Opinión | La escotilla
Aquino
Cuando pensamos en la Edad Media, cuando, en concreto, pensamos en monjes medievales, surgen en nosotros ideas prejuiciosas de oscurantismo y resabios teocráticos
La investigación puede ser tediosa y aburrida, muchas veces infructuosa. No siempre se consigue solucionar el problema o la incógnita planteadas como punto de partida. Cuando sí ocurre genera un placer que compensa el esfuerzo invertido. Pero aún más satisfacción da el encontrar algo desconocido e inesperado, algo que te revela realidades novedosas o que arroja una luz diferente sobre aspectos que creías conocer.
Algo así me ocurrió no hace mucho. Andaba yo buscando información sobre un tema cuando encontré el siguiente texto, que nada tiene que ver con mi investigación, pero que me chocó sobremanera: "Para la buena constitución del poder supremo en una ciudad o nación es preciso mirar a dos cosas: la primera, que todos tengan alguna parte en el ejercicio del poder, pues por ahí se logra mejor la paz del pueblo, y que todos amen esa constitución y la guarden, como se dice en II Polit.[de Aristóteles]. La segunda mira a la especie de régimen y a la forma constitucional del poder supremo. De la cual enumera el Filósofo, en III Polit., varias especies; pero las principales son la monarquía, en la cual es uno el depositario del poder, y la aristocracia, en la que son algunos pocos. La mejor constitución en una ciudad o nación es aquella en que uno es el depositario del poder y tiene la presidencia sobre todos, de tal suerte que algunos participen de ese poder y, sin embargo, ese poder sea de todos, en cuanto que todos pueden ser elegidos y todos toman parte en la elección. Tal es la buena constitución política, en la que se juntan la monarquía -por cuanto es uno el que preside a toda la nación-, la aristocracia -porque son muchos los que participan en el ejercicio del poder- y la democracia, que es el poder del pueblo, por cuanto estos que ejercen el poder pueden ser elegidos del pueblo y es el pueblo quien los elige. Tal fue la constitución establecida por la ley divina".
Se notará que el texto trata sobre la idoneidad de que el poder esté repartido, muy repartido, para que funcione bien una ciudad o nación. Lo que me resultó sorprendente, a mí al menos, es que su autor fuera Tomás de Aquino, monje dominico que vivió entre 1225 y 1274. Cuando pensamos en la Edad Media, cuando, en concreto, pensamos en monjes medievales, surgen en nosotros ideas prejuiciosas de oscurantismo y resabios teocráticos (ideas no del todo injustas). La división de poderes y que el poder (sea éste lo que sea) esté repartido entre todos los miembros de la comunidad, incluido el pueblo, no es exactamente lo primero que se nos ocurre en esta circunstancia. Ahí está, no obstante, la división de poderes, la idea, más de cuatro siglos antes de que naciera Montesquieu y de las revoluciones americana y francesa para las que esta división de poderes y la participación del pueblo fueron el principio fundamental de la evolución política de la modernidad. Y que tanto esfuerzo y sangre ha conllevado implantar.
No es que Tomás de Aquino fuera un adelantado de la democracia; en el mismo texto (que viene de la Suma Teológica, I-II, cuestión 105, artículo 1, cito por la edición de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1989, pp.863-864) dice que "La monarquía es el mejor régimen político si no se vicia", pues es el más parecido al orden divino, matizando a continuación: "Pero, a causa del gran poder que el rey se concede, fácilmente degenera en tiranía". Fue lo bastante realista para entender que la organización política terrenal no podía ser un trasunto del idealismo teocrático. De hecho, en el mismo artículo acota que "Los sacerdotes eran destinados a los ministerios sagrados por su nacimiento" y no les asigna ni propone asignarles funciones políticas civiles.
La obra de Aquino es enorme y pueden encontrarse afirmaciones que en parte contradicen lo anterior, pues a fin de cuentas fue un hombre de su tiempo, cuando la sociedad en la que vivía tenía muchos resabios feudalizantes y estaba en un profundo proceso de cambio hacia formas estatales más modernas y monarquías más bien absolutistas. Lo que ahora llamamos monarquía constitucional le resultaría una forma de gobierno más que extraño y ajeno. Pero también es verdad que fue uno de los primeros teóricos que formularon la posibilidad y licitud de que los súbditos depusieran al rey, por muy de derecho divino que fuera su poder, si éste incumplía gravemente sus obligaciones y caía en la tiranía.
Por otra parte, para mí al menos, encontrar este texto ha sido un recordatorio de que el conocimiento de la historia, de la historia real no de los relatos y mitos que nos hemos venido contando, es un poderoso antídoto contra los prejuicios, y que esa sensación que a veces tenemos de saberlo todo no es más que un engaño que nos hacemos para ocultar la realidad de nuestra inmensa ignorancia.
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