Opinión | En confianza
El gnomo autónomo
El poder rara vez necesita levantar la voz; al final, es uno mismo quien baja el volumen
El otro día me crucé con un coleguilla por la calle que iba un poco apurado. Es autónomo y de vez en cuando hace algún trabajillo para nuestro ayuntamiento. Alguna cosa menor, nada de miles de euros, ni de chistorras, ni de mascarillas. Que te veo venir.
El caso es que mi colega anda con los apuros lógicos de quien no ha tenido más remedio que autoexplotarse. Porque el término 'emprendedor', que nos han metido hasta en la sopa como si todos fuéramos Elon Musk, queda muy bonito en LinkedIn. Pero luego bajas al barro y la realidad es otra.
Y la realidad es que en Badajoz, y en Extremadura, con el desarrollo industrial que tenemos, ser autónomo normalmente es ser hombre o mujer orquesta. Diseñas, facturas, limpias, haces presupuestos, conduces, editas vídeos, cargas cajas, haces de community manager y, si te descuidas, acabas sujetando tú solo la escalera mientras cambias una bombilla.
Aquí ser autónomo muchas veces no significa 'no tener jefe'. Significa que cualquiera puede ser tu jefe.
El banco, el cliente, el concejal, el gran empresario que reparte encargos, el ayuntamiento que tarda meses en pagar, el amigo del amigo que 'te puede mover algo', el periódico al que no le interesa que señales ciertas cosas, el señor importante al que conviene no molestar demasiado porque nunca sabes cuándo vas a necesitar una llamada, un contrato o, simplemente, que no te cierren una puerta.
Y ahí aparece el mecanismo más peligroso de todos: la autocensura.
Mucho más eficaz que la censura clásica. Porque ya no hace falta prohibirte nada. Ni amenazarte. Ni llamarte al despacho. Basta con que tú mismo hagas las cuentas de la hipoteca antes de abrir la boca.
Las ciudades pequeñas funcionan mucho así. Redes clientelares, favores cruzados, silencios estratégicos y gente aprendiendo rápidamente dónde están los límites invisibles. El poder rara vez necesita levantar la voz; al final, es uno mismo quien baja el volumen. Y luego nos contamos la película de que somos muy libres porque nadie nos pone una pistola encima de la mesa. Pero prueba tú a depender económicamente de instituciones, empresas o administraciones que forman parte siempre del mismo ecosistema político, empresarial y mediático. Ya verás qué rápido aprende el cuerpo a callarse algunas cosas.
El caso es que mi colega me decía que andaba especialmente apurado porque el ayuntamiento no le pagaba lo que le debía. Y que donde antes había tres personas para atender sus demandas de cobro, ahora había solo una. También apurada. Una trabajadora a la que le llegaban las tortas de usuarios desesperados por todos lados y que ya no sabía ni cómo esquivarlas.
Cuando trabajé en el ayuntamiento descubrí, además, una tensión curiosa entre el gobierno municipal y tesorería. Si no estás metido en administración pública, tranquilo, es normal no entender ese mundo. Yo tampoco tenía ni idea antes de entrar allí.
Pero, resumiéndolo mucho, el gobierno municipal quiere ejecutar políticas, gastar, mover proyectos y anunciar cosas. Tesorería, en cambio, tiene la obligación de vigilar que todo se haga conforme a la ley. Y ahí empiezan los choques, saltan las chispas.
El equipo de gobierno dice por lo bajini, a quien le interesa, que tesorería no le deja hacer. Tesorería responde que bastante hace con evitar que alguien termine firmando algo que no debe. Porque la diferencia importante es que la funcionaria se juega el puesto o incluso responsabilidades penales si mete la pata. Mientras tanto, ya sabemos que para algunos políticos siempre parece existir una manga ancha misteriosa que convierte ciertos escándalos en simples 'errores administrativos'.
Y en medio de ese jueguecito de trileros acaban pagando los de siempre. El pequeño proveedor. El currante. El autónomo que tuvo la osadía de pensar que emitir una factura equivalía a cobrarla a tiempo.
Uno descubre que eso de ser autónomo tiene poco de independencia y bastante de fragilidad. Que el autónomo muchas veces no es ni un emprendedor ni un gran empresario. Es un gnomo autónomo: muy pequeñito, muy buena persona, siempre con una sonrisa obligada en la cara, muy prudente y silencioso. Soportando facturas, cuotas, retrasos y el IVA. Aprendiendo a no molestar demasiado.
Y así, entre retrasos, favores, dependencias y miedo a quedarte fuera de la rueda, la autocensura hace el resto. Sin necesidad de censores. Sin necesidad de prohibiciones. Sin necesidad, siquiera, de hablar.
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