Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | A mesa puesta

Badajoz

Virginia, alma y fogones de La Despechá

Es de esas profesionales que no solo cocinan, sino que levantan cocinas. Entienden una idea, la bajan al plato y dan al negocio algo más difícil que una buena receta: personalidad

Virginia, en La Despechá.

Virginia, en La Despechá. / Pepe García

Hay cocineras que llegan a una cocina cuando todo está ya decidido: la carta, los proveedores, el ritmo del servicio y hasta la forma de presentar los platos. Y hay otras que entran antes, cuando el local todavía está buscando su voz. Virginia Lorrio pertenece a ese segundo grupo. Es de esas profesionales que no solo cocinan, sino que levantan cocinas. Entienden una idea, la bajan al plato y dan al negocio algo más difícil que una buena receta: personalidad.

En La Despechá, en el número 14 de la avenida de Santa Marina de Badajoz, Virginia vuelve a ocupar ese lugar: el de estar en la previa, en la puesta de largo y en la consolidación de una casa. Porque La Despechá no nace como un bar cualquiera, sino como una tasca moderna, una forma actual de entender el tapeo de siempre, con aire de barrio, cerveza bien servida, producto reconocible y una cocina pensada para acompañar el día de principio a fin.

Antes de llegar aquí, Virginia ya había demostrado que lo suyo no era solamente ponerse delante de los fogones. Estudió Dirección de Cocina en el instituto San Fernando y, antes incluso de terminar, empezó a trabajar en El Perro Zurdo, participando en la previa y en la inauguración del local en 2019. Allí creó la carta, apostó por una cocina de fusión y gestionó la cocina durante cuatro años.

Después llegaría Mentha, en 2023. Y de nuevo el mismo patrón: apertura, creación de carta y gestión de cocina. Por eso Carlos Márquez no dudó en llamarla cuando decidió abrir La Despechá. Quería una tasca moderna, una casa con tapeo, cerveza, producto y verdad. Y para eso necesitaba una cocina con criterio. Virginia volvió a coger el lápiz, pensó una carta desde cero y convirtió una idea en platos.

La Despechá se ha ido haciendo sitio como tasca del barrio, o mejor dicho, como una tasca cervecera y tapera con vida desde por la mañana y pulso de noche. Empieza con desayunos especiales, de esos que convierten la primera parada del día en costumbre. Luego llega la hora de la cerveza de bodega, del mostrador que llama, de los ibéricos y quesos extremeños, de las latas gourmet, los encurtidos y ese picoteo sin solemnidad. Y al caer la tarde, cuando el día afloja y la barra vuelve a llenarse, también hay Despechá: para una cena informal, una tapa compartida o una última cerveza que alarga la conversación.

Y cuando el tiempo acompaña, la casa se ensancha hacia la calle con su terraza de veladores, ese territorio tan nuestro donde el barrio se sienta, conversa y alarga una cerveza más de lo previsto. En torno a esas mesas se mezclan los vecinos de Santa Marina, quienes viven cerca del barrio, los jugadores de baloncesto a los que Carlos Márquez patrocina con La Despechá y una parroquia fiel que forma parte del paisaje diario. Entre esos parroquianos me incluyo, porque hay sitios a los que uno no va solo a comer o a beber, sino a reconocerse en lo que ocurre alrededor.

Ahí está una de las claves de Virginia: entender que una tasca moderna no puede perder el pulso popular. Puede actualizar formas y combinaciones, pero no olvidarse de lo que la gente busca cuando entra por la puerta: comer bien, sentirse cómoda y reconocer algo propio en lo que le sirven. Por eso en La Despechá la región aparece sin disfraz, con sus embutidos ibéricos y quesos extremeños, pero convive con una carta más juguetona, más urbana, más de barra viva.

Entre sus platos aparecen nombres que empiezan a sonar a casa. Están las bravas despechás, con ese punto gamberro que pide una cerveza al lado; el montado de oreja a la plancha, que rescata un bocado castizo y lo coloca en formato directo, sabroso y sin rodeos; las minitortillas al gusto del cliente, pequeñas piezas de cocina reconocible que permiten jugar sin perder la raíz; y las famosas maripuris, que tienen nombre de ocurrencia feliz y vocación de quedarse en la memoria.

La carta tiene ese equilibrio que no siempre es fácil: parece sencilla, pero está pensada. No pretende alejarse del cliente con explicaciones largas ni artificios innecesarios. Prefiere hablar el idioma de la barra, de la tapa compartida, del plato caliente y de la recomendación hecha de viva voz. En ese terreno, Virginia se mueve con naturalidad. Su cocina no necesita ponerse de puntillas para llamar la atención. Le basta con tener intención.

Y luego está el dulce, que en muchos sitios parece un trámite y aquí se convierte en remate. Los postres caseros de La Despechá dicen mucho de la manera de entender el negocio. La torrija en sopa de turrón tiene algo de memoria y algo de fiesta; la tarta de la abuela apela a ese recetario sentimental que todos reconocemos; y sus mousses completan una parte de la carta que demuestra que el tapeo también puede terminar con cuchara y sobremesa.

Quizá por eso el local tiene ese aire de sitio que empieza a pertenecer al barrio sin renunciar a una personalidad propia. Hay bares que se explican por su decoración, otros por su ubicación y otros por su clientela. La Despechá se entiende mejor mirando hacia la cocina, donde Virginia organiza, prueba, ajusta y sostiene; pero también mirando a la barra, a la terraza de veladores y a esa mezcla de vecinos, amigos, jugadores de baloncesto patrocinados por Carlos y parroquianos que le dan al local su pulso.

En la avenida de Santa Marina, La Despechá ha encontrado su sitio. Y Virginia Lorrio, una vez más, ha hecho lo que mejor sabe hacer: convertir una apertura en una cocina con alma. Detrás de cada brava, montado, tortilla al gusto y postre casero, hay una cocinera que no se limita a ejecutar. Piensa, crea y manda. Y eso, en una tasca de barrio con vocación de quedarse, se nota desde el primer plato.

Tracking Pixel Contents