Opinión | En confianza
¡Ay, mi madre!
Mi madre ha hecho una de las cosas más valiosas que existen: sostener la vida de otros con una ternura que, siempre que lo pienso, me conmueve y me eriza la piel
Hoy, entre los ecos del Día de la Clase Trabajadora y el Día de la Madre, voy a hablar de mi madre.
Mi madre, como tantas que ya atesoran una edad, solo estudió hasta la EGB. Y descalza, por eso tiene esos pies poderosos como raíces hundidas en la tierra. Ella es bajita, pero esas raíces son muy profundas. Para ir al colegio se turnaban: un día iba ella y otro mi tía. La que se quedaba en casa, le tocaba pencar en labores del campo. Mi abuelo era de los que pensaban que para qué iba a necesitar ir al colegio una mujer.
Temprano migró del pueblo a Badajoz con 16 años a servir en una casa, como interna para familias de señoritos. Ahí empezó una aventura de aprendizaje y crecimiento que hoy aún sigue. También empezó una vida de cuidados que mantiene, mientras se lamenta de que no le hemos dado ningún nieto de momento, ninguno de sus hijos.
Mi madre se ha pasado toda su vida trabajando y cuidando, que es el trabajo que más sentido da a la palabra Humanidad. Primero, a otras familias, después a la suya, con dedicación casi exclusiva, salvo algún momento puntual en el que retomaba su actividad sirviendo en alguna casa unas horas a la semana, cuando la cosa estaba achuchada en la nuestra. Cuando eso pasaba no le faltaba el trabajo. Mi madre es mucha madre. Ha parido 5 veces, 3 de ellas a pelo, sin epidural porque eso no existía. 1 hijo, mi hermano Ángel, murió a las horas de nacer, pero eso no le quitó las ganas de seguir intentándolo. Después de él vino mi hermano pequeño y cuando creíamos que el cuento había acabado, parió con cuarenta y cuatro años, a la hija que llevaba toda la vida buscando. Mi querida hermana. El ojito derecho de mis padres y el mejor ejemplo de que la práctica lleva a la perfección.
Mi madre ha cuidado toda su vida, mientras solo existíamos mi hermano mayor y yo cuidó de nosotros y de su madre, que quedó impedida muy joven, paralizada de medio cuerpo durante 6 años y después, en coma y en cama durante años. Imagínate el trabajo de sacar adelante una casa con tres hijos pequeños y una mujer mayor a la que hay que hacerle, literalmente, todo. Pues ahí estaba mi madre siempre.
Mi madre se sacó el carné de conducir de incógnito, casi sin que mi padre se enterará. Mi viejo es buena gente, pero en esto de la igualdad casi siempre ha ido a remolque de lo que sería deseable. No lo culpo, a él también le tocó una vida difícil y eso se nota en estas cositas.
Cuando crecimos y dejamos de necesitarla tanto -aunque eso nunca pasa del todo- decidió hacerse voluntaria en el Teléfono de la Esperanza. Yo me cabreé. "Joder, mamá, ahora que puedes descansar ¿vas a seguir cuidando?". Pensaba que se había quedado atrapada en ese papel. Institucionalizada, como decía Morgan Freeman en la película 'Cadena perpetua'. Hoy me enfado con aquel yo. No entendía nada.
Mi madre es una persona espectacular y hoy, cercano al día de la madre, le dedico esta columna.
Mamá, porque tú eres, yo soy. Muchas gracias por tus cuidados, muchas gracias por tu dedicación, por tu cariño y tus consejos. Los atesoro en el corazón y son mi Pepito Grillo particular.
El otro día me decía: "Con 71 años que tengo, y sin vender una escoba". Así nos ha engañado este sistema: una mujer que ha sostenido la vida durante décadas siente que no ha hecho nada de provecho.
Mi madre ha hecho una de las cosas más valiosas que existen: sostener la vida de otros con una ternura que, siempre que lo pienso, me conmueve y me eriza la piel. Un valor que hoy se está poniendo en alza pero aún no llega ni de lejos a reconocer la enormidad de lo que supone. Una sociedad en la que cuidar no es un valor que cotiza en bolsa. Porque los que tienen la sartén por el mango prefieren jugar a los soldados que dar el valor que tiene a la palabra cuidar. ¡Si os cogiera mi madre y todas las madres con la alpargata os ibais a enterar!
Por eso, ahora que está en marcha el proceso de regularización de personas migrantes, no puedo evitar pensar en todas esas mujeres que cuidan, limpian, sostienen casas ajenas. Mujeres y personas que son, en el fondo, como mi madre. Y entonces pienso dos cosas.
Primero: Ay, mi madre, cualquiera podría ser ella.
Y después: Ay, mi madre… cómo puede haber gente que odie a quien busca un poco de seguridad para poder seguir haciendo lo mismo que mi madre y todas las madres han hecho siempre. Cuidar a los demás para convertir este mundo en un sitio más habitable.
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