Opinión | En la frontera
Esas pequeñas cosas
"Cultivar tu huerto es más barato que ir a terapia y además te da tomates", dice el bordado de un polar que cuelga en la entrada
Está lloviendo y a ratos sale el sol y en la frutería hay una cola larguísima. Últimamente, me sorprendo comprobando cuánta verdad encierra aquello de que la vida no cambia, solo cambia nuestra mirada. Lo que para otros o para la que yo era antes podría ser un motivo de impaciencia, incluso de enfado, se ha convertido en una oportunidad, un deleite. Los calabacines, las patatas y las cebollas vienen manchados de la tierra donde siembra la dueña. Las zanahorias no están bonitas, pero huelen a parcela. La cesta se va llenando de tesoros con la certeza del privilegio que supone saber de dónde vienen, aquí cerquita, con cara y nombre de confianza. Verdura real de gente real.
Una caja de cartón para transportar hasta casa sin plásticos, una escarola rebosante, un ramo de orégano que perfuma todo el coche, un tarro de aceitunas machadas, cuatro kilos de pimientos rojos grandes, firmes y pesados, con tres lóbulos en la base porque tienen menos agua y son mejores para asar, y un poco de menta poleo para intentar hacer las habas enzapatás que le gustan a Cristina. Y mientras los eliges, buscando lo más adecuado, los ajos mas prietos, se desmigan las recetas en la mente, imaginando las caras de los tuyos en la mesa.
Los limones vienen de los tres árboles que tiene mi madre cargaditos de frutos hasta doblar las ramas de tanto peso. Con ramos de acelgas, con cebolletas, fresas, alcachofas y guisantes aparece mi hijo después de trabajar en su huerto, precioso como un jardín. Con una sonrisa de par en par que provoca mas felicidad que los de la floristería. "Cultivar tu huerto es más barato que ir a terapia y además te da tomates", dice el bordado de un polar que cuelga en la entrada.
También estar en la fila detrás de señoras con sus carritos de la compra es un regalo añadido. Escuchar sus conversaciones, sus consejos para preparar un buen pisto, preguntarle al señor que viene detrás cómo se llama la copla que tararea y que se abra una conversación que enseguida se convierte en coloquio de tres, de cuatro… Dos mujeres se saludan diciéndose entre risas que después de tanto tiempo sin verse ahora se encuentran cada día, en el centro de salud, en la farmacia o en las tiendas del barrio. Una de ellas parece lamentarse diciendo que ya no se ven en los bares. Y la otra responde que ya no tienen edad, ni ganas, de pecar.
Al extender el brazo para alcanzar los puerros más gordos, otra un poco más joven les responde, sin que nadie le haya preguntado, "mujer, eso de pecar ya no se lleva. Qué cosa más antigua". Las otras dos la miran de arriba a abajo, una con el ceño y la boca fruncida como quien se reprime el "y a ti quien te ha dado vela en este entierro". La de más años, moviendo la cabeza, con un "perdónala, Señor, que no sabe lo que dice".
Un silencio pequeñito deja pasar la vez y la charla de las de más adelante se impone, las roturas de cadera, las recomendaciones sobre un podólogo que deja los pies suaves como un bebé, la lista de espera para una prótesis…Van cambiando las protagonistas, las dolencias y las quejas según avanza la cola. Y al final, la frutera mueve la cabeza, "a ver, son como niñas". Yo le digo, Fátima tienes una tienda estupenda y además muy entretenida. Y más contenta que unas pascuas me voy con mi compra, pensando en que ha salido el sol de nuevo y huele a perejil y a primavera.
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