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Opinión | EL EMBARCADERO

Periodista y profesor

Ser combativos, ahora más que nunca

Es una lástima que sea esta tierra, la del levantamiento pacífico campesino del 25 de marzo de 1936, el laboratorio en el que se pongan en marcha estas políticas regresivas, basadas en un mandato forzado por la ultraderecha

Participé el pasado 1 de mayo, en Badajoz, en la manifestación por el Día Internacional de los Trabajadores, organizada por el Sindicato 25 de Marzo y la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) bajo el lema 'Ni guerra entre pueblos, ni paz entre clases'. Fue una jornada para, con diferentes consignas, no solo apoyar las luchas de la clase trabajadora, sino también para rechazar los planes de guerra imperialista, en escenarios como Gaza e Irán, encabezados por Estados Unidos e Israel. Cuando enfilábamos la calle del Obispo, casi llegando a la plaza de España, una mujer, que caminaba junto a su marido por la acera, nos increpó, de manera insistente, diciendo: «¿Cuánto os han pagado? ¿Cuánto os han pagado?», al tiempo que hacía el gesto universal para indicar dinero, consistente en frotar la yema del pulgar contra las yemas del índice y el dedo medio.

Esta persona no comprende que haya gente que reivindique derechos sin que haya contraprestación económica de por medio. Piensa el ladrón que todos son de su condición. Ella me recordó a una especie de 'señora de bien', representante de la típica mujer conservadora, de derechas, ultracatólica y clasista, como tan bien caricaturiza la actriz cacereña Cristina Gallego en su personaje de ‘Piluchi', en el programa de La Sexta ‘El Intermedio’. Se podrá estar o no de acuerdo con quienes se manifiestan ese día; cada uno es muy libre de reivindicar o no el espíritu internacionalista del Primero de Mayo. Ahora bien, siempre hay que respetar el derecho a la manifestación y a la protesta, reconocido en el artículo 21 de la Constitución y en la legislación internacional.

Más allá de lo anecdótico que pueda parecer este hecho, hay un claro trasfondo detrás, en mi opinión. En ese gesto hay un desprecio hacia quien piensa diferente, que es visto casi como un enemigo que hay que atemorizar, acallar, aplastar… Ahora más que nunca, necesitamos ser combativos y construir un mundo donde haya menos odio y más comprensión mutua, incluso cuando no podamos estar de acuerdo en todo. Vivir con el miedo y el odio como pasiones organizadoras me parece que no es la manera de construir una sociedad mejor en este momento. Por eso, ser valedores de los derechos humanos y no callar ante las injusticias y los atropellos es la única respuesta a esta ola reaccionaria que nos invade, también en nuestra tierra.

Me indignan los acuerdos alcanzados por PP y Vox para gobernar juntos en Extremadura. Es una lástima que sea esta tierra, la del levantamiento pacífico campesino del 25 de marzo de 1936, el laboratorio en el que se pongan en marcha estas políticas regresivas, basadas en un mandato forzado por la ultraderecha: el concepto de 'prioridad nacional' que, no hay duda, impone siempre una jerarquía. Este concepto no se inventó aquí y tiene sus años; se acuñó para el Frente Nacional francés a mediados de la década de los ochenta. Durante cuarenta años fue en Francia la frontera que el cordón sanitario republicano señalaba como inaceptable. Lo que establece la formación de Santiago Abascal parece de «sentido común» (así insisten ellos en justificarlo y en venderlo): primero los de aquí; pero no sean ingenuos, no se dejen engañar por tanto populismo. Hay una pequeña gran trampa: quien defiende que todos accedan por igual a los derechos aparece de pronto como sospechoso, como si defendiera a los de fuera contra los de dentro. Y quien propone restringir estos derechos aparece, por el contrario, como protector del bienestar común. Lo que era universal se vuelve sospechoso, lo que excluye se torna solidario.

El mundo al revés. La operación, en el fondo, pretende darle la vuelta a las palabras e instala una jerarquía. Además, divide a quienes viven en el mismo territorio en dos categorías: los que tienen derecho pleno y los que tienen derecho condicionado a que los primeros estén servidos antes. Hace setenta años la filósofa Hannah Arendt llamó a esta operación «la creación de los sin derecho a tener derechos». Escribió que el rasgo más peligroso del siglo XX no había sido producir más pobres, sino producir personas a las que se les había retirado la cualidad de ser sujetos plenos.

La prioridad nacional no expulsa a nadie. Hace algo más sutil: lo declara secundario en su propia casa. La coartada utilitaria de la prioridad nacional se desmonta sola con las cifras: en España el 14 por ciento de los cotizantes a la Seguridad Social son extranjeros y, en 2025, el 77 por ciento de las nuevas altas de autónomos las protagonizaron personas migrantes y extranjeras. Esas aportaciones son fundamentales para el mantenimiento del sistema español de pensiones del futuro, con unas tasas de natalidad muy bajas. Resulta llamativo: aquellas personas que la extrema derecha pretende convertir en invitados secundarios son quienes mantienen materialmente la casa común. Ante esto, cabe preguntarse: ¿quiénes somos nosotros y a quiénes estamos dispuestos a reconocer como uno de los nuestros?

Cuando ni aún han pisado moqueta los de Vox en sus consejerías, ya hay controversia sobre la supresión, en septiembre, de los cursos de lengua árabe y cultura marroquí que se imparten en un colegio de Talayuela desde hace décadas y que están subvencionados por el Gobierno de Marruecos. Esta es una pequeña muestra de lo que nos espera con un gobierno que viene a quitar derechos. Ahora, más que nunca, toca ser combativos, también desde Extremadura, ante la materialización de medidas de la ultraderecha, escudada en sentimientos racistas, xenófobos y antifeministas.

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