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Opinión | Disidencias

Periodista

Autores

La relación entre quien escribe y quien lee ha sido descrita a menudo como una conversación que trasciende el tiempo y el espacio

La lectura no es un acto pasivo de consumo, sino una de las formas más sofisticadas de colaboración humana. Un libro, antes de ser abierto, es apenas un objeto físico, una promesa latente de ideas. Es en el encuentro entre los ojos del lector y la tinta del autor donde ocurre el verdadero milagro: la resurrección de un pensamiento. Como bien escribía Jorge Luis Borges, un hombre que se definía a sí mismo más como lector que como escritor, al inicio de su poema 'Un lector', incluido en 'Elogio de la sombra' (1969): "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído". Esta humildad borgeana subraya una verdad fundamental: el autor propone un mapa, pero es el lector quien recorre el territorio, dotándolo de relieve y color con su propia experiencia vital.

Las ferias del libro son el encuentro público entre autores y lectores. Ya se conocen bien en la intimidad. Hay autores que son capaces de remover corazones, de revolucionar almas, de provocar emociones, de sanar heridas, de desbocar personas, de construir sentido y motivo a todo. Y lo hacen en la intimidad del hogar, en un sofá, en la cama, antes de dormir, en un balcón al sol, frente a una chimenea, bajo una sombrilla en la playa, en un trayecto largo, en fin, para entrar en la vida de una persona los autores saben que no necesitan más recursos que las palabras. Bueno, lo saben los autores y lo sabemos todos, pero ellos tienen el talento especial de saber colocarlas en cada página, de guiarnos por avenidas y callejones de la imaginación que permitan expandirnos y trascender, que nos enseñen, todas juntas, la fórmula de la felicidad, la de la paz interior y la de la emoción contenida o no.

Leer es eso: sentir, descubrir, conocer, alcanzar. Los autores tienen el magnífico reto por delante de ayudarnos a conjugar todos esos verbos, a transitar por todos esos caminos y resolver todas esas fórmulas matemáticas que tienen que ver con el alma. La relación entre quien escribe y quien lee ha sido descrita a menudo como una conversación que trasciende el tiempo y el espacio. Marcel Proust, en su ensayo 'Sobre la lectura', definía este acto como "ese milagro fecundo de una comunicación en el seno de la soledad". Para Proust, el libro es un mediador que nos permite acceder al pensamiento de otro sin renunciar a nuestra propia intimidad. Sin embargo, esta relación no es jerárquica. El autor no dicta la verdad absoluta; más bien, ofrece lo que Umberto Eco llamaba una "obra abierta". Para Eco, el texto está plagado de "espacios blancos" que el lector debe rellenar. Un relato no está completo hasta que alguien lo interpreta, lo malinterpreta o lo sueña.

En este sentido, cada lector lee un libro distinto, porque proyecta en él sus propios miedos y esperanzas.Los autores necesitan de la connivencia, de la complicidad, de la generosidad de los lectores que, en misteriosa simbiosis, aprenden juntos a medir la temperatura del mundo y sus alrededores, a conocer el misterio de la vida y sus incertidumbres, a recolocar el infinito de las emociones en un universo donde todo es ruido, distracción, espectáculo y carcoma. Los lectores buscan sentimiento y autenticidad y los autores están obligados a llevarlos de la mano, felices y confiados, por las arenas movedizas de un mundo raro. Los autores, cuando escriben, cuando crean, pueden pensar en los dioses, en las musas, en sus propias heridas, en sus frustraciones y fracasos, en sus desvaríos y torturas, pero, ante todo, piensan en aquella persona que, en la cubierta de un libro, leerá su nombré, el título de su obra, tal vez vea su fotografía, se interese por su bibliografía, y se atreva con la sinopsis.

Esa persona, el lector, es la razón de ser del autor. Por eso, el autor, cuando se encuentra con los lectores, recibe no solo el premio de un libro vendido -eso es lo de menos- sino la mirada cómplice de alguien agradecido, entusiasmado, conmovido y conquistado. Una novela, un cuento, un poema, una obra de teatro, un relato corto o largo, es como un tesoro de oro y barro: oro, porque los lectores no encontrarán nada más valioso que un puñado de palabras explicándoles cómo son, cómo pueden ser y cómo es el entorno donde sobreviven; y barro, porque quien eso ha escrito, el autor, ha trabajado, ha llorado, se ha roto, se ha caído y se ha levantado, ha dudado, ha borrado, ha reescrito, ha mirado un millón de veces por una mirilla imaginaria para adaptar la obra que creaba al lector que acabaría atrapando. Esta es la magia de la feria libro, más allá de los libros y de los lectores: los autores que nos invitan a ser, a estar, a proyectarnos y a soñar.

"Los nuestros, es posible que nunca ganen el premio Planeta (por mucho que algunos sí han logrado importantes premios literarios) y es más que probable que jamás tengan esas largas colas que reciben los influencers metidos a "escritores", pero escriben obras que nos ayudan a profundizar en la vida"

A lo largo de esta semana, pasan por Badajoz decenas de autores, pero quisiera representarlos a todos con un ramillete de los nuestros que también contribuyen, con su magia, a crear el fuego, el cielo, el misterio y las palabras. Dejen que les escriba sobre ellos, que también sufren y escalan montañas pensando en los lectores. Que, por una vez o las que haga falta, los de fuera se vean representados por los de dentro, esos autores alejados de grandes editoriales, de grandes ferias del libro y de grandes multitudes. Esos autores, los nuestros, que dignifican el trabajo y la dedicación y el entusiasmo del escritor de provincias que, a sabiendas de no estar siempre en los circuitos nacionales habituales, regalan a los lectores obras con igual intensidad, dedicación, hondura y emoción.

Dejen que les cite a José Luis Gil Soto, Miguel Ángel Carmona del Barco, Juanma Cuesta, Juan Gordillo, Santiago Cambero, Aurelio Fernández, Antonio Castro, Santiago Méndez, Faustino Lobato, Emilia González Vadillo, Ángel Silva, Plácido Ramírez Carrillo, Judith Capel, Justo Vila, Francisco Vaz Leal, Mila Ortega, Maribel Bazaga, Antonia Cerrato, Javier Feijóo, José Manuel Sito Lerate, José Antonio Ramírez Lozano, Miguel Murillo, Jorge Márquez, Manuel Martínez Mediero, los miembros de la tertulia Página 72, Badajoz Contigo o Migas y tantos otros que le roban tiempo al tiempo y a sus más cercanos para darnos libros, libros con sentido, libros que nos sorprenden, apasionan, enseñan o entretienen; libros que entran en nuestra casa y en esa otra casa aún más importante que es el interior de nuestros corazones; libros que entran en nuestras vidas para no dejarnos jamás, ubicados la estantería de la biblioteca o en el recuerdo de nuestras lecturas.

Ellos, los nuestros, es posible que nunca ganen el premio Planeta (por mucho que algunos sí han logrado importantes premios literarios) y es más que probable que jamás tengan esas largas colas que reciben los influencers metidos a "escritores", pero escriben obras que nos ayudan a profundizar en la vida.

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