Opinión | Cotidianidades
La plaza de Santo Domingo
No soy partidario de los cascos, cuando salgo me gusta escuchar el sonido de la calle, los ruidos de las cosas, oír hablar a la gente. Los cascos te aíslan del mundo que te rodea, y el mundo que te rodea es la vida

Fachada de la iglesia de Santo Domingo, en la plaza del mismo nombre. / Diego Algaba Mansilla
Había oído que en la cafetería que hay frente a la iglesia de Santo Domingo, la cafetería Durán Cacho, sirven un buen café al precio de un euro, seguramente el café más barato de Badajoz. Así que, movido por la curiosidad y también por el ahorro, fui hasta allí el sábado por la mañana. Me senté en una de las mesas individuales que tiene una amplia cristalera con una nítida visión de la plaza desde donde se ve la escultura de San Vicente de Paul. Era la primera vez que entraba en esta cafetería a la que voy a ir en más ocasiones, siempre digo lo mismo cuando descubro un lugar nuevo y luego termino yendo por inercia y también por comodidad a los mismos locales de siempre, y es que no hay mejor bar que el que está más cerca de casa. Desde el lugar donde estaba sentado se veía, además de la escultura de San Vicente de Paul, la iglesia de Santo Domingo, creo que después de la catedral es la iglesia más grande de Badajoz. Esta iglesia tiene una espectacular entrada renacentista, con una puerta de medio punto y una hornacina con la imagen en piedra de Santo Domingo de Guzmán.
El sábado por la mañana llovía. Era agradable ver la lluvia detrás de los cristales con un humeante café encima de la mesa. La lluvia y el café me llevaron al pasado, en una de esas propiedades que tienen: el olor, el sabor y los días de color gris nostálgicos de trasladarme a los recuerdos. Sentado, mirando la plaza y viendo la iglesia recordé años atrás cuando me llevaban mis padres los domingos por la tarde a misa de siete junto con mis hermanos. Fueron los años en los que vivimos en la calle Prim. Por aquellos entonces las misas me aburrían, no tenía la suficiente edad para entender lo que allí se decía. Lo que me gustaba era cuando había movimiento y teníamos que ponernos todos de pie, luego nos sentábamos y hasta nos arrodillábamos, aunque lo que más me gustaba era que estuviéramos todos los hermanos y mis padres juntos ocupando un mismo banco. Yo era de los hermanos pequeños y aquello me daba sensación de seguridad y protección, una sensación que sigo manteniendo cuando nos juntamos, aunque mis padres y uno de mis hermanos ya no estén. El último sábado lluvioso de mayo me recordó a todos y cada uno de ellos.
El sábado pasado la iglesia estaba cerrada, tengo que entrar algún día para ver si me vienen a la memoria recuerdos de aquellas misas de domingo a las que dejé de asistir cuando nos cambiamos de casa y cambié las misas por tardes de fútbol.
El sábado también veía desde el lugar donde estaba sentado la tienda de China Sol, que a esa hora de la mañana estaba cerrada y que suele tener en la puerta plantas donde abundan, en esta época del año, macetas con flores, sobre todo geranios de color rojo que venden a dos euros y pico cada uno de los tiestos, aunque un cartel escrito en la fachada anuncia todo a 0,60. Un rincón vivo y colorido, un rincón que se completa con la panadería dulcería del Horno de los Remedios que junto con la cafetería y los bares del alrededor impregnan de un olor entrañable a la plaza y que en Semana Santa también se mezcla con el incienso de la iglesia. Delante de la panadería suele colocar su puesto móvil un vendedor de la ONCE que no es ciego, como la mayoría de los vendedores actuales. Completa la fachada comercial una farmacia con colores blanco aséptico, y el Mesón de los Monteros que actualmente lo ha reformado y cambiado de nombre, su actual propietario de origen chino, Sam. Le ha puesto: Sam Vicente, aunque para mí, por muchos cambios de nombre que tenga, siempre será Los Monteros.
Desde mi mesa la visión sería perfecta si no fuera por unas vallas amarillas que rodean una obra con zanjas que tiene toda la plaza patas arriba para continuar con el proyecto de diseñar el centro de Badajoz como plataforma única.
También fui a la cafetería Duran Cacho el miércoles. Quería ir un día de diario para ver el movimiento que tiene la plaza. El día anterior, en la Comandancia de la Guardia Civil que está pegada a la iglesia, dieron un desayuno solidario en beneficio de Manos Unidas, su recaudación iba destinada a un proyecto infantil en la India para niños autistas y con discapacidad intelectual.
El miércoles, entre los clientes de la cafetería había trabajadores con ropa de trabajo tomando tostadas de cachuela y jamón. Unos trabajadores que en los tiempos y circunstancias actuales son los más solicitados en el mercado laboral. Yo estaba en el interior de la cafetería observando a la gente que pasaba por la calle. Algunos irían a la feria del libro, yo también fui, pero eso, y lo que pasó allí lo contaré en próximos artículos.
El miércoles lo que más me llamó la atención era la gente que caminaba con cascos puestos en las orejas. Gente joven con cascos grandes de distintos colores dándole volumen a la cabeza como unos dibujos animados que ponían cuando era niño, unos dibujos que ya no existen, los de la 'La hormiga atómica'.No solo llevan cascos los jóvenes, las personas mayores también llevan auriculares, más pequeños, menos llamativos. Aunque sé que no tiene por qué ser así, cuando los veo pienso que los jóvenes escuchan música y los mayores las noticias y tertulias de la radio. No soy partidario de los cascos, cuando salgo me gusta escuchar el sonido de la calle, los ruidos de las cosas, oír hablar a la gente. Los cascos te aíslan del mundo que te rodea, y el mundo que te rodea es la vida. Si los cascos no los llevaría en la ciudad, mucho menos en el campo. Cuando salgo a hacer deporte, veo a muchos que corren o caminan con los cascos enchufados. Deportistas que van ajenos al sonido de la naturaleza, de los pájaros, del viento, de sus propios pasos y hasta de su corazón.
Termino este texto con pena porque dejo cosas en el tintero. Espero recuperar este bello rincón de Badajoz en otras Cotidianidades, ya que escribir sobre los recuerdos en la plaza de Santo Domingo y alrededores, es escribir de la tienda de ropa Peysan 22 donde trabajaba la muchacha que me gustaba, del bar 101 muy vinculado al Flecha Negra, equipo en el que jugaba, también la peluquería Pepe y Juan y muchas más anécdotas y gente que dejo para otra entrega.
Hoy termino a modo de homenaje con la voz del Cabrero: "Nos enseñaron a matar, y a los que nos rebelamos solo nos queda gritar, ni guerra, ni dios, ni amo".
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