letanía de otro Badajoz: El Pichi y sus macetas de cerveza, El Méndez con sus pepinillos y anchoa, La Bellota, Los Corales y sus bocadillos de calamares, El Mónaco, El Puerto, San Vicente con Tani y su mujer Petra en la barra. Cada uno tendría su parroquia, sus horas y su manera de entender el oficio. En unos se entraría por el vino, en otros por la tapa y en otros por costumbre, que es una de las razones más serias por las que se entra en un bar.

Zurbarán fue durante años una de esas calles donde el centro no se miraba en escaparates, sino en mostradores. Por allí pasarían funcionarios, tratantes, vecinos, estudiantes, comerciantes, curiosos y gente sin otra prisa que la de alargar la conversación. La ciudad tenía entonces un modo de localizar a la gente: no se preguntaba dónde vivía, sino en qué bar paraba.

No muy lejos, Santo Domingo tuvo también su pequeña geografía de vasos, cafés y encuentros. Allí quedan en la memoria nombres como el Bar Deportivo El Jamón, El Escorial, el 101 y el Bar España. También Vicente Barrantes reunió su nómina de casas desaparecidas. Allí estuvo el Bar Nuevo, con Rafa y sus calditos; también se recuerda La Mandanga, con sus callos; Antonio al frente de la Peña Flamenca; Los Gabrieles y su famoso chochinillo.

Muñoz Torrero aporta dos nombres que merecen sitio en la memoria oral: Bar Torres, con sus mollejas fritas, y El Baisón, del que queda esa pista de los ‘taponazos’ que pide ser explicada por quienes lo vivieron. En la calle Sepúlveda estuvo La Cabeza del Toro, nombre de taberna antigua, rotundo, casi taurino. En San Blas, El Amancio suma otro apellido emocional al mapa. En Vasco Núñez, La Taberna del Nene deja una referencia que parece inventada por la literatura popular: allí, cuentan, se bebía y vendía vino y se arreglaban huesos.

Había, además, establecimientos que sobrepasaban la categoría de bar para convertirse en institución. La Ría, en la plaza de España, fue cafetería de centro, de encuentro, de Carnaval, de camareros con oficio y de generaciones que la recuerdan con la música de aquellas noches en que Badajoz parecía no tener hora de cierre.

El Sótano, en Virgen de la Soledad, pertenece a otra mitología. Su propio nombre obligaba a bajar, física o mentalmente, a un espacio distinto, con su comedor, su barra, su penumbra y su prestigio. Los Navegantes, en la calle San Pedro de Alcántara, traen el aroma de la taberna antigua. El Club Taurino, en José López Prudencio, representa otra forma de sociabilidad: casas, clubes y peñas donde la barra acompañaba a una afición y a un calendario de tertulias largas.

En Trinidad estuvieron Los Toneles, nombre de vino y madera. En Regino de Miguel, La Pajarera y El Calty abren otra ventana de recuerdos. En la plaza de Santa Ana, El Sama añade un punto más a esa cartografía, junto con el Bar 47 en la cercana calle San Agustín. Y todavía habría que nombrar La Corchuela, aunque su despedida sea más reciente y duela por cercana. Durante casi dos siglos fue una continuidad familiar, una casa abierta, una señal de que el casco antiguo aún conservaba memoria en pie.

Este recorrido no pretende levantar acta notarial. Para eso harían falta archivos, fotografías, hemerotecas y muchas tardes de conversación con quienes estuvieron allí. Esto es otra cosa: un brindis a título póstumo. Una forma de decir que aquellos bares, aunque cerrados, aún sirven algo. Sirven memoria. Sirven pertenencia. Sirven para explicar que Badajoz fue también la suma de todos esos mostradores donde se pidió «lo de siempre», se dejó fiado y se discutió de fútbol, de toros, de política, de Carnaval o de nada.

Los bares desaparecen de muchas maneras. Unos bajan la persiana y se convierten en otro negocio. Otros quedan tapiados, reformados, irreconocibles. Algunos sobreviven en una foto borrosa, en una anécdota familiar o en una frase que alguien repite sin saber ya de dónde viene. Pero mientras haya quien diga «¿te acuerdas de…?», ninguno se habrá ido del todo.

Por eso este artículo no se escribe contra el olvido, porque el olvido siempre acaba ganando alguna partida. Se escribe para retrasarlo un poco. Para volver a entrar con la imaginación, en El Pichi, El Méndez, La Bellota, La Ría, El Sótano, Los Navegantes, La Mandanga, El Baisón, el 101, La Cabeza del Toro, Los Toneles, La Pajarera, El Calty, El Sama, el Bar 47 y tantos otros. Para pedir una ronda imposible en una ciudad que ya no existe, pero que todavía se deja oír en el rumor de sus bares cerrados. Y para brindar, aunque sea tarde, por quienes los levantaron, los sirvieron y los llenaron de vida.

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